La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
La joven monja permaneció de pie ante Gybon Maghfeld, con los brazos cruzados sobre el pecho como muestra de resignación.
– Clarice, está tan callada como una niña.
– Señor, debo sufrir como he padecido en el pasado y es lo que haré por el bien de Dios.
– Tu delicadeza es pura hojarasca. -El obispo se rascó la mejilla izquierda con uno de los dedos del guante-. Debemos ponerle grilletes y que no vea sus pies durante siete años. Ha blasfemado.
– Si repetir la palabra de Dios es blasfemar, debo reconocer que lo he hecho. Puede colgarme de los talones, pero es su mundo el que acabará del revés.
– ¿Todavía te queda bilis? ¿Cuáles son los motivos de tus quejas?
– Salvo llorar, ¿qué más se puede hacer en esta vida mortal? Ay, señor obispo, se burla de las desdichas del mundo cuando dice: «Junto a los campos de Babilonia, estábamos sentados y llorando, recordando a Sión». Lo he oído barbotar esa frase desde el pulpito.
– Monja, serás azotada por tu insolencia.
– El Señor ama los castigos. Vive Dios que en mi prisión me presentaré ante El. Dios ya me ha disciplinado con la amorosa vara del castigo, y mi llanto es como un canto agradable para El.
– Clarice, alude a su prisión, pero en los últimos días se ha movido por la ciudad como un ladrón al amparo de la noche.
– Los predicadores de la verdad deben ser prudentes y saber dónde hablan.
– Prostitución de la boca.
– Preste atención, señor obispo, pues se ha quedado sin poder. Y no puede llorar porque se ha vuelto totalmente estéril y libre de pesares. Los pecados viejos, indecentes y burdos de Londres le rodean. Debe ser entregado a Dios.
El obispo se adelantó como si fuera a golpearla, pero Gybon Maghfeld le hizo una señal.
– Clarice, quítese el velo -solicitó el escudero con gran delicadeza-. Muestre su rostro.
La monja acató la petición a regañadientes.
Cuando la hermana se levantó el velo, Gybon Maghfeld vio que tenía el rostro blanco como las almendras, los ojos desorbitados y los labios ligeramente entreabiertos.
– Si se lo propusiera, con el semblante que tiene podría alegrar la vida. Vamos, muéstrese alegre.
– ¿Alegre? -Clarice volvió a ponerse el velo y cruzó los brazos con actitud que, más que de resignación, parecía de desafío-. Se trata de mi muerte. ¿Acaso no debo sentir un gran abatimiento?
El obispo rió a mandíbula batiente.
– ¡Ha lanzado invectivas contra el soberano y ahora dice que está abrumada por los pesares! Hay que ensartarla en el espetón y hacerla girar mientras se asa. Soltará aceite y grasa en lugar de palabras.
– He dicho que el rey debe morir, y así será.
– Clarice, debería contener su lengua -murmuró Gybon.
– Señor, si estoy en silencio mis huesos envejecen.
– Monja, tu idioma es ciertamente extraño. -El obispo volvió a aproximarse un paso, pero la religiosa no se inmutó-. Tus palabras son muy oscuras. Necesitas exposición.
– Le concedo dispositio, expositio y conclusio…
– ¡Así sea! Resulta perverso ver a un escolástico con hábito de monja.
– Conmigo se confunde. Ni todas las palabras del mundo podrán pintarle la imagen de mi alma.
El obispo parecía cada vez más molesto con el testimonio de la monja.
– Algunos dicen que te inspira el Espíritu Santo y otros que recibes la inspiración de los espíritus alcohólicos de la bodega.
– Lo que «algunos dicen» no tiene importancia.
– Eres una chapucera de poca monta, una retorcida y una caprichosa.
El escudero interrumpió la filípica del obispo:
– Clarice, me gustaría decirle algo. Afirma que, tras la muerte del rey, ha tenido la visión de la Santa Iglesia de Dios en penosas ruinas. Ha soliviantado a los ciudadanos. Gran parte de sus afirmaciones son perversas y las consideramos maliciosas. Los que antaño fueron sus amigos se han convertido en sus enemigos. Parecen cazadores que tocan el cuerno que conduce a su muerte.
– No sé por qué lo hacen. ¿Quiénes son los que emplean artes tan sutiles contra mí?
– Los enemigos del buen orden, los que anhelan la condenación de este mundo.
– Así es. Algunos han preguntado si el mundo acabará por fin.
– No te decantas por nada -terció el obispo-. Oyes que algunos dicen esto y otros aquello. Eres el cordero sin mácula nacido para el sacrificio. ¿Esa es tu cantinela? Te pareces a la vieja yegua de mi padre. No te mueves a menos que te azucen. En Inglaterra, nadie vela los ojos como tú.
– Yo abro los ojos. Algunos graban en los árboles y otros en muros de piedra. Yo grabo en los corazones.
– Vamos, monja, demasiados exámenes sutiles y subterfugios. Eres una rama del maligno.
La religiosa permaneció unos instantes en silencio, cabizbaja como si estuviera orando.
– Si consintiera en cumplir su voluntad y abjurar de cuanto he dicho, sin lugar a dudas me volvería digna de la maldición de Dios.
– ¿Hay algún motivo para abjurar? -quiso saber Gybon-. Sólo pedimos silencio y contrición pública.
– ¿Que porte una vela de cera por Cheapside? Es lo mismo que abjurar.
– Monja, te mereces algo más que una vela. Eres digna de que te denigren, te señalen, te mancillen y vuelvan a mancillarte. Gybon, considero que, de momento, nuestra labor está cumplida.
– Señores, han obrado mal conmigo. Mi cuento está inconcluso. Señores, convendrán conmigo en que no todo puede salir como les apetece.
La hermana descruzó los brazos y los extendió con actitud suplicante. Al escudero le pareció que semejaba una estatua rodeada de flores e incienso. Sor Clarice entonó un verso que se había inventado:
Abandonad la razón y creed en la sorpresa,
pues la fe está arriba y la razón bajo la mesa.
El escudero no había dejado de observarla atentamente. Unas veces la monja se comprimía y se reducía al tamaño habitual de los humanos, y otras daba la sensación de que rozaba el cielo con la coronilla; al igual que en el caso de su tía, la voz de Clarice tenía alas.