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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Ya veo —dijo Haviland Tuf—. Maestre de Puerto Mune, ¿es usted una mujer de fuertes convicciones religiosas?

Ella torció el gesto y bebió un poco más de cerveza. —¡Diablos, no! Supongo que soy agnóstica. No lo sé, no pienso demasiado en ello. Pero también pertenezco a los cero, aunque es algo que no admitiré nunca ahí abajo. Muchos hilado res son de los cero. En un sistema tan pequeño y cerrado como el Puerto, los efectos de una procreación incontrolada se harían muy pronto condenada mente aparentes y serían condenadamente terribles. Ahí abajo, ¡maldición!, la cosa no esta tan clara. y la Iglesia… ¿está familiarizado con la Iglesia de la Vida en Evolución?

—Tengo cierta familiaridad sucinta con sus preceptos —dijo Tuf—, aunque debo admitir que la he adquirido muy recientemente.

—S’uthlam fue colonizada por los ancianos de la Iglesia de la Vida en Evolución —dijo Tolly Mune—. Venían huyendo de la persecución religiosa en Tara y se les perseguía a causa de que procreaban tan condenada mente aprisa que estaban amenazando con apoderarse del planeta por su simple número, cosa que al resto de nativos no les gustaba ni pizca.

—Un sentimiento muy comprensible —dijo Tuf. —Eso fue lo mismo que terminó con el programa de colonización, lanzado por los expansionistas hace unos cuantos siglos. La Iglesia… bueno, su creencia básica es que el destino de la vida consciente es llenar todo el universo, que la vida es el bien definitivo y último. La antivida es el mal definitivo. La Iglesia cree que la vida y la antivida mantienen una especie de carrera entre sí. La Iglesia dice que debemos evolucionar a través de estados cada vez más elevados, en conciencia y genio, hasta llegar a una especie de eventual divinidad y que debemos conseguir tal divinidad a tiempo de evitar la muerte calórica del universo. Dado que la evolución trabaja mediante el mecanismo biológico de la procreación, lo que debemos hacer es procrear, expandiendo y enriqueciendo continuamente el estanque gen ético y llevando nuestra semilla hasta los astros. Restringir los nacimientos… si lo hacemos, quizás estuviéramos interfiriendo con el siguiente paso en la evolución humana, quizás estuviéramos abortando a un genio, a un protodiós, al portador de un cromosoma mutante que sería capaz de hacer ascender a la raza ese peldaño siguiente de la escalera, tan cargado de trascendencia.

—Creo haber comprendido lo esencial de su credo —dijo Tuf.

—Somos un pueblo libre, Tuf —dijo Tolly Mune—. Hay diversidad religiosa, libertad de culto y todo eso. Tenemos además Erikaners, Cristeros Viejos y Niño del Soñador. Tenemos bastiones de los Ángeles de Acero y comunas del Crisol, lo que se le ocurra. Pero más del ochenta por ciento de la población sigue perteneciendo a la Iglesia de la Vida en Evolución y sus creencias son más fuertes ahora que en ningún otro momento. Miran a su alrededor y ven los frutos obvios de las enseñanzas de la Iglesia. Cuando se tiene a miles de millones de personas se tiene a millones de genios y se tiene, además, el estímulo de una virulenta fertilización cruzada, de una competición salvaje en busca del progreso y de unas necesidades increíbles. Por lo tanto, ¡maldición!, es muy lógico que S’uthlam haya conseguido llevar a cabo avances tecnológicos casi milagrosos. Ven nuestras ciudades y el ascensor, ven a los visitantes que acuden de un centenar de mundos para estudiar aquí, ven cómo estamos eclipsando a todos nuestros vecinos. No ven una catástrofe y los líderes de la Iglesia no paran de repetir que todo irá estupendamente, ¡Por qué demonios van a permitir que a la gente se le impida procrear! —Le dio un fuerte golpe a la mesa y se volvió hacia un camarero—. ¡Tú! —le dijo secamente—. Más cerveza y rápido. —Luego se volvió hacia Tuf—. Por lo tanto, no me suelte esas ingenuas sugerencias. Las restricciones de nacimientos son impracticables dada nuestra situación. Es imposible. ¿Lo ha entendido, Tuf?

—No hay ninguna necesidad de impugnar mi inteligencia —dijo Haviland Tuf y acarició a Desorden, que se había instalado de nuevo en su regazo después de haberse atracado de carne—. El apuro en que se encuentra S’uthlam me ha llegado al corazón. Haré todo lo que esté en mi mano para aliviar las calamidades de su planeta.

—Entonces, ¿nos venderá el Arca? —le preguntó ella secamente.

—Ésa es una hipótesis carente de base —replicó Tuf—. Sin embargo, haré ciertamente cuanto se encuentre dentro de mis capacidades como ingeniero ecológico antes de partir rumbo a otros mundos.

Los camareros estaban trayendo ya el postre: grandes frutas jugosas de color verde azulado que nadaban en cuencos de espesa crema. Desorden olió la crema y saltó sobre la mesa para emprender una investigación más concienzuda, en tanto que Haviland Tuf alzaba la fina cuchara de plata que habían puesto ante él.

Tolly Mune meneó la cabeza. —Llévenselo —dijo bruscamente—, es demasiado condenadamente espesa para mí. Sólo quiero una cerveza.

Tuf la miró y levantó un dedo. —jun instante! No serviría de nada permitir que su ración de este delicioso postre se desperdiciara. Estoy seguro de que a Desorden le encantará.

La Maestre de Puerto tomó un sorbo de su nueva jarra y frunció el ceño.

—Se me han terminado las palabras, Tuf. Estamos ante una crisis. Necesitamos esa nave. Ésta es su última oportunidad. ¿Quiere venderla?

Tuf la miró y Desorden avanzó rápidamente hacia el cuenco del postre.

—Mi posición no ha variado.

—Entonces, lo siento —dijo Tolly Mune—. No quería verme obligada a hacer esto. —Chasqueó los dedos. En el silencio que siguió a ese instante, durante el cual sólo se había oído el ruido de la gata lamiendo la crema, el chasquido resonó como un disparo. A lo largo de los muros cristalinos los altos y serviciales camareros metieron la mano bajo sus elegantes libreas negro y oro sacando de ellas pistolas neurales.

Tuf parpadeó y movió la cabeza, primero a la derecha y luego a la izquierda, estudiando por turno a cada uno de los hombres, mientras Desorden empezaba con la fruta.

—¡Traición! —dijo con voz átona—. Me encuentro gravemente decepcionado. Mi confianza y mi buena disposición natural han sido cruelmente utilizadas en mi contra. —Tuf, condenado estúpido, usted me obligó a… —Tal abuso del rango no hace sino exacerbar la traición en lugar de justificarla —dijo Tuf con la cuchara en la mano—. ¿Voy a ser ahora, por ventura, asesinado en secreto y con la peor de las villanías?

—Somos gente civilizada —dijo Tolly Mune con voz irritada, enfadada con Tuf, con Josen Rael, con la condenada Iglesia de la Vida en Evolución y, por encima de todo, con ella misma por haber llegado a tal extremo—. No, nada de eso. Ni tan siquiera vamos a robar esa maldita nave suya por la que tanto se preocupa. Todo esto es legal, Tuf. Se encuentra arrestado.

—Ciertamente —dijo Tuf—. Por favor, acepte mi rendición. Siempre estoy entusiásticamente dispuesto a cumplir con las leyes locales. ¿Cuáles son los cargos por los que voy a ser juzgado?

Tolly Mune sonrió sin ningún entusiasmo, sabiendo muy bien que esta noche en la Casa de la Araña su nombre volvería a ser la Viuda de Acero. Luego señaló hacia el otro extremo de la mesa, en el cual Desorden estaba sentada lamiéndose cuidadosamente los bigotes llenos de crema.

—Importación ilegal de alimañas dentro del Puerto de S’uthlam —dijo.

Tuf depositó cuidadosamente su cuchara en la mesa y plegó las manos sobre el vientre.

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