Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
—Me parece recordar que traje aquí a Desorden a resultas de una clara invitación por su parte.
Tolly Mune sacudió la cabeza. —No servirá de nada, Tuf. Tengo grabada toda nuestra conversación. Es cierto que dije no haber visto jamás un animal vivo, pero eso es simplemente una afirmación y ningún tribunal podría llegar a considerarla como una incitación para que cometiera una violación criminal de nuestros reglamentos sanitarios. Al menos, ninguno de nuestros tribunales. —En su sonrisa había cierto matiz de disculpa.
—Ya veo —dijo Tuf—. En tal caso, pasemos por alto las siempre engorrosas y lentas maquinaciones legales. Me declaro culpable y estoy dispuesto a pagar la multa que corresponda a esta leve infracción.
—Muy bien —dijo Tolly Mune—. La multa es de cincuenta unidades base. —Hizo un gesto y uno de los camareros avanzó hacia la mesa y se apoderó de la gata—. Naturalmente —concluyó Tolly—, la alimaña debe ser destruida.
—Odio la gravedad —le dijo Tolly Mune a un sonriente Josen Rael una vez hubo terminado su informe sobre la cena—. Me agota y odio pensar en lo que toda esa condenada tensión le hace a mis músculos y órganos internos. ¿Cómo podéis vivir los gusanos de ese modo, día tras día? ¡Y toda esa condenada comida! La engullía de una forma casi obscena y todos esos olores…
—Maestre de Puerto, tenemos asuntos más importantes que discutir —dijo Rael—. ¿Está todo listo? ¿Le hemos cogido?
—Tenemos a su gata —dijo ella con voz lúgubre—. Para ser más exactos, tengo a su gata. —Como si hubiera estado esperando esas palabras Desorden lanzó un maullido y pegó la cabeza a la rejilla de plastiacero de la jaula que los hombres de seguridad habían erigido en uno de los rincones de su habitación. Desorden maullaba muchísimo. Estaba claro que la ingravidez no le resultaba nada cómoda y cada vez que intentaba moverse empezaba a girar sobre sí misma sin lograr controlarse. Cada vez que la gata se golpeaba con la rejilla, Tolly Mune no podía reprimir un leve pinchazo de culpabilidad. Estaba segura de que él habría sellado el documento de transferencia sólo para salvar a ese condenado animal.
Josen Rael no parecía muy alegre. —La verdad es que su plan no me parece demasiado bueno, Maestre de Puerto. En el nombre de la vida, ¿por qué iba alguien a entregar un tesoro de la magnitud del Arca para preservar un espécimen animal? y menos aún cuando, según me ha dicho, posee otras alimañas del mismo tipo a bordo de su nave.
—Porque está emocionalmente muy unido a esta alimaña en particular —dijo Tolly Mune con un suspiro—. Pero Tuf es mucho más tozudo de lo que pensaba. Se dio cuenta de que yo estaba fanfarroneando.
—Entonces, destruya al animal. Demuéstrele que estamos hablando en serio. —¡Oh, Josen, un poco de cordura! —replicó ella con impaciencia—. ¿Y dónde estaríamos entonces? Si llevo adelante el plan y mato a esa maldita bestia, entonces me quedo sin nada. Tuf lo sabe y sabe que yo lo sé y sabe que yo sé que él lo sabe. Al menos ahora tenemos algo que él desea. Estamos en tablas.
—Cambiaremos las leyes —sugirió Josen Rael—. A ver, sí. ¡La pena por introducir alimañas en el Puerto debería incluir la confiscación de la nave usada para dicho acto de contrabando!
—Condenadamente genial —dijo Tolly Mune—. Es una pena que estén prohibidas las leyes con efectos retroactivos. —Todavía no he oído ningún plan mejor por su parte.
—Josen, ello se debe a que todavía no tengo ninguno. Pero ya lo tendré. Discutiré con él, le engañaré, no lo sé. Conocemos SUS debilidades: la comida, sus gatos. Puede que haya algo más y que podamos utilizarlo. Conciencia, libido, una debilidad hacia el juego o la bebida… —se quedó callada y empezó a pensar—. El juego —repitió—, claro… Le gusta jugar. Apuntó con un dedo hacia la pantalla—. No se meta en esto. Me dio tres días y mi tiempo todavía no se ha terminado. Mantenga bien firme la cremallera. —Con un gesto hizo esfumarse sus rasgos de la gran pantalla y en su lugar puso la oscuridad del espacio, con el Arca flotando ante un telón de estrellas inmóviles.
La gata pareció reconocer la imagen de la pantalla y emitió un maullido quejumbroso. Tolly Mune la miró con el ceño fruncido y pidió que la pusieran en comunicación con su encargada de seguridad.
—Tuf —ladró—, ¿dónde está ahora?
—Está en el Hotel Panorama del Mundo, en su sala de juegos clase estelar, Mamá —respondió la encargada de ese turno.
—¿El Panorama del Mundo? —gimió ella—. ¿Así que ha acabado eligiendo un maldito palacio para gusanos, eh? ¿Qué tienen ahí, gravedad completa? Oh, infiernos, no importa. Cuida de que no se mueva de ahí. Ahora bajo.
Le encontró jugando a la canasta a cinco. Tenía delante una pareja de gusanos de tierra ya mayores; un cibertec al que habían suspendido de empleo y sueldo por saquear sistemas, unas cuantas semanas antes, y un negociador comercial, más bien obeso y paliducho, de Jazbo. De guiarse por el montón de fichas que había ante él, Tuf estaba ganando bastante. Tolly hizo chasquear los dedos y la camarera se acercó rápidamente con una silla. Tolly Mune se instaló junto a Tuf y le tocó suavemente el brazo.
—Tuf —dijo. Él volvió la cabeza y se apartó un poco de ella.—Tenga la amabilidad de no ponerme las manos encima, Maestre de Puerto Mune.
Ella retiró la mano. —¿Qué está haciendo, Tuf? —Por el momento estoy poniendo a prueba una estratagema, tan nueva como interesante, recién inventada por mí en contra del Negociador Dez. Me temo que quizás acabe resultando que carece de fundamento científico, pero el tiempo lo dirá. Hablando en un sentido más amplio, estoy esforzándome por ganar una magra cantidad de unidades base mediante la aplicación del análisis estadístico y la psicología práctica. Debo decir que S’uthlam no resulta nada barata, Maestre de Puerto Mune.
El jazboíta, con su larga cabellera empapada con aceites irisados y su obeso rostro lleno de cicatrices, rió roncamente, exhibiendo con ello una pulida dentadura negra en la que había incrustadas diminutas joyas carmesí.
—Hago un desafío, Tuf —dijo, tocando un botón que había junto a su puesto y que hizo centellear brevemente sus cartas sobre la superficie iluminada de la mesa.
Tuf se inclinó por un segundo hacia adelante. —Ciertamente —replicó. Un dedo pálido y muy largo se movió en el gesto preciso y su propia jugada se encendió dentro del círculo—. Me temo que ha perdido, señor. Mi experimento ha resultado triunfante, aunque no dudo de que ello se ha debido a un mero capricho de la fortuna.
—¡Maldito sea usted y su condenada fortuna! —dijo el jazboíta, poniéndose en pie con cierta dificultad. Unas cuantas fichas más cambiaron de manos.
—Así que sabe jugar —dijo Tolly Mune—. Pero eso no le servirá de nada, Tuf. En estos lugares los juegos siempre están amañados a favor de la casa. jugando, nunca logrará ganar todo el dinero que le hace falta.
—No soy totalmente consciente de tal realidad —dijo Tuf.
—Hablemos. —Ya lo estamos haciendo. —Hablemos en privado —dijo ella subiendo un poco el tono de voz.
—Durante nuestra última discusión en privado fui atacado por hombres provistos de pistolas neurónicas, se me agredió verbalmente, fui cruelmente engañado, se me privó de una compañía muy querida y, como remate, se me impidió gozar de mi postre. No me encuentro muy favorablemente predispuesto a nuevas invitaciones de dicho tipo.
—Le invito a una copa —dijo Tolly Mune. —Muy bien —replicó Tuf. Se levantó con rígida dignidad, recogió sus fichas y se despidió de los demás jugadores. Tolly y Tuf se dirigieron a un reservado situado al otro extremo de la sala de juegos. Tolly Mune jadeaba un poco a causa del esfuerzo que le imponía la gravedad. Una vez dentro de él se derrumbó sobre los almohadones, pidió dos narcos helados y cerró la cortina a continuación.