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Tiempo de fuego [Fire Time - es]

Электронная книга - «Tiempo de fuego [Fire Time - es]». Краткое содержание книги:

Anu, la gigante roja, también llamada la Estrella Cruel, El Merodeador, el Sol Demonio, El Vagabundo...se estaba aproximando a Isthar. Como cada mil años, abrasaría la tierra, secaría los ríos, agostaría los cultivos, y mataría.
La parte norte del planeta siempre era la más afectada. Sus habitantes, los bárbaros tassui, habían decidido no volver a ser las víctimas del Tiempo de Fuego y en consecuencia se lanzaron a la conquista de mejores territorios, amenazando acabar con la civilización.
Los miembros de la Asociación y sus legiones pidieron ayuda a los habitantes terrestres de la ciudad de Primavera. Pero la Federación Terrestre tenía su propia guerra en otro lugar y les prohibió que actuarán.
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—Y a continuación seguiremos hablando, ¿no?

—¿Qué quieres de nosotros?

—Vuestra ayuda. He oído que ayudaréis a la Asociación durante los próximos sesenta y cuatro. ¿Tiene mi pueblo menos derecho a la vida?

—Yo… no estoy sobre lo que podríamos hacer por vosotros.

—De acuerdo —dijo Arnanak hoscamente—. No me han llegado noticias de importantes trabajos, ni de los prometidos milagros que iban a realizarse en Beronnen.

Ian Sparling dudó, antes de ganarse el respeto del tassui diciendo:

—Puedo prometer toda clase de recompensas, pero ¿para qué? Eres demasiado inteligente. Discutamos, hoy, el rescate de la hembra. Pide lo imposible, y no tendrás nada. No, peor que nada: ataques sobre tu país, la ruina de tus planes. Pide algo razonable, y podremos arreglarlo.

No obstante, Arnanak se permitió dar un zarpazo:

—Si sois capaces de abatir el Sur de Valennen, ¿por qué no habéis atacado antes de ahora? Hemos proporcionado a la Asociación amplios problemas, a la Asociación a quien se supone que vais a salvar. ¿Por qué no les habéis prestado ayuda militar? ¿Es porque no podéis hacer nada?

—Nosotros… nosotros no hemos venido aquí buscando querellas. —Sparling se pluralizó a sí mismo en su respuesta—. Pero ahora es demasiado pronto para amenazas. Pide un rescate.

—¿Qué podéis ofrecer?

—Nuestra buena voluntad, en primer lugar y principalmente. Después herramientas, materiales, consejo y ayuda para soportar los malos años. Por ejemplo, en lugar de esta tienda de tela tan pesada, un material que es mucho más ligero y resistente, a prueba de putrefacción y de incendio. Esto os permitiría moveros más libremente en la busca de alimento salvaje.

—Ng-ng, preferiría tener un suministro de esas armas que habéis dado a los soldados. —Arnanak miró a Larreka—. También tenéis que retirar vuestra ayuda a la Asociación.

El comandante lanzó una risa ronca y tomó un sorbo de la copa de cerveza que tenía delante.

—Esta cerveza no sabe demasiado bien —dijo.

—Sé que vosotros dos habéis hablado de antemano. —Arnanak había logrado situarse en una ordenada calma—. No creo realmente que los humanos quisieran o pudieran abandonar sus propósitos largamente mantenidos a causa de uno de sus seres. Ella, la que tengo en mi poder, me advirtió de eso. Honrado sea su orgullo.

—Vamos a hablar de lo que puede hacerse en realidad —urgió Ian Sparling.

—De acuerdo —dijo Arnanak—. Permíteme que trate con Larreka. ¿Querrá la Zera dejar Valennen libremente, con nuestro agradecimiento, o deberemos destruiros? Los huesos de los muertos son oráculos aquí, pero inútiles en Beronnen. No es demasiado tarde para negociar sobre las islas del Mar Fiero que podáis conservar —Hasta que estemos listos para expulsaros de ellas, pensó—, aunque lo mejor para nosotros sería que os marcharais todos a casa.

—No pierdas el tiempo —dijo el legionario—. Creo que podríamos negociar unas cuantas cosas significativas. Si dejas a nuestros pescadores y cazadores tranquilos, ellos cazarán lo que necesiten y dejarán de poner la antorcha a las áreas en donde saben que tenéis viviendas. Como esta.

—Eso podremos tratarlo más tarde —dijo Arnanak. Aquella no era una propuesta inesperada.

—¡Un momento! —exclamó el humano—. ¿Qué hay de Jill?

Arnanak suspiró.

—No has ofrecido nada en pago del valor del rehén, ya que no puedes evitar que tu pueblo deje de ayudar a la Zera. ¿O puedes hacerlo? Si no, la conservaremos hasta después de nuestra victoria. Mientras tanto hablaremos de su precio de vez en cuando… su precio y mucho más. ¿Lo has entendido, Ian Sparling? Mi deseo es que los tassui vivan, no como miserables hambrientos, sino en el poder y la fortuna. ¿No has pensado que podemos ser los que mejor paguemos vuestra ayuda? Aunque sólo hayamos logrado aquí la primera oportunidad real de conocernos mutuamente, esto es más importante que un barco cargado de provisiones. No temas por ella. Piensa en cómo podremos arreglárnoslas para darle lo que necesite para conservar su salud mientras esté entre mi pueblo.

Sparling permaneció silencioso. Los ruidos que producían los soldados y guerreros moviéndose fuera, parecían distantes.

Larreka rompió el silencio:

—Sabía que el líder valenno debía ser tan inteligente como fuerte. Pero no me había dado cuenta hasta hoy de que fuera tan sabio. Es malo que tengamos que matarte, Arnanak. Deberías haberte quedado en tu legión.

—Lamento que no cedáis. —El Caudillo retornó a la cortesía.

Ian Sparling se estiró.

—Muy bien —dijo—, preveía este desenlace. Llévame con ella, entonces.

—¿Qué? —preguntó Arnanak, sorprendido.

—Está sola entre extranjeros salvajes. Pueden tratarla bien, pero no son como ella. Déjame acompañarla. ¿Por qué no? Tendrás a dos de nosotros.

Arnanak no estudió el rostro de Ian, tan extraño como el de un daur, sino el de Larreka. El comandante parecía rígido. El y su invitado habrían hablado antes de esa posibilidad.

La decisión surgió. ¿Qué es la vida sino la aceptación de riesgos?

—No puedo hacer promesas —advirtió—. Hay que hacer un viaje duro y largo para llegar adonde está ella. Tampoco tenemos un tiempo fácil allí.

—Razón de más para que os acompañe —dijo Sparling.

—Primero quiero revisar todo lo que vas a llevar contigo, todo. Manejar cada cosa por mí mismo y que me demuestres para qué sirve, hasta que esté seguro de que no planeas ninguna traición. —Naturalmente.

XVIII

Jill acababa de llegar a Ulu cuando recibió un mensaje de Arnanak. «Ellos quieren conferenciar en Port Rua —decía—. No dudo de que tu presencia entre nosotros haya influido en esto. No abrigues demasiadas esperanzas. Creo que permanecerás ahí hasta… quizás hasta otoño o principios de invierno.»

Ella pensó que el consejo era bienintencionado. En consecuencia, el gran bárbaro de piel negra no era tan perverso como había pensado. Su gente lo consideraba un héroe, y podía llegar a convertirse en un salvador.

Arnanak y ella habían hablado durante largo tiempo y en intimidad creciente; primero a bordo de su galera y después en el viaje por tierra hasta el fiordo, donde él la dejó. Había hecho todo lo que estaba en su mano para ayudarla a atravesar aquellas altas montañas. A menudo había cabalgado sobre él o sobre uno de sus guerreros, como solía hacer con Larreka. Y esto, a pesar de que ella había matado a su hijo, que para él ya no era más que un hueso que conservaba a fin de poder llamar a su alma durante los sueños.

En ausencia de Arnanak, ella encontró agradable su cautividad excepto por ser cautividad. Tenía una habitación en la que nadie podía entrar sin su permiso. Podía andar libremente por donde quisiera, ya que no tenía acceso a su reserva de aminoácidos y vitaminas fuera de las horas de las comidas y, por tanto, ninguna posibilidad de escapar.

—Mejor será que no te alejes demasiado —dijo Innukrat—. Podrías perderte.

—Sé mucho sobre los bosques, y no creo que haya animales en Valennen peligrosos para mí.

Innukrat se quedó pensativa, y después dijo:

—Es mejor que alguien te acompañe en las primeras salidas, hasta que estés segura de saber volver.

Ella no puso objeciones.

Innunkrat era una de las esposas de Arnanak y, después que él partió, el único nativo que sabía sehalano. Su conocimiento de esta lengua era debido a la actividad comercial que desarrollaba y que, antes del comienzo de la guerra contra la civilización, la había llevado hasta los puestos avanzados del Valle de Esali. La igualdad entré ambos sexos se encontraba en la mayor parte de las sociedades ishtarianas, las excepciones eran tanto matriarcales como patriarcales. Allí prevalecía también pero, dadas las condiciones duras y primitivas, era necesaria mayor especialización en los trabajos. Como regla general, los machos se encargaban del comercio exterior y las incursiones, mientras que, entre otros trabajos prácticos, las hembras tenían a su cargo el comercio en el interior del país. Ellas no temían que las asaltaran. Mientras permanecieran en las rutas marcadas, sus personas y bienes eran sagrados. Jill preguntó si esa regla había sido violada alguna vez.

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