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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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Por último, las víctimas eran de complexión física similar y tenían ciertas cualidades psíquicas comunes. Eran hombres maduros que aún esperaban mucho de la vida y luchaban contra una incipiente vejez, intentando ocultarla. El que ya tenía una edad avanzada, era totalmente calvo, pasaba de los sesenta y había renunciado a todo intento de parecer más joven, ya no buscaba ningún remedio milagroso, y el que tenía una calvicie prematura y rondaba los treinta años no padecía un reumatismo avanzado que exigiera una cura de baños. Así pues, solo estaban en peligro los hombres que habían pisado el umbral de la decadencia. Cuanto más de cerca se consideraban ahora los hechos aislados, más evidente resultaba su concatenación. Los envenenamientos habían coincidido siempre con la flor de las gramíneas, pues los conductores solo tomaban Plimasin en esta época del año, y los asmáticos graves no conducían coches y, por lo tanto, no necesitaban una medicina indicada para los automovilistas.

Barth me visitó en el hospital y fue tan amable conmigo que fui a despedirme de él antes de mi marcha a Estados Unidos.

El pequeño Pierre me espiaba desde la escalera, pero al verme se escondió. Comprendí lo que ocurría y le aseguré que no me había olvidado del casco. En casa de Barth me encontré con el doctor Saussure, que no llevaba chaqueta, sino una camisa con puños de puntilla. En lugar del transistor, esta vez pendía de su cuello un reloj. Hojeaba los libros de la biblioteca, y Barth me dijo algo muy gracioso: que la tentativa de incorporar el computador a las investigaciones había acabado siendo un éxito, pese a que el computador, no estando programado ni siquiera puesto en funcionamiento, no había hecho nada por sí mismo. Pero si yo no hubiese ido a París con esta intención, no habría vivido en su casa, ni habría conquistado la simpatía de su abuela, ni el pequeño Pierre habría intentado curarme con la flor de azufre de la bisabuela cuando me caí por las escaleras; en suma, la participación del computador en la solución del enigma era indiscutible, aunque de naturaleza puramente abstracta. Sonriendo, yo observé que la coincidencia de sucesos totalmente casuales que me había conducido al centro del enigma se me antojaba aún más asombrosa que el enigma mismo.

—¡Está cayendo en un egocentrismo injustificado! —exclamó de pronto Saussure, volviéndose hacia nosotros desde las estanterías—. Esta serie no es tanto una expresión del presente como un indicio del futuro. Una advertencia, todavía incomprensible…

—¿Y usted la comprende?

—Presiento su significado. La humanidad se ha multiplicado y condensado tanto que las leyes del átomo empiezan a gobernarla. Cada átomo de gas se mueve caóticamente, pero es precisamente este caos lo que conduce al orden: estabilidad de la presión, temperatura, peso específico, etcétera. Su éxito involuntario se antoja paradójico: una larga serie de extraordinarias coincidencias. Pero solo lo parece. Usted dirá: no fue suficiente caerme por las escaleras en casa de Barth y respirar azufre en vez de humo de tabaco; también fueron necesarias mis pesquisas en la Rue Amélie, motivadas por la historia de Proque, e hizo falta que estornudara antes de la tormenta y que comprara las almendras para los niños, que se interrumpiera el tráfico aéreo en Roma, que el hotel estuviera atestado, que fuera a la peluquería y quizá también que el peluquero fuese gascón, para que la reacción en cadena pudiera producirse.

—Y aún hay más —repliqué—. Si mi parte en la liberación de Francia no se hubiera limitado a un coxis fracturado, la contusión no se habría renovado en Roma en el incidente de la escalera y, en consecuencia, yo habría salido indemne. Si no me hubiera encontrado tan cerca del terrorista en la escalera mecánica, mi fotografía no habría aparecido en Paris Match, y sin estos laureles, yo, en vez de luchar por una habitación en el hotel de Air France, habría vuelto a París para pernoctar allí, y tampoco habría pasado nada. Pero ya la posibilidad de que yo estuviera presente en el atentado era a priori astronómicamente pequeña. Podría haber volado en otro avión, subido en otro peldaño de la escalera… ¡Y qué astronómicamente pequeñas eran también las posibilidades de lo que ocurrió después! Si no me hubiese enterado del caso de Proque, no me habría apresurado a viajar hasta Roma precisamente el día en que se interrumpieron los vuelos; esto solo ya fue la más pura casualidad.

—¿Que se enterara del caso Proque? No lo creo. El doctor y yo hemos hablado de ello antes de que usted llegara. Le informaron del caso gracias a las intrigas entre la Sûreté y la Defensa, y estas son a su vez consecuencia de luchas políticas por el poder. A alguien le interesaba comprometer a cierto militar que juega a político y protege al doctor Dunant. Una especie de billar, ¿sabe usted?

—¿Qué debía ser yo, la bola o el taco?

—En nuestra opinión, pretendían que usted desenterrara el caso Proque para perjudicar así indirectamente a Dunant…

—Pero suponiendo que así fuera, ¿qué relación hay entre el objeto de mi viaje a París y las intrigas políticas de Francia?

—Naturalmente, ninguna. Precisamente por eso a usted le parece que tal cantidad de casualidades dirigidas con tanta precisión hacia el centro del enigma contradicen el sentido común. Pues bien, yo le digo: ¡olvidemos este sentido común! De hecho, cada fase de su aventura es bastante verosímil si se contempla aisladamente, pero la trayectoria que resulta de la concatenación de estas fases raya en el milagro. Así es como usted lo ve, ¿no es verdad?

—Así es.

—Sin embargo, ha ocurrido lo que yo le dije aquí hace tres semanas. Le ruego que se imagine un campo de tiro donde en lugar de un blanco se ha colocado un sello de correos a ochocientos metros del tirador. Se trata de un sello de diez céntimos con la imagen de Marianne. En la frente de esta hay una mancha de una mosca. Ahora van a probar suerte un par de magníficos tiradores. No aciertan a la mancha con exactitud, por la sencilla razón de que no la ven. Pero dejemos que intervengan cien tiradores medianos y que disparen al blanco durante semanas. No cabe la menor duda de que una de las balas acabará dando en la mancha. No la acertará porque se trate de un gran tirador, sino porque la cantidad de disparos lo garantiza. ¿De acuerdo?

—Sí, pero esto no explica…

—Aún no he terminado. Es verano, y en el campo de tiro hay un gran número de moscas. La probabilidad de dar en el blanco es muy pequeña. La probabilidad de que la bala acierte a la mancha y también a una mosca que por casualidad se le pone delante es todavía menor. La probabilidad de acertar con la misma bala en el blanco y además dar a tres moscas es ya astronómicamente pequeña, para expresarme como usted, y pese a ello puedo asegurarle que también se produce tal coincidencia cuando los disparos se prolongan durante el tiempo suficiente.

—Perdone, pero usted habla de un diluvio de disparos, y yo estaba solo…

—No lo crea. En un momento determinado, la bala que acierta a tres moscas y a la mancha también está sola. El tirador que lo consigue se maravillará igual que usted. El hecho de que haya dado en el blanco no es milagroso ni extraño, por la sencilla razón de que uno tenía que acertar. ¿Lo comprende? Aquí no se trata de sentido común. Ha ocurrido lo que ya le predije. El enigma de Nápoles ha sido originado por un mecanismo de casualidades, y este mecanismo lo ha resuelto. En ambos sectores del problema ha actuado la ley de la cantidad numérica. Naturalmente, si usted hubiera dejado de cumplir una sola condición, no se habría envenenado, pero tarde o temprano otro habría cumplido esas condiciones. Al cabo de uno, de tres, de cinco años. Y habría ocurrido porque actualmente vivimos en un mundo regido por la casualidad. En un gas molecular humano que es caótico y que con sus «improbabilidades» solo asombra a los átomos aislados: los individuos. En un mundo en el que hoy ya se antoja banal lo que ayer aún era extraordinario, y lo que hoy es extremo, mañana será la norma.

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