Tiempo de fuego [Fire Time - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-348-9
- Переводчик: Salvador Grino
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Tiempo de fuego [Fire Time - es]». Краткое содержание книги:
La parte norte del planeta siempre era la más afectada. Sus habitantes, los bárbaros tassui, habían decidido no volver a ser las víctimas del Tiempo de Fuego y en consecuencia se lanzaron a la conquista de mejores territorios, amenazando acabar con la civilización.
Los miembros de la Asociación y sus legiones pidieron ayuda a los habitantes terrestres de la ciudad de Primavera. Pero la Federación Terrestre tenía su propia guerra en otro lugar y les prohibió que actuarán.
—Muy pocas veces ha ocurrido algo así —dijo Innukrat—. Los habitantes de los asentamientos vecinos siguen el rastro de los autores, los atrapan y los meten en salmuera.
Inicialmente Jill, fascinada por el paisaje, se dedicó a disfrutarlo, hasta que bruscamente se dio cuenta de la preocupación y el sufrimiento que debían sentir los seres que la amaban, y de cómo había llegado a ser la gran baza en manos del enemigo de Larreka. Su estancia solitaria le permitió dedicarse a explorar durante días enteros. El trazado de la estructura hacía recordar al de un rancho sureño, pero todo lo demás era muy extraño. A un lado de un patio pavimentado de adobe, había un vestíbulo, un gran edificio de una sola planta de piedra sin revestir, vigas de madera y tejado cubierto de césped. La mitad de él lo ocupaba una cámara donde se reunían los habitantes para las comidas o la sociabilidad, el resto se destinaba a servicios y cubículos privados. Cuando se acostumbró a su estilo angular, consideró que las tallas de las vigas y los frisos eran las mejores que había visto jamás. En el resto del patio se levantaban estructuras más pequeñas y poco elevadas: cobertizos, talleres, alojamientos para los subalternos y para unos cuantos animales domésticos. Siempre había actividad, unos cien individuos yendo y viniendo de sus trabajos y de sus placeres.
Jill encontró a los pequeños tan irresistibles como a los niños humanos. Pero sin un lenguaje común, estaba imposibilitada de hacer algo más que observar. Los valennos presuponían que había de ser así.
Ulu estaba en las colinas orientales del Muro del Mundo. El bosque circundante ofrecía una cierta protección contra los soles, aunque la mayoría de árboles estaban requemados y aquel año sus hojas caían. Las ocasionales plantas-T tenían mejor aspecto, y en algunos lugares los fénix lucían su magnificencia. Jill observó que el fénix tenía este nombre, traducido de un nativo equivalente, porque su reproducción dependía de las conflagraciones que devastaban aquellas tierras cada milenio.
Un camino que se adentraba en los bosques conducía a un pequeño edificio, una cabaña. Dos guardias armados le impidieron el paso. Preguntó a Innukrat por qué, y obtuvo una respuesta poco satisfactoria.
—Mejor es no hablar de ello hasta que el Caudillo vuelva.
Jill pensó que probablemente era un sitio mágico. Aquella fue la única restricción en su libertad de movimientos. Cualquier otra ruta que escogiera le estaba permitida. Diez kilómetros al sureste, el bosque conducía a un terreno alto, que le permitía observar ampliamente el paisaje que se extendía a sus pies.
Aquí y allí vio granjas. El sistema social parecía ser una clase de feudalismo voluntario. Un Caudillo regía la región, dirigía a los soldados en la batalla o a los trabajadores en una emergencia civil, dirimía los pleitos y oficiaba los principales ritos religiosos. Las familias menores podían ser independientes de él, si lo deseaban, pero la mayoría encontraban preferible convertirse en «juramentados», prestarle ciertos servicios y obediencia a cambio de la protección de las tropas del señorío, y una reserva de sus almacenes de comida cuando los tiempos fueran difíciles. Cualquiera de las partes podía anular el contrato, basándose en una causa, y éste no era vinculante para la siguiente generación, pasados sesenta y cuatro años de su nacimiento, ya que, hasta llegar a esta edad, dependía completamente de sus padres.
Innukrat habló de muertes, especialmente entre los jóvenes. Ambos sexos eran altaneros y peleones.
—Deben estar preparados y saber cómo luchar, cuando vienen los incursores o cuando nosotros mismos salimos a una incursión necesaria, ya has podido comprobar lo miserable que es esta tierra.
No obstante, los caudillos y los viejos mantenían el baño de sangre dentro de unos límites, y eventualmente conseguían que los enemigos se reconciliaran. Bueno, pensó Jill, los ishtarianos no son humanos.
La soledad empezó a influir en ella. Tomaba lecciones del idioma de Innukrat, y la hembra le dedicaba todo el tiempo que le era posible. Y no era mucho, siendo tantas las tareas de una esposa. Jill se ofreció a ayudarle, pero pronto descubrió que lo único que hacía era estorbar; carecía de la fuerza necesaria para manejar ciertos instrumentos y, además, no tenía práctica.
La mayor parte del día la pasaba fuera. El campo abierto estaba demasiado castigado por el sol; los bosques le ofrecían más naturaleza que estudiar. Era escasa comparada con la del hemisferio sur, pero, como había conseguido familiarizarse con ella, se sentía bien entre los árboles, y frecuentemente permanecía fuera hasta muy tarde.
Hasta que tuvo su encuentro.
Volvía después de que los dos soles, ahora íntimos compañeros, se habían puesto. El crepúsculo tropical era breve. Sin embargo, las lunas daban la suficiente luz a través del follaje. A menudo su camino iba directo hacia un lugar que ella hubiera llamado pradera, aunque estaba reseca. Aquella tarde cambió su costumbre, tomó una vereda que bordeaba un cañizal, describiendo una curva cerrada, y que la condujo a un paso que sólo presentaba dos opciones: seguirlo o volver atrás. Bajos y nudosos árboles proyectaban masas de sombras a su alrededor, detrás de ellas y a la derecha de Jill, las almenas del Muro del Mundo destacaban su gris sobre un cielo entre negro y purpúreo donde brillaban menos estrellas que de costumbre. Celestia estaba creciendo hacia su plenitud, y Urania se encontraba a medio camino de su puesta total. No lejos o de hacer coincidir sus dos fases por una vez, o de eludir un eclipse normal. Aparte de una fina orla de plata, su brillo era rojo claro. Su resplandor sobre las lías muertas y los árboles secos hacía que el aire pareciese más caliente de lo que en realidad era. El silencio oprimía.
Jill se detuvo. Su pulso se aceleró, hasta convertirse en un choc, choc, choc continuo en su cabeza y en su garganta, cuando ella y la criatura estuvieron frente a frente.
No puede ser, es un engaño de la luz lunar, estoy hambrienta, mi corazón está agotado, ya no domino a mi cerebro…
La forma se alejó de ella.
—¡Espera! —gritó Jill, mientras se lanzaba en su persecución. Pero ya había desaparecido entre los árboles.
Una excitación momentánea hizo que empuñara la daga que Arnanak le había dado. No, eso huyó, no yo… Sin embargo, es mejor estar en guardia.
Mientras andaba, cada vez con más rapidez, intentó recordar la forma que había visto a la luz rojiza de las lunas. Una bestia-T, sin duda. No obstante, la vida en Tamnuz había sido igual a la de otros lugares del planeta un billón de años antes; cuando volvieron de nuevo los microbios a Ishtar, la vida de Tammuz no siguió el mismo curso que la terrestre o la orto-vida. Había tres sexos. No había una simbiosis elaborada, ni pelo, ni leche; y en lugar de tener un sistema químico o de transpiración, los animales homeotérmicos, igual que muchas plantas, controlaban la temperatura de su cuerpo cambiando de color. Habían vertebrados, pero ninguno descendía de un viejo gusano, sino más bien de una cosa parecida a una estrella de mar; en lugar de una verdadera cabeza tenían una rama, el quinto miembro se convirtió en el portador de la boca y los órganos sensoriales. Había unos pocos bípedos…
Pero eran pequeños. Aquel habría sido un gigante dentro de su especie. Los pétalos de su rama quizás llegaban hasta su pecho. En el abdomen creyó haber visto tres ojos sobre el abultamiento. Las piernas le parecieron largas y poderosas para su tamaño; era más un saltador que un andador. Los brazos aparentemente invertebrados estaban bien desarrollados, finalizando en una mano de cinco dedos en estrella.