Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Prisionero Enmascarado - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 103
Перейти на страницу:

— ¡Tierna cordera, dulce e inocente! De modo que únicamente habéis actuado por pura caridad… porque, por supuesto, ignorabais que ese aventurero pretendía pasar por el primogénito del difunto mariscal de Fontsomme, esos Fontsomme cuya corona ducal habéis soñado siempre ceñir…

— En verdad, ignoro de lo que estáis hablando.

— De modo -prosiguió Beaufort- que no dudasteis en ayudar a vuestro protegido a raptar al joven duque. Sólo que los raptores cometieron el error de alardear de su amistad con Monsieur Colbert, una pretensión que éste niega de manera categórica.

Esta vez, Madame de La Bazinière soltó una carcajada en la que un oído fino habría percibido un ligero temblor.

— ¡Claro que lo niega, porque el pobre hombre no tiene nada que ver en este asunto, igual que yo misma! Por lo demás, la mentira es bastante burda y se desmonta con facilidad: han sido los amigos de Monsieur Fouquet los que han raptado al niño, proclamándose del partido de Colbert para desacreditarlo.

— ¿Los amigos de Fouquet raptaron al hijo de una de los suyos? ¡Qué verosímil!

— Precisamente eso prueba una gran habilidad para colocar a Colbert en apuros.

— Admito que vos seríais capaz de una cosa así. Sin embargo, Monsieur Colbert no tiene la menor duda al respecto: se atiene al hecho de que vos le recomendasteis a Saint-Rémy, y que fue él, es decir vos, quien raptó al joven duque de Fontsomme. De modo, madame, que os recomiendo que lo devolváis a los suyos en las próximas horas… y en buen estado de salud si queréis evitar serios problemas. ¡Servidor!

Beaufort giraba ya los talones para salir, pero ella lo retuvo con un grito:

— ¡Deteneos!

Él la miró de arriba abajo con desprecio.

— ¿Tenéis algo más que decir?

— Sí. Me pregunto lo que pensaría el rey, que tanto se inclina del lado de la querida duquesa, si supiera que el joven duque, como le llamáis, no tiene ningún derecho al nombre, y menos aún al título.

— Continuad.

— Comprendería de inmediato por qué razón os habéis convertido en el campeón de vuestra protegida.

— Maté al padre de ese niño en duelo: ¡se lo debo!

— No matasteis a su padre, porque su padre sois vos…

— ¡Otro de esos chismes que tanto os gusta difundir! Verdaderamente, sois una criatura infame.

— Quizá, pero si no queréis que el rey sepa la verdad, os aconsejo que me dejéis fuera de este asunto y busquéis a vuestro Saint-Rémy en un lugar distinto de mi casa.

Entonces Beaufort perdió su sangre fría. Desenvainó la espada con un gesto fulgurante, y colocó su punta en la base de la garganta de La Bazinière:

— ¡Decidme dónde está el niño o, si no, os mato!

Lívida, con las aletas de la nariz encogidas y los labios pálidos, aún intentó bravuconear.

— ¡No mataréis a una mujer!

— No sois una mujer, sois un monstruo. Vamos, espero… pero no más de cinco segundos. Uno… dos…

En ese instante se abrió la puerta y apareció un criado que tal vez había llamado, pero al que ninguno de los dos adversarios había oído. Tenía un papel en la mano. Con la misma rapidez con que había desenvainado, François bajó su acero al tiempo que la mujer se dejaba caer en un sofá con un hondo suspiro. El hombre saludó a Beaufort como si no hubiera visto aquella extraña escena.

— El escudero de monseñor me ha pedido que le entregue esta nota con la mayor urgencia.

Beaufort desplegó el papel y frunció el entrecejo al ver escrita una sola palabra: «¡Venid!», pero no tuvo tiempo de preguntar lo que significaba. Detrás del primer lacayo entraron tres más, armados con garrotes. Era evidente que esas gentes habían escuchado detrás de la puerta y venían a socorrer a su ama, que por su parte se reponía ya del susto.

— ¡Quietos, mis valientes! -dijo con una sonrisa aún temblorosa-. Monseñor ha sufrido un acceso de fiebre, pero ya ha pasado y se retira…

François tomó su sombrero, se lo encasquetó y se lanzó contra los criados, a los que hizo apartarse de la puerta con un molinete mortífero. En el umbral, se dio la vuelta.

— Veremos lo que piensa el rey -dijo-. Mientras tanto, sabed esto: el niño debe ser devuelto a su madre o a mí mismo mañana por la mañana. Si no es así los hombres del rey registrarán esta casa.

Madame de La Bazinière encogió sus bellos hombros y devolvió a Beaufort desprecio por desprecio.

— Si eso les divierte…

Él le dejó la última palabra. Al pie de la escalera encontró a Ganseville, que miraba inquieto hacia arriba y parecía dispuesto a intervenir.

— ¡Diría que están pasando cosas raras aquí! -gruñó después de enfundar de nuevo su espada desenvainada a medias-. Acabo de ver un movimiento de criados sospechoso.

— Lo era, pero por el momento nos vamos…

Mientras recuperaban sus caballos bajo la mirada inexpresiva de un portero aparentemente convertido en piedra, Ganseville susurró a su amo:

— Damos la vuelta a la manzana y volvemos…

Ya en la Rue Beautreillis, se explicó:

— Poco después de vuestra entrada, una dama joven y muy bonita, a fe mía, bajó la escalera a cuyo pie me encontraba yo. Hizo gesto de tropezar en un escalón y se agarró a mí para no caer…

— ¡Qué momento más agradable! -comentó Beaufort-. Tienes razón, es preciosa.

— Oh, creo que se interesa más por vos. Mientras la sostenía, me dijo en voz baja: «Decid a vuestro amo que venga a verme. La casa de enfrente. Es importante.»- ¡Vaya! Podría serlo, en efecto: esa dama es la hija del teniente civil. Se llama… ¡espera! Es la marquesa de… de…

— De Brinvilliers -completó Ganseville, impertérrito-. Se lo pregunté a uno de los perros de presa de la Chémerault. Era muy natural, dada la belleza de la dama. No tuvo ningún inconveniente en informarme, con una carcajada grosera de regalo.

Para no llamar la atención de los criados de Madame de La Bazinière, Beaufort decidió volver solo y a pie a la Rue Neuve-Saint-Paul. Dejaron los caballos en una posada próxima al convento de la Visitation-Sainte-Marie,y luego el duque se dirigió al hôtel Dreux d'Aubray mientras su escudero se emboscaba en el entrante de un portal desde donde podía vigilar fácilmente el de La Bazinière.

Beaufort no se vio obligado a dar el nombre al portero que le abrió. Al parecer la encantadora marquesa no dudaba ni por un instante de que acudiría a su invitación, y le había descrito con la precisión suficiente para que el buen hombre le condujera sin una palabra hasta el vestíbulo, donde le esperaba un lacayo.

La casa estaba curiosamente poco iluminada y parecía desierta, o casi. No se oía ruido, y el visitante se sintió tranquilizado por ello: por un momento se había preguntado qué diría si se encontrara de repente cara a cara con el teniente civil, por más que éste no se pareciera en nada a su predecesor, el difunto Laffemas, ni en la peligrosa inteligencia de este último, ni en su crueldad ni en su astucia: era un funcionario que llevaba a cabo su tarea sin la menor originalidad y con bastante poca eficacia. Pero no aparecieron ni él ni el marido de la dama, que debía de estar en el ejército. Después de recorrer una galería acristalada, Beaufort entró en un pequeño gabinete muy femenino, tapizado en seda azul y con candelabros de cristal, donde le esperaba la dueña de la casa vestida con una bata abundantemente provista de encajes y tan ampliamente escotada que él se preguntó si no se trataba, después de todo, de una vulgar trampa galante. Tanto más cuanto que, después de reflexionar, no veía muy bien qué podía querer decirle aquella dama. Su decepción no duró mucho. Después de dedicarle una cortés reverencia, la dama le invitó a sentarse.

— Imagino, monseñor, que debéis de estar tan sorprendido por mi invitación como lo estaba mi querida Madame de La Bazinière por vuestra visita de hace un rato. Pero me ha parecido entender, por vuestra actitud, que no se trataba de una visita amistosa…

1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 103
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)