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Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:

En el año 1399 circulan rumores apocalípticos por un Londres en un momento de terrible agitación. El convento de Santa María y el priorato de los caballeros templarios se comunican por un túnel subterráneo, el mismo en el que sor Clarisa vino al mundo. La joven novicia se ha convertido en centro de polémica por sus vaticinios, siendo considerada por unos una santa y por otros una simple loca. Una serie de acontecimientos extraños unidos a un cadáver, contribuirán a aumentar la inquietud de los habitantes de Londres y la secta de Dominus empieza a ir de boca en boca.
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
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La vaca un ternero ha robado

y en su saco lo ha guardado.

En verdad, dulces hoy no vendo.

Maeses, ¿qué está faltando?

El sol descendía lentamente ese último día de agosto, y arrojaba las sombras largas de la cruz sobre los guijarros.

¿Cuántas millas hay hasta Babilonia?

Ocho, ocho y ocho más.

¿Puedo llegar a la luz de las velas?

Por Dios que sí, si tu caballo vuela.

La voces de los niños se elevaron en el aire y viajaron por las esferas rumbo a los astros fijos, con lo cual la brillantez se fundió con el brillo.

Entonces estalló la conmoción. El sonido de los cascos de los caballos ahogó sus cánticos en medio de los gritos de «¡Deprisa!» y «¡Rápido!». Dos heraldos subieron los escalones inferiores de Cheapside Cross y gritaron «¡Oíd! ¡Oíd! ¡Oíd!» hasta que la gente se congregó. El alguacil de Londres subió al peldaño más alto, desde el cual se realizaban las proclamas de la ciudad, y declaró que esta notificación procedía del obispo de Londres, el alcalde, los segundos alguaciles, los concejales, los restantes lores y caballeros espirituales y los comunes de la ciudad de Londres.

– Porque una completa y lastimosa malicia, una transgresión y las conjeturas malévolas han sido causadas y realizadas por la monja de Clerkenwell conocida como Clarice, para grande y perpetua confusión y reprobación de la mentada malhechora, y gran villanía y vergüenza de cuantos la preservan en su mencionada malicia… Por todos esos motivos, la monja merece correctivos y castigos severos y perversos.

Sor Clarice había sido detenida por los agentes de la Guildhall y enviada a la prisión del obispado de Londres; la acusaron de propagar comentarios vejatorios contra el rey y de incitar a los londinenses a levantarse contra los señores espirituales de la ciudad.

Corrían tiempos peligrosos e inciertos. Enrique Bolingbroke se había detenido con su ejército en Acton, a sólo medio día de distancia, y el monarca estaba estrechamente vigilado. La mayor parte de la gente creía que la siguiente morada de Ricardo sería la Torre de Londres. En realidad, los concejales no estaban muy preocupados por las profecías de la monja con relación al destino del soberano; pocos días antes, un grupo de ciudadanos se había desplazado a Saint Albans a fin de rendir obediencia a Enrique Bolingbroke. Lo que sí temían enormemente era la capacidad de la religiosa de desatar disturbios populares y generar descontento en pleno período de inestabilidad general.

La víspera del anuncio de su encarcelamiento, Clarice se dirigió a los ciudadanos y a sus esposas desde el emplazamiento de la Piedra de Londres:

– Soy realmente pobre -declaró-. Cuando duermo tengo horribles visiones. Parezco un ser mortífero y cada día mi cuerpo se acerca a la tierra como un niño a su madre, pero he de vivir para advertiros. Dicen que ésta es una ciudad justa, pero entre las hierbas buenas se arrastran víboras, babosas y otros gusanos ponzoñosos. Entre vosotros hay guaridas llenas de gusanos. Sabed que guardo tan poco para mí que me he convertido en un dedo de la diestra de Dios, que os señala el camino. Por lo tanto, coged armas y escudos y soliviantaos para ayudarme.

Dada la sintaxis en ocasiones confusa, no era fácil deducir quién o qué debía ser atacado con armas y escudos. De todos modos, el alcalde y los segundos alguaciles consideraron que se trataba de un llamamiento a la rebelión general…, contra la ciudad, contra la Iglesia o contra ambas a partes iguales. Por eso, a la mañana siguiente, la detuvieron y la trasladaron custodiada a la prisión obispal en Paul's Bars.

* * *

En el momento en que el alguacil llevaba a cabo la proclama junto a la Gran Cruz de Cheapside, sor Clarice era interrogada en la sala principal de la torre del homenaje del palacio obispal; las celdas se encontraban justamente debajo. Sus interrogadores eran el obispo en persona y el escudero Gybon Maghfeld, que estaba presente en virtud de su condición de juez del distrito de Middlesex, en el que consideraban que se encontraba Clerkenwell, además de un miembro del cuerpo legislativo del mismo sector. Maghfeld estaba muy interesado en mantener el orden a toda costa.

La monja permanecía descalza sobre las losas. El obispo tomó la palabra:

– Ante todo debo preguntarte si llevas encima una piedra o hierba de virtudes, un dije o cualquier otro hechizo.

– Mi señor arzobispo, no soy nigromante ni charlatana.

Gybon intervino y clavó la mirada en la pared, justo por encima de la cabeza de Clarice:

– Pues se dice que celebra conferencias nocturnas con los espíritus.

– Por lo cual una pobre mujer que repite la palabra de Dios ha de ser condenada por hechicera.

– Querrá decir una mujer fastidiosa que desata mucha gresca entre las gentes corrientes.

– Aconsejarles que confiesen sus pecados y que pidan perdón por el día de la perdición, que se acerca a pasos agigantados, ¿es causar gresca?

– ¿De qué perdición hablas? -El obispo se puso los guantes de cabritilla de color blanco e hizo el reconocimiento ritual de su papel de disputator-. Niña, no estás en tus cabales.

– Señor obispo, le diré una cosa. Quite la roña de sus ovejas, ya que existe el peligro de que infecten a otras.

– ¿Osas arrojarme palabras?

– Ha llegado la hora de los lanzamientos.

El obispo escupió en el suelo frío.

– Hermana, veo que tu herida es pustulenta.

– En ese caso, mis palabras son dignas de un cuerpo enfermo.

Gybon Maghfeld observaba atentamente a la monja. ¿Estaba inspirada o simplemente fingía? En el segundo caso, ¿con qué propósito? ¿Estaba realmente poseída por las manifestaciones proféticas o se trataba de un juego navideño para niños? Parecía impensable que una religiosa joven hiciera frente al obispo de Londres sin tener un mínimo de fuerza interior, aunque resultaba imposible saber si era maligna o benigna. El escudero estaba interesado en la monja por otro motivo. Su tía Amicia había reivindicado poderes proféticos durante el reinado de Eduardo III. Había vestido la túnica blanca con capucha negra y cada semana se ponía zapatos nuevos; se hacía llamar «la mujer vestida con la estrella del mar» y, en concreto, había presagiado la derrota de los franceses en Poitiers y, cuatro años después, el dominio inglés de Aquitania. Al principio, la familia se había incomodado e incluso horrorizado por su afirmación de estar tocada por la gracia divina, hasta que el rey en persona la felicitó por su fervor hacia la causa nacional. Su hermano, el padre de Gybon, la llevó a su casa de Hosier Lane, en la que, contra todas las leyes y las ordenanzas de la Iglesia, predicó ante las mujeres del barrio. Había dicho: «Todos avanzamos hacia la luz, por mucho que no sepamos de qué se trata.» Su comportamiento se tornó más errático si cabe. Entraba y salía de sopetón, pintaba y se arrancaba la piel de la cara; los viernes y los domingos sólo comía hierba y bebía únicamente agua de arroyo; la trasladaron por las calles en un carro de estiércol, desde el cual gritaba que las heridas de sus pecados habían corrompido su vientre. Al final, dictaminaron que había caído en la demencia y la encerraron en el hospital de Bethlem, donde murió a causa de un tumor interno.

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