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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—El ingerir bebidas narcóticas tendrá un efecto muy escaso sobre mis capacidades decisorias, Maestre de Puerto Mune —dijo Haviland Tuf—, y aunque me encuentro perfectamente dispuesto a recibir su generosa oferta e invitación, como justa compensación a su anterior falta de hospitalidad civilizada, mi posición sigue sin haber variado.

—¿Qué quiere, Tuf? —le dijo ella con voz agotada después de que llegaron las bebidas. Los grandes vasos estaban cubiertos de escarcha y en su interior el licor azul cobalto ardía con un gélido resplandor.

—Al igual que todos los seres humanos tengo muchos deseos. Por el momento, lo que deseo con mayor urgencia es tener de nuevo junto a mí, sana y salva, a Desorden.

—Ya le propuse que cambiáramos el animal por la nave. —Ya hemos discutido dicha propuesta y la he rechazado por ser muy poco equitativa. ¿Debemos volver otra vez a discutir el asunto?

—Tengo un nuevo argumento —dijo ella. —¿De veras? —Tuf probó su bebida.

—Consideremos el asunto de la propiedad, Tuf. ¿Cuál es su derecho para considerarse dueño del Arca? ¿Acaso la ha construido? ¿Tuvo algún papel en su creación? No, ¡demonios!

—La encontré —dijo Tuf—. Es cierto que tal descubrimiento lo hice acompañado por cinco personas más y no puedo negar que sus títulos sobre dicha propiedad resultaban, en ciertos casos, superiores al mío. Sin embargo, ellos han muerto y yo sigo vivo, lo cual fortalece considerablemente mi posición. Lo que es más, actualmente me encuentro en posesión de dicha nave y en muchos sistemas éticos la posesión es la clave y, en más de una ocasión, el factor determinante en cuanto respecta a la propiedad.

—Hay mundos en los que todos los objetos de valor pertenecen al estado y en ellos su maldita nave habría sido requisada de inmediato.

—Me doy cuenta de ello, créame, y tengo gran cuidado de evitar dichos mundos cuando elijo mi destino —dijo Haviland Tuf.

—Tuf, si quisiéramos, podríamos apoderarnos de su maldita nave por la fuerza. Quizá sea el poder lo que da la propiedad, ¿no?

—Es cierto que a sus órdenes se encuentra la feroz lealtad de ingentes masas de lacayos armados con lásers y pistolas neurónicas, en tanto que yo me encuentro totalmente solo. No soy sino un humilde comerciante y un ingeniero ecológico que no ha superado el rango de neófito y como única compañía tengo la de mis inofensivos felinos. Sin embargo, no carezco de ciertos recursos propios. Entra dentro de mis posibilidades teóricas el haber programado ciertas defensas en el Arca susceptibles de hacer dicho asalto mucho más difícil de lo que pudiera creerse en un principio. Por supuesto que dicha idea es una pura teoría, pero haría bien en prestarle la debida consideración. En cualquier caso, una acción militar brutal sería ilícita según la jurisprudencia de S’uthlam.

Tolly Mune suspiró. —Ciertas culturas opinan que la propiedad viene dada por la capacidad de usar el bien poseído. Otras optan por la necesidad de usarlo.

—Estoy levemente familiarizado con dichas doctrinas. —Bien. S’uthlam necesita el Arca más que usted, Tuf.

—Incorrecto. Necesito el Arca para practicar la profesión que he escogido y para ganarme la vida. Lo que su mundo precisa en estos momentos no es tanto la nave en sí como la ingeniería ecológica. Por dicha razón le ofrecí mis servicios y me encontré con que mi generosa oferta era despreciada y tildada de insuficiente.

—La utilidad —le interrumpió Tolly Mune—. Tenemos todo un maldito mundo lleno de brillantes científicos. Usted mismo admite que es sólo un comerciante. Podemos usar el Arca mejor que usted.

—Sus brillantes científicos son casi todos especialistas en física, química, cibernética y otros campos semejantes. S’uthlam no se encuentra particularmente avanzada en áreas como la biología, la gen ética o la ecología. Esto es algo que me parece doblemente obvio. Si poseyeran expertos, como parece usted afirmar, en primer lugar no les resultaría tan urgente la necesidad de poseer el Arca y, en segundo lugar, sus problemas ecológicos no habrían sido dejados de lado, como lo han sido hasta alcanzar las proporciones actuales, francamente ominosas. Por lo tanto, pongo en duda su afirmación en cuanto a que su pueblo sea capaz de utilizar la nave de modo más eficiente. Desde que he llegado a poseer el Arca, y durante todo mi viaje hasta aquí, no he parado de consagrarme al estudio y, por lo tanto, creo que puedo atreverme a sugerir que ahora soy el único ingeniero ecológico dotado de ciertas cualificaciones existentes en el espacio humano, excluyendo posiblemente a Prometeo.

El largo y pálido rostro de Haviland Tuf no había variado de expresión. Cada una de sus frases era articulada cuidadosamente y luego disparadas en gélidas e interminables salvas. A pesar de ello, Tolly Mune tuvo la sensación de que tras la impenetrable fachada de Tuf había una debilidad: el orgullo, el ego, una vanidad que podía utilizar para sus propios fines. Tolly alzó un dedo y lo blandió ante él.

—Palabras, Tuf, nada más que malditas palabras. Puede hacerse llamar ingeniero ecológico, si le place, pero eso no quiere decir nada en absoluto. Puede hacerse llamar melón de agua, si le parece, ¡Pero tendría un aspecto condenadamente ridículo sentado en un cuenco lleno de crema!

—Ciertamente —dijo Tuf. —Le hago una apuesta —dijo ella, disponiéndose a jugarse el todo por el todo—. Apuesto a que no tiene ni maldita idea sobre qué hacer con esa condenada nave.

Haviland Tuf pestañeó y formó un puente con sus manos sobre la mesa.

—Una proposición interesante —dijo—. Prosiga. Tolly Mune sonrió.

—Su gata contra su nave —dijo—. Ya he explicado cuál es nuestro problema. Resuélvalo y tendrá de vuelta a Desorden sana y salva. Fracase y nos quedaremos con el Arca.

Tuf levantó un dedo. —En el plan hay un defecto básico. Aunque se me impone una tarea formidable no siento repugnancia ante la idea de aceptar tal desafío, pero sugiero que los premios se encuentran muy desequilibrados. El Arca y Desorden me pertenecen, aunque me haya sido robada la posesión de esta última de un modo legal, si bien nada escrupuloso. Por lo tanto, de ello se desprende que, si gano, lo único que consigo es recuperar la posesión de algo que, al empezar, ya era justamente mío, en tanto que el posible premio de la otra parte es mucho mayor. No me parece equitativo y tengo una contraoferta preparada. Vine a S’uthlam para conseguir ciertas reparaciones y cambios en mi nave. En el caso de que triunfe, quiero que dichos trabajos se lleven a cabo sin coste alguno para mí.

Tolly Mune se llevó el vaso a la boca a fin de conseguir un instante para considerar la oferta de Tuf. El hielo había empezado a derretirse, pero el narco aún conservaba su potente sabor.

—¿Cincuenta millones de unidades base regaladas? Eso es condenadamente excesivo.

—Tal era también mi opinión —dijo Tuf. Tolly sonrió.

—Puede que la gata fuera suya en un principio —dijo—, pero ahora es nuestra. En cuanto a las reparaciones, Tuf, haré una cosa: le daré crédito.

—¿En qué términos y con qué índice de interés? —preguntó Tuf.

—Empezaremos inmediatamente los trabajos —dijo ella, aún sonriendo—. Si gana, cosa que no va a suceder, tendrá a la gata de vuelta y le daremos un préstamo libre de intereses por el coste de la factura. Puede pagarnos con el dinero que vaya ganando ahí fuera.—agitó vagamente la mano señalando al resto del universo—, trabajando en su maldita ingeniería ecológica. Pero tendremos una especie de hipoteca sobre el Arca y si no ha pagado la mitad del dinero en cinco años, o su totalidad en diez, entonces la nave será nuestra.

—La cifra original de cincuenta millones era excesiva —dijo Tuf—, y resulta claro que había sido hinchada con el único y exclusivo propósito de obligarme a la venta de mi nave. Sugiero que nos pongamos de acuerdo en una suma de veinte millones como base para el acuerdo.

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