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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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El catalizador que aumenta un millón de veces el efecto del depresor lo constituyen los compuestos de cianuro con azufre: las rhodanidas. Tres letras, tres símbolos químicos, scn, son la clave del enigma. En las almendras se encuentran trazas de cianuro, que les presta su característico sabor amargo. En varios tostaderos de almendras de Nápoles había una plaga de cucarachas. Los pasteleros emplearon como desinfectante un preparado que contenía azufre. Partículas de este fueron a parar a la emulsión donde se lavaban las almendras antes de entrar en el horno. Esto no causaba ningún efecto mientras la temperatura del horno era baja. Pero cuando se subía la temperatura para la caramelización del azúcar, el cianuro de las almendras se unía con el azufre, produciendo la rhodanida. Sin embargo, la rhodanida, introducida sola en el organismo, no constituye un catalizador efectivo para la formación de la sustancia X. En la solución de las sustancias unidas tiene que haber iones de azufre libres. Estos iones, en forma de sulfuros y tiosulfatos, procedían de los baños medicinales. Por consiguiente, tenía que morir aquel que usaba el ungüento hormonal, tomaba Ritalin, se trataba con baños sulfurosos y era aficionado a las almendras, que al modo napolitano se recubrían con azúcar quemado. Las rhodanidas catalizaban la reacción en cantidades tan minúsculas que solo se podían descubrir con ayuda de la cromatografía. Una condición previa para la involuntaria autodestrucción era el gusto por las golosinas. El diabético que no podía comer cosas dulces, o no lo deseaba, permanecía con vida. La variante suiza del ungüento se vendía en toda Europa desde hacía dos años, y no se habían producido accidentes similares antes de su comercialización. En América tampoco los hubo porque allí Pfitzer acaparaba el mercado, y su hormona no se descomponía fuera de la nevera con tanta rapidez como la europea. Las mujeres no usaban el ungüento, ya que había sido pensado para hombres, y por ello no pudo haber víctimas femeninas.

El pobre Proque había caído en la trampa por otros derroteros. No era calvo, no usaba ningún preparado hormonal, no iba a la playa, no tomaba baños sulfurosos, y sin embargo, los iones de azufre llegaron a su sangre porque los respiraba en la cámara oscura con el vapor del revelador de sulfuro. Tomaba Ritalin para combatir el cansancio, y el compuesto X se lo facilitó el doctor Dunant al romperse las gafas. El docto y paciente químico, que molió finamente hasta la última partícula de polvo de la tienda de Proque y que sacó muestras del contrachapado del tabique y del polvo de la talladora, no sabía que la misteriosa sustancia que buscaba se hallaba a cuatro metros sobre su cabeza, en un pequeño paquete de almendras garrapiñadas metido en el cajón de una vieja cómoda.

Las almendras que encontraron sobre la mesa junto con mis notas abrieron los ojos de los químicos de Barth acerca de su importancia: eran el eslabón que faltaba.

Hay cierto pormenor que tal vez no sea esencial, pero sí muy divertido por su carácter anecdótico. Cuando ya me hallaba en Estados Unidos, un químico me dijo que la flor de azufre que el pequeño Pierre esparció sobre mi cama no podía haber jugado ningún papel en el envenenamiento, porque al ser azufre en estado sólido, transformado en polvo por la sublimación, no puede ser soluble. El hombre expresó ad hoc la siguiente hipótesis: las trazas de iones sulfurosos en mi sangre procedían de un vino azufrado. Yo lo había bebido en cada comida, como es costumbre en Francia, pero solo en casa de Barth, ya que no comí en ningún otro sitio, y los químicos de la cnrs, que lo sabían, habían optado por no mencionarlo para librar a su jefe de la sospecha de que ofrecía a sus invitados un vino barato y de poca calidad.

Más tarde me preguntaron si las almendras habían sido mi eureka. Lo más fácil habría sido afirmarlo o negarlo, pero lo cierto es que no lo sé. Ya antes, cuando destruía todo lo que tenía a mi alcance, cuando metía en la bañera todo aquello que se me antojaba peligroso, me comporté como un demente, aunque en esta demencia había una chispa de instinto de conservación; es posible, por lo tanto, que con las almendras ocurriera lo mismo. Quise añadirlas a las notas, eso sí que lo sé, y mi gesto se debió únicamente a una rutina de muchos años. Me habían entrenado para registrar hechos incluso en condiciones de máxima tensión, y me habían exigido informes que no estuvieran influenciados por mi apreciación de si un determinado hecho era o no esencial. También pudo tratarse de una intuición certera, que me hizo conectar la tormenta de la mañana, mi acceso de estornudos, la tableta que se me quedó atragantada, las almendras con que la tragué y el recuerdo de Proque visitando por última vez la pastelería de la esquina de la Rue Amélie. Semejante proeza me parece demasiado bonita para ser cierta. Es verdad que asocié las almendras con el caso de Nápoles, porque el pastelero exhibía en el escaparate un Vesubio adornado de almendras. Aunque el Vesubio no tenía nada que ver con el asunto, resultó ser un eslabón mágico, ya que me había permitido aproximarme a la clave de la historia.

Sin embargo, un estudio atento de mi informe revela que muchas veces durante las investigaciones se produjeron acercamientos similares, sin que se obtuviera ningún resultado. Barth fue el que más se acercó al quid de la cuestión, pese a que se equivocara al atribuir a los casos una motivación política; dio en el clavo al dudar de la elección del «grupo de los once» y acertó plenamente al deducir que solo habían sido afectados hombres extranjeros y solos, porque así estaban doblemente aislados del ambiente italiano: primero por su desconocimiento del idioma y segundo porque no tenían allí parientes ni conocidos. El primer síntoma de la intoxicación era un cambio en la conducta, y esto solo habría podido observarlo a tiempo alguien que estuviera en estrecho contacto con la víctima. Más tarde se descubrieron varios casos abortivos de hombres italianos o extranjeros que mostraron síntomas de envenenamiento, pero que habían ido a Nápoles con sus esposas. El proceso fue generalmente el mismo. La esposa, intranquila por la extraña conducta de su marido, lo observaba con atención, y cuando se presentaban las alucinaciones, lo convencía con todos los medios a su alcance para que se marcharan. El reflejo de volver al hogar era la reacción natural ante un peligro incomprensible. Los italianos, por su parte, se ponían ya en la fase inicial del envenenamiento bajo control psiquiátrico, casi siempre a instancias de la familia, y como es natural, esto significaba un cambio total de su modo de vida: el sujeto ya no conducía su coche, dejaba de tomar tabletas de Plimasin, interrumpía los baños medicinales, y los síntomas no tardaban en desaparecer. Estos casos abortivos pasaron desapercibidos durante las pesquisas debido a un detalle banal. Una de la personas allegadas a la víctima se presentaba siempre a anular el abono, y los libros de los balnearios registraban los saldos financieros, no el hecho de interrumpir el tratamiento, por lo que en ellos no se encontró ni rastro de las víctimas que lograron salvarse.

Había además otros factores que dificultaron la investigación. Nadie va por ahí proclamando que emplea un ungüento contra la calvicie. El que no se preocupaba de su calva, llevaba peluquín o se sometía a una operación se salvaba del peligro, ¿y a quién podía ocurrírsele semejante detalle? Quien no tomaba el preparado de hormonas y disfrutaba de buena salud no tenía nada de qué informar, y quien lo tomaba, perdía la vida. El producto suizo no se encontró entre los objetos de las víctimas porque el ungüento debía guardarse en la nevera, lo cual no es un inconveniente en casa, pero sí en un hotel, por lo que los hombres en cuestión no llevaban consigo el preparado y acudían a un peluquero local. El ungüento se aplicaba cada diez días, de modo que cada una de las víctimas se sometió en Nápoles una sola vez a este tratamiento, pero a nadie se le ocurrió durante la investigación la idea de preguntar en las peluquerías con qué producto masajeaban el cuero cabelludo de sus clientes.

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