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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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La señora Gold susurró feliz dirigiéndose a la señorita Lyalclass="underline"

—¡Qué mujer más hermosa!

Pamela, que disfrutaba tanto dando informaciones como recibiéndolas, dijo en voz baja:

—Es Valentina Chantry... Antes se llamaba Valentina Dacress... Es maravillosa, ¿verdad? Él está loco por ella... ¡no la pierde de vista ni un instante!

La señora Gold miró una vez más hacia el mar y luego comentó:

—El mar está realmente precioso... y tan azul. Creo que debemos bañarnos ahora, ¿no te parece, Douglas?

Él seguía contemplando a Valentina Chantry y tardó un poco en contestar. Cuando lo hizo fue con aire ausente:

—¿Bañarnos? Oh, sí, desde luego, dentro de un minuto.

Marjorie Gold se puso en pie y avanzó hacia las olas.

Valentina, colocándose de lado, fijó su mirada en Douglas Gold, y su boca roja se curvó en una sonrisa.

A Douglas Gold se le puso el cogote encarnado.

Valentina Chantry dijo a su marido:

—Tony, querido..., ¿te importaría ir a buscarme un tarro de crema? Está encima del tocador. Quería traerlo y se me ha olvidado. Tráemelo... Eres un ángel.

El comandante, obediente, emprendió el camino del hotel.

Marjorie Gold se lanzó al mar, gritando:

—Está estupendo, Douglas... caliente. Ven.

—¿No va usted a bañarse? —le preguntó Pamela Lyall.

—¡Oh! —exclamó él distraído—. Primero quiero calentarme bien.

Valentina Chantry mantuvo la cabeza erguida unos momentos como si fuera a llamar a su esposo... pero éste estaba ya en el jardín del hotel.

—Me gusta meterme en el agua en el último momento —explicó el señor Gold.

La señora Chantry volvió a incorporarse y cogió un frasco de aceite bronceador. Al parecer, encontraba dificultad en abrirlo... el tapón se resistía a pesar de sus esfuerzos.

—¡Oh!, vaya... —dijo en voz alta—. ¡No puedo destaparlo!

Lanzó una mirada hacia el grupo.

—Tal vez ustedes...

Poirot, siempre galante, se puso en pie, mas Douglas Gold tenía la ventaja de su juventud y elasticidad, y estuvo a su lado al instante.

—¿Quiere que la ayude?

—¡Oh, gracias...! —volvía a ser la dulzura personificada—. Es usted tan amable. Soy tan torpe para estas cosas... siempre lo hago al revés. ¡Oh! ¡Ya lo ha destapado! ¡Muchísimas gracias...!

Hércules Poirot sonrió para sus adentros, y poniéndose en pie echó a andar por la playa en dirección contraria. No llegó muy lejos, pero empleó bastante tiempo. Cuando regresaba, la señora Gold salía del agua y fue a reunirse con él. Había estado nadando, y su rostro, bajo una gorra de baño nada favorecedora, estaba radiante.

Dijo casi sin aliento:

—Me encanta el agua. Y aquí está tan caliente y maravillosa.

Comprendió que era una bañista entusiasta.

—Douglas y yo tenemos locura por el mar —siguió diciendo—. Él se pasa horas en el agua.

Y Hércules Poirot dirigió su mirada por encima del hombro de su interlocutora al lugar donde aquel entusiasta nadador estaba charlando con Valentina Chantry.

Su esposa dijo:

—No comprendo por qué no viene...

Su voz tenía un ligero matiz de asombro.

Poirot posó su mirada pensativa en la persona de Valentina Chantry, considerando que otras mujeres se habrían hecho aquella misma pregunta en distintas ocasiones.

Percibió que la señora Gold contenía el aliento y dijo en tono frío:

—Supongo que se cree muy atractiva, pero a Douglas no le agrada ese tipo de mujer.

La señora Gold volvió a zambullirse y nadó hacia dentro con brazadas lentas y seguras.

Poirot dirigió sus pasos hacia el grupo sentado en la playa, y que se había visto aumentado por la llegada de un viejo militar, el general Barnes, un veterano que siempre se rodeaba de juventud. Ahora hallábase sentado entre Pamela y Sara, discutiendo con la primera diversos escándalos con profusión de detalles.

El comandante Chantry había regresado, y él y Douglas Gold estaban sentados uno a cada lado de Valentina.

Valentina charlaba con facilidad con su dulce y acariciadora voz, volviendo la cabeza ora hacia un hombre, ora hacia el otro.

Estaba terminando de contar una anécdota.

—... ¿y qué cree usted que dijo aquel tonto? «Puede que haya sido sólo un momento, pero yo la reconocería en cualquier parte.» ¿No es cierto, Tony? A mí me pareció muy amable. El mundo es tan bueno... quiero decir, que todo el mundo es bueno conmigo siempre. No sé por qué... pero lo son. Pero yo dije a Tony..., ¿recuerdas, querido...? «Tony, si tienes que tener celos de alguien, puedes tenerlos de ese comisario.» Porque, desde luego, era encantador...

Hubo una pausa y Douglas Gold dijo:

—Algunos de esos comisarios... son buenísimas personas.

—Oh, sí... pero se tomó tantas molestias... la verdad, muchísimas... y parecía tan complacido por poder ayudarme...

—Eso no tiene nada de extraño —repuso Douglas Gold—. Estoy seguro de que cualquiera lo haría por usted.

—¡Qué galante es usted! —exclamó encantada—. ¿Tony, has oído?

El comandante Chantry lanzó un gruñido.

—Tony nunca me dice cosas bonitas..., ¿verdad, corderito mío?

Y su mano blanca, de uñas largas y rojas, jugueteó con sus cabellos oscuros.

Él le dirigió una mirada de soslayo mientras Valentina murmuraba:

—La verdad es que no sé cómo me soporta. Es tan inteligente... y yo no digo más que tonterías, pero no parece importarle. A nadie le importa lo que yo diga o haga... Todos me rechazan. Estoy segura de que eso me perjudica extraordinariamente.

El comandante Chantry dijo dirigiéndose al otro hombre:

—¿Es su esposa la que está en el agua?

—Sí. Supongo que ya es hora de que vaya a reunirme con ella.

Valentina murmuró:

—Pero se está tan bien aquí al sol... No debe bañarse todavía. Tony, querido, no creo que me bañe hoy... Es el primer día que vengo a la playa y podría resfriarme. Pero, ¿por qué no te bañas ahora, Tony querido? El señor... el señor Gold me hará compañía mientras tanto.

Chantry replicó bastante ceñudo:

—No, gracias. Aún no me apetece. Creo que su esposa le está haciendo señas, Gold.

—¡Qué bien nada su esposa! —dijo Valentina—. Estoy segura que es de esas mujeres que todo lo hacen bien. Siempre me han asustado, porque tengo la impresión de que me desprecian. Yo lo hago todo tan mal... soy una completa nulidad, ¿verdad, Tony querido?

Nuevamente el comandante Chantry limitóse a gruñir.

—Eres demasiado bueno para admitirlo —le dijo su esposa en tono afectuoso—. Los hombres sois tan leales... eso es lo que más me gusta. Yo creo que los hombres son mucho más leales que las mujeres... y nunca dicen cosas desagradables. Las mujeres siempre me han parecido bastante mezquinas.

Sara Blake se volvió a Poirot, murmurando:

—¡Un ejemplo de mezquindad, insinuar que la querida señora Chantry no es una absoluta perfección! ¡Qué estúpida es esa mujer! La verdad es que me parece la más tonta de cuantas he conocido. No sabe hacer otra cosa que decir «Tony querido», y poner los ojos en blanco. Imagino que en vez de cerebro tiene algodón en rama.

Poirot alzó sus expresivas cejas.

Un peu sévére!

—Oh, sí. Puede considerarla una auténtica «gata», si quiere. ¡Desde luego, tiene sus métodos! ¿Es que no puede dejar tranquilo a ningún hombre? Su esposo parece un nublado.

—La señora Gold nada muy bien.

—Sí, no es como nosotras, que nos molesta mojarnos. Me pregunto si la señora Chantry se bañará algún día mientras esté aquí.

—¡Qué va! —replicó el general Barnes—. No se arriesgará a descomponer su maquillaje. No es que no sea atractiva, aunque tal vez sea algo exagerada.

—Ahora le mira a usted, general —dijo Sara con mala intención—. Y se equivoca en lo del maquillaje. Hoy en día son todos fabricados a prueba de besos y de agua.

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