La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
– Ya está bien.
– Maese erudito, es mejor quedarse sin comer que sin aprender.
– He dicho que ya está bien. ¿Está al tanto de alguna novedad que todavía no se sepa de memoria?
El médico se inclinó sobre la mesa.
– Sólo sé que se disponen a encararse con la monja.
– ¿Por qué?
– Porque ha lanzado profecías contra el rey.
– Thomas, a estas alturas todos lanzan profecías contra él. La monja no está muy errada si teme su final.
– No le quepa la menor duda de que la ciudad le plantará cara. Los ciudadanos quieren que la monja permanezca en silencio hasta saber qué acontecerá. Están a favor de Enrique, siempre y cuando quiera ascender al trono. Se pondrán de parte del ganador. Emnot, debo decirle que tengo más noticias. -El médico se acercó y saboreó el aroma del aliento del erudito-. ¿Puedo hablar con confianza?
– Claro que puede.
– ¿Conoce las cinco heridas?
– ¿De nuestro Salvador?
– No, de nuestra ciudad.
Había empezado a llover y Emnot Hallyng posó la mirada en la puerta abierta; la lluvia cortaba oblicuamente la visión de un caballo y un carro que esperaban tranquilamente a la vera del camino.
– Sospecho que se desatará un incendio desaforado en Saint Michael le Querne -declaró Gunter-. Y más adelante en Saint Giles in the Fields.
Emnot fingió atragantarse con un trozo de queso de Sussex, lo que le permitió llevarse la servilleta a la cara. ¿Cómo se había enterado Gunter de los planes de los predestinados? No formaba parte de la asamblea y, por lo que Emnot Hallyng sabía, tampoco conocía a otros miembros.
¿Era posible que alguna de las artes negras le hubiese concedido la capacidad de atisbar en los lugares de reunión de Paternóster Row?
– ¿Cómo sabe todo eso? ¿Cómo se ha enterado?
– Un pobre alguacil me habló de la flecha que apuntaba al corazón de la ciudad. Se refirió a hombres secretos y a caminos ocultos. También supe otras cosas por boca de un personaje mucho más destacado.
– ¿De quién habla?
Gunter paseó la mirada por los que comían en la coquina y se aseguró de que nadie los oía.
– Emnot, en la vida debe enterarse nadie de lo que estoy a punto de declarar.
Informó al erudito sobre su cena con Miles Vavasour y las notas garabateadas en el reverso de un documento legal, notas que había leído; también describió el encuentro clandestino de los notables de Londres en la torre redonda.
Emnot Hallyng no tuvo necesidad de simular sorpresa. Se sintió alarmado y horrorizado por lo que Gunter acababa de contarle. ¿Existía manera de vincular las reuniones del concejal, el segundo alguacil, el caballero y el magistrado con las actividades de los predestinados? Miles Vavasour no formaba parte de los sabedores de antemano y, sin embargo, había apuntado algo sobre el incendio que no tardaría en producirse en el templo de Bladder Street. ¿Era posible que un hombre de leyes tan elevado tuviera conocimiento previo de un gran delito, es decir, de felonía y sacrilegio, y no intentase impedirlo? Thomas Gunter había aludido a bandas secretas y cómplices ocultos, pero no sabía nada de los predestinados. El médico sólo estaba al tanto de que los guardianes de la ciudad se reunían en cónclave privado al abrigo de la noche y la oscuridad. Emnot repitió la pregunta para sus adentros: ¿cómo se había enterado alguien que no pertenecía a los predestinados de los preparativos de Exmewe? Emnot Hallyng tuvo la sensación de que se encontraba en un laberinto, en el que acechaba un gran peligro. Creía que tanto él como sus compañeros eran libres en todos los aspectos, y que portaban en su seno las simientes de la vida divina, pero esa visión adquirió las oscuras vestiduras de la desconfianza y el temor humanos.
La comida tocó a su fin. El erudito y el médico cogieron semillas de cardamomo de un cuenco y se endulzaron el aliento. Luego caminaron hasta las caballerizas de casa Roger. Al protegerse de la lluvia con la capa, Gunter comentó:
– Temo que la ignorancia, que es la madre del error, haya cegado y engañado a determinadas personas.
– Maese Gunter, al parecer es así. Que Dios cuide de usted.
– Emnot Hallyng, a Dios lo encomiendo. Cabalgue presto en medio de la lluvia y el viento.
Roger de Ware permanecía de pie en la puerta de la coquina y musitaba «Que Dios le conceda un buen día» o «Vaya con Dios» a cada cliente que se retiraba.
– Roger, la comida estuvo muy bien.
– Señor, por Dios que en esta casa es bien recibido.
Hanekyn Fytheler había bebido demasiado y Roger lo ayudó a cruzar el empedrado para reunirse con su caballo.
El cocinero no tardó en regresar a la casa de comidas y se limpió las manos.
– ¡Que Dios salve a esta buena compañía y sus pedos! ¡Que Dios le dé buenas cagarrutas! -Se dedicó a inspeccionar el local-. ¿Quién es el que ha arrojado huesos bajo la mesa? Walter, ¿quién ocupó esta mesa?
– Cuatro capuchas de terciopelo del gremio de Swithin estuvieron aquí.
– Si los hombres son necios, cuatro es una multitud. Walter, ¿les eructaste en la cara? ¿Te sonaste la nariz en sus servilletas? ¿Limpiaste tus dientes putrefactos en sus morros?
– No, señor.
– ¡Qué pena! -Los criados de mesa introdujeron los mendrugos de pan seco y las sobras en los cuencos de las limosnas-. ¿Os habéis fijado en el señor Rochford? Las calzas eran tan apretadas que distinguí claramente su horrible miembro. Parece una hernia dilatada. Estuve a punto de desmayarme.
– En su trasero resonaron todos los cañones -acotó Walter-. Produjo un hedor insoportable en esa zona de la casa.
– Walter, vivimos en un mundo terrible. Aquí han quedado algunas lenguas de buey. Llévatelas para cenar. Y límpiate la chaqueta, tiene manchas de grasa. -Se detuvo y se agachó en un rincón-. ¡Por Dios, alguien ha meado aquí! Ve a buscar un cubo. ¡Que la maldición de Dios caiga sobre él!
Walter rompió a reír y salió silbando Dóblame esta carga.
Roger suspiró y sacó del bolsillo de la chaqueta la cajita adornada con piedras preciosas. Según Henry Huttescrane, procedía de África, donde los hombres moran en los árboles y comen la carne de grandes gusanos blancos, las mujeres tienen cabeza de sabueso y todas las personas presentan ocho dedos en cada pie. Ciertamente se trataba de un mundo de prodigios.
Capítulo XVII
Algunos niños cantaban al pie de la cruz de Cheapside; vivían en las calles cercanas y por acuerdo tácito se reunían allí a última hora de la tarde, para jugar a la peonza y a las tabas. Celebraban contiendas de tiro de cuerda y se llevaban a hombros. Varios se cubrían la cara con la capucha para participar en «adivino quién me pilla». Otros llevaban sus caballos de juguete o las figurillas de plomo de los caballeros de armadura. Formaban un círculo, se cogían de la mano y entonaban los versos sempiternos: