La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
Cerraron el trato y acompañaron a la niña a la cámara donde esperaba Miles; llevaba un vestido azul ribeteado en piel y nada más.
– Bueno, chica -dijo el abogado-, no corresponde a tu condición llevar pieles tan finas.
– Señor, la señora Alice ha sido buena conmigo.
La comadre de Bath había estado escuchando desde la puerta y, en ese momento, vela en mano, bajó silenciosamente la escalera. Vio a Thomas Gunter apoyado en un pequeño reclinatorio situado junto a la entrada; el doctor en medicina estudiaba los grutescos tallados en la madera. Alice lo conocía muy bien.
– ¿Es usted, galeno? Cadáver de pájaro, esta noche no lo necesitamos.
– Señora, al menos no soy una lechuza.
Se divertían con el combate de insultos, en el que ninguno se alzaba con la victoria.
– Nulidad, ¿cómo está?
La procuratrix poseía un gran acopio de palabras para referirse al tamaño más que discreto del médico (protuberancia, pulga, ínfimo, escueto) y jamás se privaba de emplearlas.
– Bien, a Dios gracias. -Thomas Gunter dirigió la mirada a lo alto de la escalera-. ¿Cómo está Miles?
– Muérdase la lengua y diga lo más hermoso. -Se trataba de un antiguo proverbio-. Y deje que su vecino permanezca en reposo.
– Alice, no soy un correveidile. No mencionaré un solo nombre. Sir Miles está bajo mis cuidados y le tengo un gran aprecio…
– ¿Habla en serio? Está bien, no se preocupe por nada. Ese herrero es de lo mejor que puede encontrarse. ¿Oye cómo golpea con el martillo? -La señora Alice rió-. Tiene una cachorra, un coño joven.
– ¿Está con una doncella?
– Con Rose le Pilcherer. Es de esta parroquia.
– Doy fe de que es demasiado joven para figurar en el libro de los enfermos con pústulas.
– Pero no lo es para que la agiten y la sacudan. Tiene once años. La encontré en la barbería. Barría el pelo cortado.
– Y la acechó como una grulla.
– Hablé con ella y me siguió. Quiere monedas.
– Es insensato querer algo que no es honesto.
– ¡Vaya, vaya! Ya está bien, maese Gunter. Lo insensato es no cesar de dar lecciones y no aprender nunca. Hay niñas que se dejan llevar detrás de un seto a cambio de dos peniques o de una gavilla de trigo. La bolsa de Rose se llenará de chelines. ¿Me considerarán culpable de realizar buenas obras? Recoja sus bártulos y lárguese.
Algunos decían que la comadre de Bath era tan dura como Londres e igualmente alegre. Despotricar contra ella era lo mismo que hacerlo contra la ciudad. Por eso Gunter se despidió de la señora Alice con el beso de la paz. Pero no fue correspondido.
Capítulo XVI
La coquina de Nuncheon Street era la más grande de Londres; la estancia principal albergaba a un centenar de personas y había varias habitaciones o «ranchos» en los que una cantidad más reducida de comensales podía sentarse. La conocían como «casa Roger» por Roger de Ware, el cocinero que era su propietario y que todavía supervisaba la preparación de los platos. Era un hombre delgado, de barba pequeña y perfectamente recortada, que se ponía el gorro blanco, con forma de pastel, símbolo de su oficio.
– ¡Todo debe estar fregado a fondo! -exclamó mientras deambulaba por la gran cocina, contigua a la sala principal- ¡A fondo! ¡A fondo! ¡A fondo! Walter, ¿me has oído? -se acercó a un joven criado-. Muéstrame las manos. ¿Has tocado mierda? ¡Ve a lavarte! John, hay que aclarar esta espumadera. ¿Te has fijado que aún tiene restos? No está bien. ¡No está bien!
Había dos chimeneas en sendos extremos de la cocina, un fuego para pescado y otro para carne, por lo que el calor combinado de las llamas era tan intenso que la mayoría de los trabajadores se habían quitado la camisa y trabajaban en ropa interior. El olor del sudor humano se mezclaba con los demás. Roger caminó entre ellos con su chaqueta ricamente recamada y las calzas sujetas a ella mediante aldabillas a las que también llamaban «rameras»; calzaba zapatos largos, puntiagudos, con la puntera elegantemente curvada y conocidos como «cracovianos». El gorro con forma de pastel lo convertía en lo que gustaba en llamar «una mescolanza variada».
– ¡En el fondo de esta cacerola hay grasa blanca! ¿Tengo que fregar hasta el último trasto con mis propias manos? -Echó un vistazo a los cacharros, los ganchos de colgar carne, las cucharas, las manos de mortero, las fuentes y los calderos colgados junto a las paredes enyesadas-. Simkin, ¿has enviado a alguien a la especiería? -Le encantaba gritar por encima de la bulla general-. ¡Aquí queda tanto azafrán como el que se esconde en el culo de una monja! -Simkin era uno de los tres cocineros que se encargaban de las carnes; se trataba de un ser poco agraciado, de quien sus compañeros decían que era capaz de cortar la leche con un mero eructo. Lardeaba alondras y pichones en una fuente ovalada, y no hizo el menor caso de Roger-. Simkin, Dios no permita que me oigas. -Roger pasó los dedos por el borde de un cuenco de madera con grasa de cerdo-. Dicen que los malos modales son como un hombre feo. Simkin, ¿estás de acuerdo?
Simkin le observó fugazmente.
– Maese Roger, tengo demasiado entre manos como para salir corriendo a buscar azafrán como si fuese una canastera.
– ¡Olalá! La canastera tiene lengua para responder.
Los que trabajaban a sus órdenes llamaban a Roger «señora Durden» o «Vieja Trotona»; poseía la misma lengua afilada y el mismo humor obsceno de las comadres de los entremeses. También se parecía a ellas por sus facciones tensas y sus pasos exageradamente cortos.
En una larga mesa había faisanes, ocas, aves salvajes, verraco, beicon y callos; distintas carnes giraban en el espetón, en compañía de una cabeza de jabalí y una pieza de venado. En una zona de la chimenea, se encontraba un gran caldero y sus tres patas estaban firmemente apoyadas entre las brasas. Un viejo retiraba trozos de carne con un gancho, tal como había hecho desde hacía treinta años; trabajaba en esa cocina mucho antes de la llegada de Roger. Hacía más de un siglo que en ese emplazamiento existía una casa de comidas, lo que demuestra, como mínimo, las arraigadas costumbres de la población londinense.
Las tensas vaharadas de olores, de carne sobre carne, se mezclaban con los aromas más intensos del lucio y la tenca; el aroma añejo de la anguila se confundía con el penetrante de la carne de cerdo, la presteza del arenque con la lentitud del buey. Eran el punto y contrapunto tomados de un cancionero de olores. La cocina semejaba una pequeña ciudad de aromas. Nadie que pasase por la casa de comidas sin percibir los distintos aromas sería capaz de distinguir entre el sabor de las chirlas y la perca, de los puerros y las judías, de los higos verdes y la col. El olor de los alimentos cocinados, ya fuera pescado o carne, impregnaba las piedras del barrio; la zona recibía la visita de perros de todas las clases imaginables, que en ocasiones morían por los flechazos o los hondazos de los aprendices, que los arrojaban a la zanja del final de la calle. El nombre mismo de la vía significa comida o colación que se toma por la tarde.