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Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:

En el año 1399 circulan rumores apocalípticos por un Londres en un momento de terrible agitación. El convento de Santa María y el priorato de los caballeros templarios se comunican por un túnel subterráneo, el mismo en el que sor Clarisa vino al mundo. La joven novicia se ha convertido en centro de polémica por sus vaticinios, siendo considerada por unos una santa y por otros una simple loca. Una serie de acontecimientos extraños unidos a un cadáver, contribuirán a aumentar la inquietud de los habitantes de Londres y la secta de Dominus empieza a ir de boca en boca.
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
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– ¡Ese es el hombre que empezó a construir y no pudo acabar! -Roger vigilaba a uno de los cocineros que, sin el menor éxito, intentaba mezclar hígado de cerdo picado, leche, huevos duros y jengibre-. Dios envía buena comida al hombre…, y el diablo a un mal cocinero que la destruye. Myttok, ¿estoy equivocado?

En lugar de apartar la mirada de la tabla de picar, el joven cocinero hundió un poco más el cuchillo en el jengibre.

– Maese Roger, estos hígados están tan duros que sirven para jugar a la pelota. ¿Cuándo estuvo por última vez en el mercado?

– Está claro que la culpa es mía. Perdóname, María, porque he pecado.

El calor y el ruido de la cocina siempre condicionaba el tono de sus palabras; cualquiera que los oyese desde la calle se imaginaría que sostenían disputas violentas e incesantes.

– Ya lo ve, maese, las buenas palabras sólo engordan su cabeza.

– Hijo de puta, tú lo sabes mejor que nadie. Tienes el trasero del tamaño de dos barricas.

Walter, el trabajador más humilde de la cocina, corrió por el pasillo y se llevó la mano a la boca para imitar el sonido de un cuerno de caza.

– ¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí!

Los primeros clientes del mediodía acababan de llegar y se habían quitado las gorras. Walter ya había puesto las mesas. Los sitios estaban preparados con tajadero, servilleta y cuchara de madera; cada uno tenía su hogaza de pan y su vaso, así como un cuenco con sal por cada par de comensales. En cada mesa había un pequeño farol de hierro con los laterales de cuerno, que sólo encendían los días oscuros, ya que la coquina propiamente dicha era bastante luminosa. Las paredes estaban enyesadas y adornadas con escenas de caza y cetrería; de las bocas de los cazadores salían palabras como «¡sa cy avaunt!», «¡adelante!» y «¡cuidado, cuidado!». El suelo de arcilla roja estaba cubierto de juncos frescos.

Cuando entró en la estancia para saludar a los recién llegados, Roger se vio rodeado por expresiones amistosas y habituales de saludo: «¿Cómo está?», «¿Qué tal le va?», «¿Cómo se encuentra?» o «Que Dios le dé un buen día». Esas frases era una suerte de renovación perpetua, por lo que cada día se reunía con los demás en la fila de la armonía. Roger cogió las capas y mantos de sus clientes, saludó con una inclinación de cabeza a los desconocidos y se dirigió a los conocidos llamándolos «don Entrañas Hondas», «don Lameplatos» o «don Glotón». Cuando las campanas de Saint Denis dieron las doce, la casa de comidas se pobló con las peticiones de carne guisada con clavos de olor y almendras fritas, mejillones con caldo de lucio, orejas de cerdo guisadas con vino, perdices asadas con jengibre, anguilas fritas y caramelizadas y caballa con salsa de menta. En la cocina, los cocineros preparaban platos con frutas y verduras hervidas o estofadas; consideraban insalubre ingerir alimentos crudos. Los clientes comían con sus propios cuchillos en platos de peltre y bebían en vasos de cuero, madera u hojalata. En cada mesa había un vaciador de restos y mendrugos, que Roger repartía entre los mendigos que aguardaban en la puerta.

La charla era estentórea, soez y animada. ¿Alguien tenía novedades sobre el rey? Los ocupantes de las mesas compartieron muchos rumores e informes falsos, así como lamentos sobre el tiempo. Sólo se sabía con certeza que Enrique Bolingbroke, con Ricardo II tomado prisionero, acababa de llegar a Dunstable. Desde la torre del reloj había anunciado a la multitud que llegaría a Londres el primer día del nuevo mes. El primero de septiembre era la festividad de los Doce Mártires, y los clientes de la coquina de Roger se refirieron a un decimotercero. Enrique ambicionaba el trono al precio que fuera.

– El cambio de estación puede ponernos tristes y enfermos -comentó Hanekyn Fytheler con Hugyn Richokson.

– Pido a Dios que nos envíe un mundo alegre -respondió Hugyn.

– Yo no digo lo contrario. ¿Cómo está tu hermana?

– Bien. Nunca la he visto mejor.

En la mesa contigua Roger de Ware en persona estudiaba una caja adornada con piedras preciosas que le había dado Henry Huttescrane.

– ¿Cuánto vale?

– Roger, se la dejo barata.

– Esto me huele mal.

– No, le aseguro que no. Viene de África.

El médico, Thomas Gunter, comía con Emnot Hallyng, el erudito; ambos formaban parte de la Antigua Orden de Hombres a los que les Gusta Acariciar a los Gatos. Es posible que el título tuviera connotaciones literales, aunque «acariciar a un gato» también significa abordar un problema o acertijo con actitud serena y amistosa. La velada anterior habían analizado la siguiente cuestión: «Si Adán no hubiera conocido a Eva, ¿la humanidad entera sería masculina?». En el transcurso del debate, Gunter había invitado a comer a Hallyng. No sabía que el erudito era uno de los predestinados y disfrutaba de su compañía tanto como de su conversación sobre temas abstrusos. A decir verdad, le había referido a Gunter el encuentro de su primo con algunos presuntos espíritus en Camomile Street, a lo que el médico había respondido si era posible que las formas, corpóreas o incorpóreas, fueran evocadas por poderes que no eran la tierra, el agua, el fuego, el aire o un ser hecho a partir de esos elementos. Recordó las palabras del monje Gervase de Winchester ante su muerte repentina, que preguntó: «¿Quién llama?». Había muchos metidos hasta las cejas en ciencias ocultas, que tramaban conjuros y pronunciaban hechizos nocturnos.

– Ya está bien, maese erudito. Existen tantos pasos y disimulos sutiles que no diré nada más. ¿Qué le parece este queso?

– Demasiado seco -respondió Emnot-. Me gusta el queso de Essex y éste es de Sussex.

– Pues no coma más. El queso seco paraliza el hígado y engendra piedras. Si reposa lo suficiente, produce un aliento apestoso y pone piel de escorbuto.

– Pero tengo hambre.

– Tome entonces un poco de mantequilla. Ya conoce el dicho: «Por la mañana la mantequilla es oro, por la tarde plata y por la noche como el plomo mata». Cate un poco de plata.

– Thomas Gunter, está claro que jamás renuncia a su oficio. Acabará en la hoguera.

– Lo digo por su bien. La mantequilla es muy adecuada para los niños mientras crecen y para los viejos cuando empiezan a declinar. Usted está a mitad de camino. Si come mantequilla al principio y al final, vivirá y superará los cien años. ¿Nunca ha oído ese verso?

– Me han dicho que un buen cocinero es medio médico y ése parece ser su tema.

– Y un buen médico es medio cocinero. Yo cocino esencias y propiedades. Del mismo modo que nadie come verduras de la noche anterior, nadie confía en una mixtura que no esté recién preparada. Sin ir más lejos, el otro día…

– Matasanos, cierre el pico. -Emnot lo dijo cordialmente, ya que era la libertad que concedía la coquina-. Su condenado discurso me provoca dolor de oídos.

– Tengo una pomada excelente para el dolor de oídos.

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