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Tiempo de fuego [Fire Time - es]

Электронная книга - «Tiempo de fuego [Fire Time - es]». Краткое содержание книги:

Anu, la gigante roja, también llamada la Estrella Cruel, El Merodeador, el Sol Demonio, El Vagabundo...se estaba aproximando a Isthar. Como cada mil años, abrasaría la tierra, secaría los ríos, agostaría los cultivos, y mataría.
La parte norte del planeta siempre era la más afectada. Sus habitantes, los bárbaros tassui, habían decidido no volver a ser las víctimas del Tiempo de Fuego y en consecuencia se lanzaron a la conquista de mejores territorios, amenazando acabar con la civilización.
Los miembros de la Asociación y sus legiones pidieron ayuda a los habitantes terrestres de la ciudad de Primavera. Pero la Federación Terrestre tenía su propia guerra en otro lugar y les prohibió que actuarán.
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¿Manos? ¿Dedos?

Sí, si no estaba loca. Había visto el brazo derecho levantado, los dedos extendidos, como si el verla le hubiera cogido por sorpresa. En la izquierda llevaba lo que parecía ser un cuchillo.

He hecho un descubrimiento importante, seguro, una bestia-T nunca sospechada hasta ahora. Probablemente ha venido hasta aquí desde el norte a causa de los cambios climatológicos. ¡Sólo una bestia, creo!

Las ventanas aparecieron ante ella. Irrumpió en el salón, se abrió paso entre la multitud y le contó a Innukrat lo que había pasado.

La mujer hizo un signo.

—Te encontraste con un daur.

—¿Un qué?

—Creo que será mejor esperar a Arnanak también para esto.

—Pero…

Su memoria se activó. En Primavera tenían datos xenológicos sobre los valennos, la mayor parte de segunda mano, suministrados por miembros de la Asociación. Siguió recordando lo poco que había leído. Daur. Dauri. Sí, me parece recordar que ellos creían en una clase de duende o trasgo o demonio menor.

—¿Son, eh, tienen esos seres que saltan por los bosques salvajes… poderes mágicos? —preguntó.

—Te lo he dicho, espera a Arnanak —le contestó Innukrat.

Volvió varios días más tarde. Jill no hubiera podido decir cuántos. Había dejado de llevar la cuenta.

Estaba en casa cuando llegó. Para no estropear sus vestidos humanos, llevaba puesta una larga y tosca túnica de tela nativa que tejían con fibras de plantas. Junto con ésta le habían dado varias más, largas hasta la rodilla, para usar como ropa de dormir. Ella no era ishtariana y por tanto su vida no dependía de que recibiera ampliamente los rayos del sol; por el contrario, Bel podía quemar su piel. Su siguiente demanda fue de calzado. Sus zapatos estaban desgastados por el uso excesivo.

La casa producía la mayor parte de lo que necesitaba. Ocasionalmente los valennos tenían que usar botas. La hembra que estaba al cargo del trabajo de la piel se mostró muy amable prometiéndole a Jill hacerle dos o tres pares, quizás porque se salía de sus ocupaciones normales, quizás porque era un desafío, quizás por simple amabilidad o una combinación de razones. Exigió tener a la chica a mano, para poder probárselos y para que le explicara, con gestos y unas pocas palabras tassu, cómo debían hacerse las cosas.

Jill estaba junto a la barraca, sosteniendo un quitasol que había hecho contra el calor y el exceso de luz. Los gritos crecieron, el sonido de pisadas se hizo más fuerte. Por el patio marchaba Arnanak y sus seguidores. Jill tiró el quitasol. Durante un instante quedó paralizada. Después gritó:

—¡Ian!

Corrió sobre el adobe que intentaba quemar sus pies.

—Ian, ¡querido!

Y en sus brazos… Se abrazó contra el hombre, fuerte, duro, sudoroso. Lo besó con tal fuerza que sus dientes entrechocaron; después de haber retrocedido lo justo para mirar su cara a través de las lágrimas y de su asombro, volvió a besarle con una temblorosa ternura de enamorada.

Por fin se separaron, pero sus manos permanecieron unidas, y también sus miradas. Su actitud no era muy diferente de la de dos ishtarianos en situación similar.

—Oh, Ian, vienes… ¿a liberarme?

—Lo siento, querida. No todavía. —Su rostro había pasado de la alegría a la tristeza.

Su primera reacción fue de enfado.

—¿Qué? Entonces, ¿por qué estás aquí?

—No podía dejarte sola. No temas. Estoy aquí por voluntad propia y de acuerdo con Arnanak. No está dispuesto todavía a dejarnos marchar. El y Larreka llegaron a un acuerdo tan limitado que no cambió los objetivos de nadie, pero está ansioso de conseguir buenas relaciones con nosotros los humanos. Dos rehenes son mejor que uno, piensa. La idea es dejarnos libres, a su debido tiempo, a cambio de concesiones, que podrían llegar hasta el establecimiento de relaciones diplomáticas con su reino y, por tanto, tiene que tratarnos bien. Hemos hablado mucho durante el camino. El, dentro de su forma de ser, no es tan mal tipo. Por ahora, bueno, he traído alimentos, medicinas, ropas, tantas cosas como pude, para ti. Incluyendo, eh, los que creo que son tus libros favoritos.

Ella miró a sus ojos azul-verde y supo: Está enamorado de mí. ¿Cómo pude dudarlo?

—No deberías…

—Al infierno. Te explicaré la situación. Tengo un montón de noticias que darte. Pero, ¿cómo lo has pasado? ¿Cómo te encuentras?

—Muy bien.

—Tienes buen aspecto. Tu pelo es como un destello de sol contra tu piel bronceada, estás a punto de convertirte en una rubia platino. Toda tu familia se encuentra bien, al menos lo estaba cuando yo salí de Port Rua. Te envían recuerdos. La comunidad entera desea que regreses.

—Chu. —El sehalano de Arnanak se unió a su inglés—. No entráis. Id a vuestras habitaciones, invitados. Mis hombres entrarán el equipaje. Más tarde lo festejaremos. Pero debéis tener muchas cosas que deciros.

Ciertamente tenían muchas.

Sparling la conocía lo suficiente como para no suavizarle las noticias que tenía.

—No hubo compromiso real. Sólo un par de acuerdos menores para hacer la guerra menos destructiva para ambos bandos, lo que no afectará al resultado. Los tassui no se detendrán hasta que el último legionario esté fuera de Valennen o muerto. La Zera resistirá tanto como le sea posible, en la esperanza de refuerzos. Difícilmente puedo condenar a los bárbaros. Estoy de acuerdo con Arnanak en que si permanecen en sus tierras, durante el Tiempo de Fuego, él lo llama así, la mayoría de ellos morirá. Nosotros, los humanos, debiéramos haber pensado más en eso. Deberíamos haber desarrollado programas para el alivio de este pueblo también. Que ese cerdo de Dejerine no nos hubiera dejado llevar a cabo.

—Yuri no es un cerdo —dijo Jill. Esto hizo que Sparling pareciera tan apenado y herido que ella tuvo que acercarse más a él para consolarlo.

Estaban sentados uno junto al otro en el colchón que ella usaba como cama, con las espaldas apoyadas en un muro largo y rojo, las piernas extendidas sobre el suelo de arcilla. Una especie de persiana cubría la única ventana. La habitación estaba oscura y fresca. No había puerta, y la cortina de la entrada no impedía que llegaran los ruidos de regocijo procedentes del vestíbulo.

—Ni tampoco Arnanak —dijo él—. Ambos tienen misiones que cumplir, y Dios ayude a quien se interponga en su camino. Arnanak significa para su gente la consecución de territorios menos afectados por el terrible calor del periastro y sus resultados. Territorios para vivir, y vivir bien. Naturalmente, eso implica romper con la Asociación. Esta no podía quedar ociosa mientras que muchos de sus miembros eran desplazados, sojuzgados y asesinados. Cuando la Asociación fuera vencida, Beronnen sería ampliamente saqueada. El final de la civilización en Ishtar… de nuevo. Arnanak no negó estos resultados ante mí.

—Ni ante mí, aunque cree que sus descendientes la heredarán y la reconstruirán.

—A su tiempo. ¿Cuánto, considerando los periplos vitales de los ishtarianos? ¿Qué se conservará mientras tanto, y qué quedará perdido para siempre?

—Lo sé, Ian, lo sé.

—Para nosotros, el tiempo es condenadamente corto, si queremos hacer algo para ayudar a Larreka. Arnanak me dijo que tiene ya a sus mensajeros llamando a las naves y las fuerzas de campaña a la cita. No le dará a Port Rua ni un mes de tranquilidad. Antes, Arnanak iniciará el ataque.

Jill permaneció silenciosa un momento. Sparling no había hablado como un hombre en cautividad.

—Hablas como si no estuviéramos sin recursos.

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