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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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—La señora Gold sale del agua —anunció Pamela.

—Aquí venimos recogiendo nueces y flores... —canturreó Sara—. Aquí viene su esposa para llevárselo... llevárselo...

La señora Gold se acercó por la playa. Tenía una figura bonita, pero su gorro de baño era demasiado práctico para resultar favorecedor.

—¿No vienes, Douglas? —preguntó impaciente—. El mar está estupendo y caliente.

—Ahora mismo.

Douglas apresuróse a levantarse. Se detuvo un momento, que aprovechó Valentina Chantry para sonreírle.

Au revoir —dijo.

Gold y su esposa se alejaron.

Tan pronto como estuvieron fuera del alcance de su voz, Pamela dijo en tono de crítica:

—No me parece que haya obrado bien. El arrebatar al esposo del lado de otra mujer es siempre mala política. Da la impresión de demasiada autoridad, y a los hombres no les gusta.

—Sabe usted muchas cosas de los maridos, señorita Pamela —le dijo el general Barnes.

—¡De los de las demás... no del mío!

—¡Ah! Ahí es donde está la diferencia.

—Sí; pero, general, he aprendido un montón de «Esto No debe Hacerse».

—Bien, querida —dijo Sara—. Yo no me pondría un gorro de baño así por nada del mundo.

—Me parece una mujer muy sensible —dijo el general—. Una mujercita encantadora.

—Ha dado usted en el clavo, general —replicó Sara—. Pero usted sabe que existe un límite para la sensibilidad de la mujer. Me da la impresión de que no sería tan sensible tratándose de Valentina Chantry.

Y volviendo la cabeza exclamó en voz baja y excitada:

—Mírenle ahora. Es un nublado. Ese hombre debe tener un temperamento terrible.

El comandante Chantry había fruncido el ceño después de marcharse la pareja, y su aspecto era amenazador.

—¿Bien? —dijo Sara mirando a Poirot—. ¿Qué le parece todo esto?

Hércules Poirot no contestó con palabras, sino que nuevamente trazó un signo en la arena. El mismo signo... un triángulo.

—El eterno triángulo —musitó Sara—. Tal vez tenga razón. De ser así, vamos a pasarlo muy bien durante las próximas semanas.

Capítulo II

El señor Hércules Poirot sufrió una decepción en Rodas. Había ido a descansar y a disfrutar de sus vacaciones, y sobre todo para alejarse del crimen. Le dijeron que a finales de octubre Rodas estaría casi desierto... que era un lugar pacífico y apartado.

Eso era bastante cierto. Los Chantry, los Gold, Pamela, Sara, el general, él y dos parejas de italianos, eran los únicos huéspedes. Pero dentro de aquel círculo limitado la mente privilegiada de Poirot supo adivinar los acontecimientos que iban a ocurrir inevitablemente.

«Es que ya tengo mi mente estragada por el crimen —se dijo en tono de reproche—. ¡Es una indigestión! Y me imagino cosas que no existen.»

Pero seguía preocupado.

Una mañana, al bajar, encontró a la señora Gold sentada en la terraza y haciendo labor.

Al acercarse tuvo la impresión de que había ocultado a toda prisa un pañuelito.

La señora Gold tenía los ojos secos, pero demasiado brillantes. Y su saludo le pareció a Poirot demasiado alegre, como si quisiera disimular así su tristeza.

—Buenos días, señor Poirot —le dijo con tal entusiasmo que despertó sus sospechas.

No era posible que estuviera tan contenta de verle como pretendía. Al fin y al cabo no le conocía muy bien, y aunque Hércules Poirot era un hombre orgulloso en lo tocante a su profesión, era muy modesto al apreciar su atractivo personal.

—Buenos días, madame —respondió—. Otro día espléndido.

—Sí. ¿No es una suerte? Douglas y yo siempre tenemos suerte con el tiempo.

—¿De veras?

—Sí. La verdad es que siempre hemos tenido suerte juntos. Cuando uno ve tantos matrimonios que son desgraciados, señor Poirot, tantas parejas que se divorcian y demás, se siente agradecida por la propia felicidad.

—Me agrada oírle decir eso, madame.

—Sí. ¡Douglas y yo somos tan felices...! Nos casamos hace cinco años..., y hoy día cinco años de matrimonio es mucho tiempo.

—No me cabe la menor duda de que en algunos casos puede parecer una eternidad —replicó Poirot secamente.

—...pero en realidad creo que somos más felices ahora que cuando nos casamos. Estamos muy enamorados el uno del otro.

—Y naturalmente, eso es lo principal.

—Por eso me dan tanta pena los que no son felices.

—¿Se refiere usted...?

—¡Oh! Hablo en general, monsieur Poirot.

—Ya.

La señora Gold cogió una hebra de seda y continuó:

—Por ejemplo, la señora Chantry...

—Sí..., ¿la señora Chantry...?

—No creo que sea una mujer agradable.

—No, no; tal vez no.

—En realidad estoy convencida de que no lo es. Pero en cierto modo me da lástima, porque a pesar de su dinero y su belleza... y todo lo demás... —a la señora Gold le temblaban los dedos y no conseguía enhebrar la aguja— no es de la clase de mujeres que sepan conservar a un hombre. Creo que los hombres se cansan de ella con gran facilidad. ¿No lo cree usted así?

—Yo desde luego me cansaría de su conversación antes de que hubiera transcurrido mucho tiempo —replicó Poirot con cautela.

—Sí, eso es lo que quiero decir. Desde luego, posee cierto atractivo... —la señora Gold vacilaba, con los labios temblorosos. Un observador menos astuto que Hércules Poirot no hubiera pasado por alto su desasosiego. Continuó diciendo de modo incongruente:

—¡Los hombres son como niños! Lo creen todo...

Se inclinó sobre su bordado, y Hércules Poirot consideró prudente cambiar de tema.

—¿No se baña esta mañana? —le preguntó—. ¿Y su esposo?

La señora Gold contestó en el tono más desafiante:

—No, esta mañana, no. Dijimos que iríamos a ver las murallas de la ciudad antigua. Pero no sé cómo ha sido... el caso es que no nos encontramos, y se marcharon sin esperarme.

El plural era revelador, mas antes de que Poirot pudiera decir nada, el general Barnes subió a la playa y se dejó caer en una silla junto a ellos.

—Buenos días, señora Gold. Buenos días, señor Poirot. ¿Han desertado los dos esta mañana? ¡Cuántos ausentes! Ustedes, el señor Gold y la señora Chantry. ¿Dónde han ido?

—¿Y el comandante Chantry? —preguntó Poirot en tono indiferente.

—Oh, no, está en la playa. La señorita Pamela le tiene acaparado —el general rió—. ¡Le está resultando un poco difícil! Es de esos hombres duros y silenciosos que aparecen en las novelas.

Marjorie Gold, dijo estremeciéndose:

—Ese hombre me asusta un poco. Algunas veces está tan... tan sombrío... ¡Como si fuera capaz de hacer... cualquier cosa!

Volvió a estremecerse.

—Supongo que no debe hacer bien las digestiones —dijo el general en tono alegre—. La dispepsia es responsable de muchas melancolías románticas o genios ingobernables.

Marjorie Gold le dirigió una sonrisa cortés.

—¿Y dónde está su esposo? —preguntó el general.

La respuesta llegó sin vacilación... en tono alegre y natural.

—¿Douglas? Ha ido a la ciudad con la señora Chantry. Creo que han ido a echar un vistazo a las murallas.

—¡Aja...!, sí... muy interesante. La época de los caballeros y demás. Tendría que haber ido usted también, mi querida señora.

—Creo que he bajado demasiado tarde —replicó la señora Gold.

Y poniéndose en pie al tiempo que murmuraba una excusa, se dirigió al hotel.

El general Barnes la miraba marchar con expresión preocupada y moviendo la cabeza con pesar.

—Es una mujercita encantadora. Vale más que una docena de muñecas pintarrajeadas como alguna cuyo nombre no menciono. ¡Ja! ¡Su marido es tonto! No sabe lo que tiene.

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