Pero mientras escribía dejé las riendas a la habitación y ya fui incapaz de volver a dominarla. Esperé a que todo se derrumbara, pero sucedió lo inesperado: observé que algo ocurría cerca de mí. En este «cerca» reconocí mi propio cuerpo. Se agrandaba. Piernas y brazos se alejaban. Por miedo a chocar con la cabeza contra el techo, me tiré sobre la cama. Tendido boca arriba, empezó a costarme respirar; mi pecho se elevaba y abombaba como la cúpula de San Pedro, con cada una de mis manos habría podido coger varios objetos, incluso toda la habitación habría cabido en ellas.
«¡Una pesadilla! —me dije—. ¡No hagas caso!» Había aumentado tanto de tamaño que los límites exteriores de mi cuerpo se desvanecieron en la oscuridad. Se movían en alguna parte, a varios kilómetros de distancia de mí mismo. Perdí la sensación en ellos. En mí solo quedaba mi interior. Era gigantesco. Un terreno laberíntico, un abismo entre mi mente y el mundo. Por lo demás, el mundo ya no existía. Me incliné sin aliento sobre mi propio abismo. Donde antes había pulmones, intestinos y venas, ahora solo había pensamientos. Y eran descomunales. En ellos contemplé mi vida. Estaba ramificada, comprimida, ardía, se carbonizaba y quedaba reducida a cenizas. Una nube de rescoldos, un Sahara negro que representaba mi vida. La habitación donde yacía como un pez en el fondo del mar se encogió a su vez hasta tener el tamaño de una semilla. La tenía también dentro de mí. Esta incesante multiplicación más allá de los límites de mi cuerpo, más allá de todas las dimensiones, no cesó, continuó, y me aterrorizó. El terrible poder de mi desenfrenado espacio interior, que tragaba con avidez todo cuanto había en torno a sí, me destruía. Gemí con desesperación, arrastrado hacia el abismo, y me incorporé trabajosamente sobre los codos, como si me apoyara sobre un colchón que se encontrase en el interior de la Tierra. Temía derribar las paredes con un movimiento de la mano. Me repetí una vez más que esto era imposible, pero al mismo tiempo sentía que no lo era con cada fibra, con cada nervio de mi ser. Emprendí un demente intento de huida y abandoné la cama, caí de rodillas, avancé a tientas rozando la pared y llegué al interruptor de la luz. La habitación se iluminó con una claridad penetrante. Vi la mesa, que chorreaba una grasa policroma, el teléfono —un hueso retorcido— y, muy lejos, mi rostro en el espejo, brillante de sudor; lo reconocí, pero no cambió nada. Intenté comprender qué me ocurría, qué clase de fuerza primitiva me dispersaba para abrirse paso. ¿Era yo mismo aquella fuerza? Sí y no. Esta mano hinchada era mi mano. Pero si crecía hasta ser una montaña de carne y rodaba hasta mí como una masa en ebullición, ¿podría seguir pensando que era mi mano y no un poder extraño que se expandía? Siempre que intentaba ofrecer resistencia a las metamorfosis llegaba un poco tarde, porque ya todo había vuelto a transformarse. Ahora mi mirada levantó el techo de la habitación, lo apartó a un lado; cada lugar se doblaba bajo mi mirada, se curvaba hacia dentro, se desmoronaba, como si yo estuviera ardiendo y con mis ojos derritiese un edificio de cera. «¡Desvaríos!», traté de decir en voz alta. Las palabras sonaron en mi oído como un eco en el fondo de un pozo. Me aparté de la pared, me intenté estabilizar separando las piernas, aunque se tambaleaban y se hundían en la masa blanda del parqué; volví la cabeza, que ahora era como la cúpula de una torre gigantesca, y observé mi reloj de pulsera sobre la mesilla de noche. Su esfera formaba la base de un embudo luminoso y giratorio. El segundero se arrastraba por encima, lenta y siniestramente, dejando una huella más blanca que el esmalte de la esfera, la cual se convirtió en una llanura que yo veía desde arriba y por la que desfilaban varias tropas. El terreno calcáreo por el que marchaban estaba socavado por las explosiones, la humareda formó rostros en el aire, máscaras blandas de una agonía silenciosa. Nutridas filas de soldados de infantería se cristalizaron, la sangre que manaba de ellos dejó manchas de fango redondas y rojas, al ritmo regular de unos tambores se pusieron de nuevo en marcha, cubiertos de polvo y de sangre. El estruendo de la batalla remitió cuando oculté el reloj, pero no se extinguió.