Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
– Aunque tal vez no lo crea, ya estaba despierto. -Se pasó los dedos por el cabello, exhibiendo por un instante el vello negro bajo los brazos-. Collinson es un amor, ¿no es cierto?
Lo miró a los ojos, con el entrecejo arrugado de preocupación.
– ¿Le parece que Willy estará bien?
– No sé.
Él también arrugó el entrecejo.
– ¿Qué podemos hacer?
– ¿Hacer? -¡Maldición, para empezar, no quería encariñarse con Willy!- ¿Qué sugiere que hagamos? ¿Ir a casa de Collinson y preguntarle si maltrató al chico?
La irritación de Agatha estalló:
– Bueno, podríamos quedarnos de brazos cruzados.
– ¿Por qué no? Vea lo que sucede cuando tratamos de hacernos las buenas samaritanas.
Mientras replicaba, Gandy recordó a Willy desnudo como el día en que nació, mirándolo con esos líquidos ojos castaños, y preguntándole: «Cuando sea mayor, ¿seré como tú?».
En ese mismo momento, vino Jubilee arrastrando los pies y se asomó detrás de Gandy bostezando, el cabello blanco revuelto.
– ¿Quién es, Scotty?… ¡Ah, eres tú, Agatha! Buenos días.
Usaba la bata turquesa, que se entreabrió cuando levantó los brazos con los puños en ristre y ladeó la cabeza. Agatha captó una visión del hueco entre los pechos y el costado lo suficiente para comprender que había dormido desnuda. El tono de voz se le agudizó.
– En cuanto se levante, puede decirle al señor Gandy que lamento haberlo sacado de la cama.
Levantándose las faldas, giró e hizo una salida con toda la dignidad de que fue capaz.
Menos de cinco minutos después, llegaron al mismo tiempo a la tienda: la señora de Alphonse Anderton, para probarse el vestido nuevo; Violet, a trabajar; Willy, llorando y Gandy, aún descalzo, abotonándose la camisa, con los faldones aleteando.
– Escuche, Agatha, me molestó su… -la apuntó con un dedo, enfadado.
– Bueno… -La señora Anderton los examinó con altanería, finalizando con los pies descalzos-. Buenos días, Agatha.
– Tt-tt.
– Mi p… papá d… dice que n… no p… puedo v… venir más aquí a… v… veeerteee…
Agatha se quedó de pie, detrás de una vitrina, y Willy corrió hacia Gandy. Este se apoyó en una rodilla y alzó al pequeño lloroso, abrazándolo contra sí. Willy se aferró al cuello del hombre. Éste olvidó el enfado con Agatha, y a ella se le partió el corazón escuchando los sollozos del niño.
– Me quitó l… las b… botas n… nuevas.
– Por favor, Violet, ocúpate de la señora Anderton -ordenó Agatha, en voz baja.
Se acercó a Gandy, que se incorporó con Willy en brazos.
– Llévelo a la trastienda.
Cuando quedaron solos, el niño seguía sollozando y hablando entrecortadamente:
– Mi c… camisa n… nueva y m… mis p… pantalones… m… me dijo q… que…
– ¡Sh! -murmuró Gandy, arrodillándose otra vez. Willy hundió la cabeza rubia en el pecho sólido y oscuro del hombre con la camisa blanca a medio abotonar.
Agatha sintió que se ahogaba. Se sentó en el pequeño taburete junto a ellos y le acarició el cabello, sintiéndose impotente y desdichada. Sobre el hombro estremecido de Willy su mirada se topó con la de Gandy. Parecía impresionado. Le tocó el dorso de la mano. Él alzó dos dedos, los entrelazó con los de ella y los llevó a la nuca del niño.
¿Por qué no podría ser nuestro? ¡Seríamos tan buenos con él, tan buenos…! Fue una idea fugaz, pero dio a Agatha la amarga certeza de las injusticias de este mundo.
Por fin, Willy se calmó. Agatha separó los dedos de los de Gandy y sacó de un bolsillo oculto entre los pliegues del vestido un pañuelo perfumado.
– Ven, Willy, déjame limpiarte la cara.
Se volvió, lagrimeando, los ojos y los labios hinchados. Mientras le enjugaba las mejillas y lo hacía sonarse, se preguntó qué podrían hacer Gandy o ella para curar el corazón destrozado del pequeño.
– No debes culpar a tu padre -comenzó-. Fue un error nuestro, de Scotty y mío. -Hasta entonces, nunca lo había llamado así, y hacerlo le dio fuerza y una sensación de comunión con él y con Willy-. Ofendimos su orgullo al darte ropa nueva y llevarte a bañar, ¿entiendes? ¿Sabes lo que significa el orgullo?
Willy se encogió de hombros, esforzándose por no llorar otra vez.
Agatha no se creyó capaz de seguir hablando sin romper a llorar ella misma y miró a Gandy en busca de ayuda.
– El orgullo significa sentirse bien contigo mismo. -Los largos dedos morenos peinaron las mechas rubias sobre las orejas-. Tu padre quiere comprarte las cosas él mismo. Cuando lo hicimos nosotros, creyó que le insinuábamos que no te cuidaba bien.
– Ah -dijo el niño. Lo dijo en tono casi inaudible.
– Y en cuanto a que vengas a visitarnos… no sé qué podría impedírtelo. Seguimos siendo amigos, ¿no es así?
Willy esbozó la sonrisa esperada, pero dubitativa.
– Pero tal vez sea conveniente que te metas por la puerta de atrás, y te cerciores de no venir cuando tu papá está en la taberna, ¿de acuerdo? Y ahora, ¿qué opinas de una barra de orozuz?
Sin alzar el rostro, respondió con poco entusiasmo:
– Puede ser.
Gandy se incorporó, con el niño en un brazo. Esperó a que Agatha también se levantase, le pasó un brazo por los hombros y los tres fueron hacia la puerta de atrás. Agatha se sintió incómoda chocando contra el pecho y la cadera a cada paso que daba, pero a él no le importó. En la puerta, sacó el brazo y le dijo:
– Willy bajará después, pero lo mandaré de vuelta a la hora de la cena y haré que Ivory vaya al restaurante de Paulie y traiga comida de picnic.
Quizás ése fue el momento en que Agatha comprendió por primera vez que estaba enamorándose de Gandy. Lo miró el cabello aún revuelto, las mejillas sombreadas por las patillas del día anterior, los hombros y los brazos que le daban la apariencia de poder vérselas con todos los Alvis Collinson de este mundo, sosteniendo a Willy.
– Gracias -le dijo con suavidad-. Y lamento haberlo tratado mal, arriba.
– Entiendo. En ocasiones, yo también me siento así.
Por un momento, los ojos de Scott se demoraron en los de Agatha con expresión suave, mientras Willy miraba de uno a otro, y rodeaba el cuello del hombre con un brazo pecoso.
– ¿Tú no vienes, Gussie? -preguntó, quejumbroso.
– No, Willy. -Se enjugó una lágrima con el pulgar-. Nos vemos después.
Se puso de puntillas y le besó la mejilla brillante. Cuando se fueron, supo que se había puesto en riesgo doble: estaba enamorándose del hombre, pero también del niño.
Más tarde, ese día, las chicas fueron a hacer la prueba final de los vestidos de cancán, y Agatha aprovechó la oportunidad para disculparse con Jubilee por su brusquedad de esa mañana.
Jube le restó importancia con un ademán:
– Todavía estaba tan dormida que no sé qué dijiste.
Todo el tiempo, mientras abotonaba el corpiño ajustado del vestido de Jubilee, recordaba la manera en que había aparecido a la puerta de Gandy, tibia y desarreglada del sueño, más hermosa que muchas mujeres después de haber pasado una hora ante el tocador. Recordó el pecho desnudo de Gandy, el cabello despeinado, los pantalones con el botón de la cintura sin cerrar, los pies descalzos.
Echó una mirada a Jubilee, que giraba ante el espejo de pared. La radiante, hermosa Jubilee.
«Gandy ya está destinado, Agatha, -se dijo-. Además, ¿para qué querría a una como tú, si tiene a esta gema resplandeciente?»
– ¿Esta noche bailarás el cancán?
– Esta es la noche-respondió Jubilee-. Pero en la segunda función. Los haremos esperar, para que estén muy ansiosos.
– ¿Irás? -le preguntó Pearl.
A nadie le pareció extraña la pregunta. Las muchachas se habían acostumbrado a ver a Agatha y sus tropas aparecer en Gilded Cage en uno u otro momento de la noche.