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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– Así es. Y, a juzgar por el sabor del licor, no estoy seguro de ser capaz de repetirlo. -Sonrió y sus dientes brillaron a la luz de la luna-. De hecho, fue sólo el primer sorbo lo que dolió. Después de eso, mis entrañas dejaron de sentir.

– Y mientras tomaba usted ese whisky, él mencionó por casualidad que éste es mi rincón favorito del jardín.

– De hecho, fue mientras ejercitábamos a los caballos ese primer día. Le pedí que me describiera su rincón favorito del jardín. Me dijo que era un lugar al que usted llamaba La Sonrisa del Ángel y que era una réplica del rincón favorito que su madre tenía en su propio jardín.

Catherine asintió, ligeramente perpleja.

– Le pedí a Fritzborne que plantara los setos y me encargué personalmente de las flores: básicamente rosas, ásteres, delfiniums y lirios, las favoritas de mi madre. -Miró a su alrededor, sintiéndose imbuida de la paz que aquel rincón siempre le producía-. Hay que verlo durante el día para apreciar su belleza y serenidad. El modo en que el sol brilla entre esos árboles -dijo, señalando un bosquecillo de altos olmos situados a unos cinco metros de donde estaban- baña este pequeño rincón con un semicírculo de luz que parece…

– La sonrisa de un ángel.

– Sí. Antes de su muerte, mi madre y yo pasamos muchas horas felices juntas en los jardines. Cuando estoy aquí, me siento como si ella estuviera conmigo, sonriéndome desde el cielo. -Repentinamente avergonzada de sus divagaciones, dijo-: No es más que una tonta extravagancia.

Andrew la tomó suavemente de las manos y entrelazó sus dedos con los de ella, gesto que la reconfortó y la excitó simultáneamente.

– No es ninguna bobada, Catherine. Es importante tener sitios que signifiquen algo para nosotros, lugares a los que poder ir y poner en orden las ideas. O simplemente a disfrutar de un poco de tranquilidad.

– Usted debe de tener un lugar así para comprenderme tan bien.

– He tenido varios durante mis viajes.

– ¿Tiene alguno en Inglaterra?

– Sí. -Sonrió-. La próxima vez que viaje a Londres, le enseñaré mi banco favorito de Hyde Park, y mi sala favorita del Museo Británico.

Catherine le devolvió la sonrisa e ignoró firmemente su voz interior, que volvió a la vida entre toses para recordarle que no tenía intención de viajar a Londres en un futuro cercano.

– ¿Por qué le preguntó a Fritzborne por mi rincón favorito del jardín?

– Porque tenía que saberlo para su sorpresa.

– ¿Otra sorpresa? No estoy segura de ser hoy capaz de soportar más sorpresas.

– No tema. Venga.

Le soltó una mano y luego, todavía con la otra firmemente cogida, la llevó hasta el bosquecillo de olmos. Curiosa, Catherine miró a su alrededor, pero no vio nada fuera de lo común. No obstante, cuando Andrew se detuvo junto al árbol más alto, el aroma de la tierra recién excavada le hizo cosquillas en la nariz y la obligó a bajar los ojos. Y se quedó helada.

Ante sus ojos, a la pálida luz de la luna, se extendía un parterre de flores lleno de una profusión de plantas de varios tamaños que rodeaban los dos árboles más alejados. Al instante Catherine reconoció el familiar follaje y contuvo el aliento.

– ¿Qué es eso?

– ¿Reconoce la planta? Es una…

– Dicentra spectabilis -susurró-. Sí, lo sé.

– Según me dijo, el corazón sangrante era su favorita. Me he dado cuenta en que tiene algunos corazones sangrantes repartidos por su jardín, pero ningún grupo numeroso.

Como aturdida, Catherine soltó su mano y se agachó para pasar con suavidad el dedo por una delicada hilera de diminutos y perfectamente torneados brotes colgantes rojos y blancos.

– ¿Usted ha hecho esto?

– Bueno, no puedo atribuirme todo el mérito. He contado con la ayuda de Fritzborne y de Spencer.

– ¿Están ellos al corriente de esto?

– Sí. Spencer me ayudó a elegir las plantas cuando visitamos el pueblo. Fritzborne las escondió en los establos y esta tarde las ha transportado hasta aquí. Spencer y yo las hemos plantado. -Se rió entre dientes-. Creo que guardar el secreto de esta sorpresa a punto ha estado de matarle.

– Sí, puedo imaginarlo. -Catherine apartó la mirada de la asombrosa maravilla del parterre y miró a Andrew por encima del hombro-. ¿Por eso quería ir al pueblo? ¿Para comprarlas?

– Entre otras cosas, sí.

Ella hizo ademán de levantarse y Andrew inmediatamente tendió la mano para ayudarla. Catherine deslizó su mano en la de él, absorbiendo la cálida y callosa textura de su palma al rodear la suya. Cuando de nuevo estuvo de pie frente a él, no le soltó la mano.

– ¿Otras cosas? -repitió, sintiendo que el corazón le palpitaba en latidos lentos e intensos-. No me diga que hay más sorpresas.

Andrew sonrió.

– Muy bien. No se lo diré. -Le apartó con el dedo un rizo errante de la frente, y su acelerado corazón dio un vuelco ante la intimidad que encerraba aquel gesto.

– No puedo creer que la pequeña floristería del pueblo dispusiera de tal abundancia de plantas -dijo.

– De hecho, tenían sólo unas cuantas. Cuando le dije al florista que quería más, sugirió que algunos de los habitantes del pueblo quizá estarían dispuestos a venderme sus plantas. Así que Spencer y yo fuimos a llamar a algunas puertas -explicó, echándose a reír-. Creo que conocimos a casi todos los habitantes del pueblo en nuestra búsqueda de corazones sangrantes.

Catherine le miró sin salir de su asombro.

– ¿Me está diciendo que fue a casa de gente a la que no conoce a preguntar si podía comprarles las plantas de su jardín?

– Eso lo resume a la perfección. Todos se mostraron encantados de dejar que Spencer y yo nos lleváramos sus plantas para la «sorpresa de lady Catherine».

Cielos, al menos había tres docenas de plantas alrededor de los olmos.

– Se ha tomado muchas molestias.

– No llamaría molestia a hacer algo por usted.

Catherine volvió a bajar los ojos y, al ver lo que Andrew había hecho por ella, un torrente de ternura la embargó, inflamándole la garganta de emoción y haciendo asomar un velo de húmedo calor tras sus ojos. Volviendo a posar en él la mirada, le apretó la mano y pronunció la pura verdad:

– Ningún hombre ha hecho jamás por mí nada tan precioso y tan considerado.

«Ni romántico», canturreó su voz interior con un femenino suspiro. «Has olvidado añadir romántico.»

Andrew se llevó a los labios las manos entrelazadas de ambos y depositó un beso en la sensible piel de la cara interna de la muñeca de Catherine.

– Ya le he dicho que me gusta ser siempre el primero.

El contacto de su boca en su piel, las suaves palabras exhalando aliento, enviaron diminutas lenguas de fuego por su brazo. Andrew bajó entonces la mano de Catherine hasta pegarla contra su pecho, donde su corazón palpitó deprisa y con fuerza contra su palma. Casi tan deprisa y con tanta potencia como el de ella. Por la forma en que él la miraba. Por lo cerca que estaban el uno del otro. Y no sólo por lo que él había hecho, sino también por cómo lo había hecho.

– Las flores son aún más especiales porque ha incluido a Spencer en su sorpresa -dijo con voz queda-. Gracias.

– De nada.

Para mortificación de Catherine, la humedad que había asomado a sus ojos se desbordó y un par de lágrimas se deslizaron de sus ojos.

Los ojos de Andrew se abrieron con una expresión que sólo podría haber sido descrita como de pánico masculino.

– Llora usted.

Sus palabras sonaron tan horrorizadas y acusatorias que el sollozo contenido en la garganta de Catherine estalló en una carcajada.

– No es cierto.

– ¿Y cómo llama usted a esto? -Andrew atrapó una lágrima en la yema del dedo mientras su otra mano palpaba frenéticamente sus bolsillos, presumiblemente en busca de un pañuelo.

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