La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
La habitación empezó a oscilar. Describió un perezoso giro y me lanzó contra el techo. Algo me frenó en mi caída, y aterricé sobre las rodillas y las manos. Me eché junto a la cama; ahora la habitación giraba con más lentitud, todo volvió a unirse y por fin se detuvo. Con la cabeza en el suelo como un perro, eché una mirada al reloj, que estaba apoyado contra la lámpara de la mesilla. Era la una menos cuarto. Aquí ya no pasaba nada. El segundero avanzaba tranquilamente, como una hormiga. Me senté, y la frialdad del suelo me serenó. La habitación, bajo la luz blanca, parecía llena de un grueso cristal de mudo tintineo, que contenía a su vez elementos fosforescentes. Todo cuanto había en este centro iluminado en exceso, cada doblez de las cortinas, cada sombra proyectada por la mesa, era de una perfección indescriptible. Yo no me fijaba en esta belleza, estaba al acecho y en tensión como un bombero que busca humo en el lugar del siniestro y no tiene ojos para admirar el paisaje. Debilitado y ágil al mismo tiempo, me levanté. Forcé mis dedos extraños y escribí en la hoja del telegrama:
12.50: Alivio
Plimasin por la mañana
Orly (peluquería)
No sabía nada más. Inclinado sobre la mesa y con la mirada fija todavía en las letras torcidas, sentí llegar la próxima transformación. Los reflejos de luz que había sobre la superficie de la mesa se abrieron en abanico como alas de libélula; se elevaron en el aire y la mesa revoloteó ruidosamente frente a mi rostro como alas grises de murciélago; sus rápidos movimientos amortiguaron la luz lechosa de la lámpara de la mesilla; el borde de la mesa, que mis manos agarraban, se ablandó y cedió; yo no podía seguir ni escapar del acoso de esta transformación, que durante un rato se diversificó a un ritmo vertiginoso, pasando a través de mí tan terrible, majestuosa y burlonamente como el viento, aunque cerraba con fuerza los párpados; los ojos ya resultaban superfluos. Recuerdo el esfuerzo continuo e indefinido con que intentaba apartar este elemento extraño, como si quisiera vomitarlo; todo era en vano, pero intentaba defenderme. Cada vez era menos espectador y observador, y poco a poco me convertí en una partícula de las pululantes y estremecedoras visiones, en una mancha temblorosa.
Pasada la una emergí una vez más. El proceso se desarrollaba en oleadas peristálticas, pero cada fase, que parecía definitiva y la última, volvía momentos después con mayor violencia. Las alucinaciones me abandonaron entre las dos y las tres, y esto fue lo peor, pues lo que me rodeaba recobró su aspecto normal, pero yo me hallaba en un estado diferente. ¿Cómo puedo expresarlo? Los objetos y las paredes se habían petrificado, congelado en una transición espantosa: el tiempo se había detenido, y esta era la única razón de que también se hubiera paralizado todo cuanto hasta entonces había arremetido contra mí como un alud proveniente de múltiples direcciones; ahora, en cambio, todo se mantenía inmóvil como en un largo fogonazo de magnesio. La habitación entera se asemejaba a la asfixia entre dos gritos; centelleaba con declarada maldad donde quiera que fuese: sobre la alfombra de cambiante dibujo, sobre el cuadro de los castillos del Loire que había encima de la cama, sobre el césped verde de estos castillos. Este verde fue mi sentencia, lo contemplé de rodillas y comprendí que debía sucumbir. Entonces me abalancé contra la habitación —¡sí, contra la habitación!—, rompí los cordones de visillos y cortinas, los arranqué de los ganchos, destrocé la ropa de la cama, tiré las sábanas asesinas a la bañera, cerré el cuarto de baño —cuando metí la llave en la cerradura, el paletón se rompió—, y al apoyarme jadeando en la puerta y contemplar el campo de batalla, vi claramente que no conseguiría nada. No podía eliminar las ventanas ni las paredes. Tiré al suelo el contenido de la maleta, busqué los aros planos que se cerraban con refuerzos de metal, y tras unos instantes los encontré. Randy me los había dado en Nápoles, sonriendo, para que pudiera esposar al asesino, si lo pillaba. Ya lo tenía. Entre las camisas rodaban unas bolas pequeñas y oscuras: las almendras del paquete roto. No podía escribir acerca de ellas, temía no lograrlo, así que me limité a echar un puñado sobre el telegrama, arrastré una silla hasta el radiador y me senté pesadamente.
Con la espalda apoyada contra el respaldo, las piernas apretadas contra el suelo y esposado al radiador, esperé lleno de tensión la embestida, como se espera el despegue. No despegué hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia el abismo, rodeado de una niebla roja y burbujeante, entre paredes que ejecutaban una danza demente, esposado, sin poder alcanzar otra cosa que una pata de la cama, pese a que me revolví y agité como un perro atado a una cadena. Logré atraer la cama hacia mí, y, como si quisiera sofocar un incendio, apreté la cara contra el colchón, y lo mordí hasta dar con su relleno esponjoso, pero no me asfixió porque tenía poros, así que agarré con la mano libre mi garganta y la apreté, gimiendo de desesperación porque no conseguía quitarme la vida.
Recuerdo que antes de perder el conocimiento sentí explosiones en el cráneo. Seguramente embestí el radiador con la cabeza. Recuerdo la última chispa de esperanza: tal vez ahora lo conseguiría. Y luego nada más. Estaba muerto, y el hecho de saberlo no me pareció nada extraño. Después nadé por negras cataratas de grutas desconocidas, rodeado de fragores y bramidos, como si el oído fuese lo único que no hubiera muerto en mí. Oí un repique de campanas. El negro se convirtió en rosa. Abrí los ojos y vi que se inclinaba sobre mí un rostro grande, pálido, de una serenidad sobrehumana. Era el doctor Barth. Lo reconocí enseguida y quise decírselo, pero entonces sufrí un banal desmayo.
Me habían encontrado a las cuatro de la madrugada, esposado al radiador, porque el italiano de la habitación contigua había alarmado al personal. Como parecía un ataque de locura, me inyectaron un calmante antes de llevarme al hospital. El bueno de Barth, al enterarse al día siguiente de la interrupción del tráfico aéreo, telefoneó a Orly, y cuando le contaron lo que me había ocurrido, me visitó en el hospital, donde yo continuaba inconsciente. No me desperté del todo hasta treinta horas después. Tenía costillas magulladas, la lengua mordida y suturas en varios puntos de la cabeza, y la muñeca esposada estaba hinchada como un globo, lo que significaba que yo le había dado unos buenos tirones. Por suerte, el radiador al que me encadené era de metal; uno de material sintético se habría roto y entonces yo habría saltado por la ventana; no había nada en el mundo que deseara más.
Un biólogo canadiense descubrió que los hombres que carecen de tendencia a la calvicie tienen en los tejidos de la piel el mismo compuesto de nucleína que los monos caterrinos, en los cuales tampoco se presenta la calvicie. Esta sustancia, llamada «hormona de simio», resultó efectiva en la lucha contra la calvicie. Hace tres años, una empresa suiza empezó a fabricar en Europa un ungüento de hormonas según la patente americana de Pfitzer.
Los suizos cambiaron la composición del preparado, haciéndolo más efectivo pero también más sensible al calor, y de descomposición más rápida.
Al exponer la piel al sol, la hormona cambia de estructura química y, bajo la influencia del Ritalin, puede transformarse en el preparado X del doctor Dunant, su depresor psíquico, pero no es venenoso más que en grandes cantidades. El Ritalin se encuentra en la sangre de las personas que lo toman, y la hormona se halla en el ungüento, que es de uso externo, pero este contiene una mezcla de hialuronidasa, que permite una mayor penetración en los vasos sanguíneos a través de la piel. Sin embargo, para que se produjera una intoxicación de efecto psicopático, habría que frotar diariamente la piel con doscientos gramos de dicho ungüento y al mismo tiempo tomar dosis de Ritalin mayores de las máximas permitidas.