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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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Monsieur…

No emití ningún sonido. El hombre permaneció ante mí unos momentos, dejó algo sobre la mesa y se retiró en silencio. La puerta se cerró; volvía a estar solo. Más agotado que aturdido, me levanté de la cama y encendí el aplique de la pared. Sobre la mesa había un telegrama doblado. Con el corazón desbocado y las piernas vacilantes, cogí el papel. Iba dirigido a mí y al hotel de Air France. Miré la firma y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Cerré con fuerza los ojos, volví a abrirlos y leí una vez más el nombre del hombre que aún no había estado bajo tierra el tiempo suficiente para haberse descompuesto.

Le espero en Roma. Hilton. Habitación 303.

Adams

Leí el texto unas diez veces, me lo acerqué mucho a los ojos y le di la vuelta una y otra vez. El telegrama había sido expedido en Roma a las once menos veinte, así que ya había pasado más de una hora desde entonces. ¿Se trataría tal vez de una confusión sin importancia? Era posible que Randy se alojase en el Hilton; habría ido a un pequeño hotel de la Plaza de España porque no encontró otra cosa, y ahora se había trasladado y me lo hacía saber. Había recibido mi mensaje, y tras esperarme en vano y enterarse de que se habían suspendido los vuelos, me enviaba un telegrama. Pero ¿por qué firmar precisamente con este nombre? Me apoyé en la pared y pensé que tal vez estaba soñando. La luz del aplique ardía sobre mi cabeza. Todo cuanto miraba sufría una transformación. Las cortinas, el televisor, el borde doblado de la alfombra, los contornos de las sombras me comunicaban algo incomprensible. Todo cuanto me rodeaba dependía de mí, existía exclusivamente gracias a mi voluntad. Decidí desechar el armario: el brillo del pulimento se volvió mate, los contornos de la puerta se oscurecieron, la pared se abrió y se formó una brecha negra e irregular de la que comenzó a manar una sustancia escurridiza. Traté en vano de abrir el armario. La habitación se fue derritiendo en los rincones oscuros; solo podía conservar lo que se encontraba a la luz. Alargué la mano hacia el teléfono. El auricular, convertido en un objeto deforme, me resbaló de la mano; el aparato era una piedra gris de superficie granulada y en el lugar donde debería haber estado el disco para marcar había ahora un agujero. Mis dedos atravesaron su superficie y tocaron algo frío. Sobre la mesa había un bolígrafo. Empleé toda mi fuerza de voluntad para que existiera, y escribí con letras gigantes en el telegrama:

23.00: NÁUSEA

23.50: ILUSIONES Y ENGAÑOS

Pero mientras escribía dejé las riendas a la habitación y ya fui incapaz de volver a dominarla. Esperé a que todo se derrumbara, pero sucedió lo inesperado: observé que algo ocurría cerca de mí. En este «cerca» reconocí mi propio cuerpo. Se agrandaba. Piernas y brazos se alejaban. Por miedo a chocar con la cabeza contra el techo, me tiré sobre la cama. Tendido boca arriba, empezó a costarme respirar; mi pecho se elevaba y abombaba como la cúpula de San Pedro, con cada una de mis manos habría podido coger varios objetos, incluso toda la habitación habría cabido en ellas.

«¡Una pesadilla! —me dije—. ¡No hagas caso!» Había aumentado tanto de tamaño que los límites exteriores de mi cuerpo se desvanecieron en la oscuridad. Se movían en alguna parte, a varios kilómetros de distancia de mí mismo. Perdí la sensación en ellos. En mí solo quedaba mi interior. Era gigantesco. Un terreno laberíntico, un abismo entre mi mente y el mundo. Por lo demás, el mundo ya no existía. Me incliné sin aliento sobre mi propio abismo. Donde antes había pulmones, intestinos y venas, ahora solo había pensamientos. Y eran descomunales. En ellos contemplé mi vida. Estaba ramificada, comprimida, ardía, se carbonizaba y quedaba reducida a cenizas. Una nube de rescoldos, un Sahara negro que representaba mi vida. La habitación donde yacía como un pez en el fondo del mar se encogió a su vez hasta tener el tamaño de una semilla. La tenía también dentro de mí. Esta incesante multiplicación más allá de los límites de mi cuerpo, más allá de todas las dimensiones, no cesó, continuó, y me aterrorizó. El terrible poder de mi desenfrenado espacio interior, que tragaba con avidez todo cuanto había en torno a sí, me destruía. Gemí con desesperación, arrastrado hacia el abismo, y me incorporé trabajosamente sobre los codos, como si me apoyara sobre un colchón que se encontrase en el interior de la Tierra. Temía derribar las paredes con un movimiento de la mano. Me repetí una vez más que esto era imposible, pero al mismo tiempo sentía que no lo era con cada fibra, con cada nervio de mi ser. Emprendí un demente intento de huida y abandoné la cama, caí de rodillas, avancé a tientas rozando la pared y llegué al interruptor de la luz. La habitación se iluminó con una claridad penetrante. Vi la mesa, que chorreaba una grasa policroma, el teléfono —un hueso retorcido— y, muy lejos, mi rostro en el espejo, brillante de sudor; lo reconocí, pero no cambió nada. Intenté comprender qué me ocurría, qué clase de fuerza primitiva me dispersaba para abrirse paso. ¿Era yo mismo aquella fuerza? Sí y no. Esta mano hinchada era mi mano. Pero si crecía hasta ser una montaña de carne y rodaba hasta mí como una masa en ebullición, ¿podría seguir pensando que era mi mano y no un poder extraño que se expandía? Siempre que intentaba ofrecer resistencia a las metamorfosis llegaba un poco tarde, porque ya todo había vuelto a transformarse. Ahora mi mirada levantó el techo de la habitación, lo apartó a un lado; cada lugar se doblaba bajo mi mirada, se curvaba hacia dentro, se desmoronaba, como si yo estuviera ardiendo y con mis ojos derritiese un edificio de cera. «¡Desvaríos!», traté de decir en voz alta. Las palabras sonaron en mi oído como un eco en el fondo de un pozo. Me aparté de la pared, me intenté estabilizar separando las piernas, aunque se tambaleaban y se hundían en la masa blanda del parqué; volví la cabeza, que ahora era como la cúpula de una torre gigantesca, y observé mi reloj de pulsera sobre la mesilla de noche. Su esfera formaba la base de un embudo luminoso y giratorio. El segundero se arrastraba por encima, lenta y siniestramente, dejando una huella más blanca que el esmalte de la esfera, la cual se convirtió en una llanura que yo veía desde arriba y por la que desfilaban varias tropas. El terreno calcáreo por el que marchaban estaba socavado por las explosiones, la humareda formó rostros en el aire, máscaras blandas de una agonía silenciosa. Nutridas filas de soldados de infantería se cristalizaron, la sangre que manaba de ellos dejó manchas de fango redondas y rojas, al ritmo regular de unos tambores se pusieron de nuevo en marcha, cubiertos de polvo y de sangre. El estruendo de la batalla remitió cuando oculté el reloj, pero no se extinguió.

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