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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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Poirot le acercó una butaca, que ella ocupó, mas al alzar la vista y ver el espejo roto estremecióse e hizo lo posible por ladear un poco su asiento.

—Gervasio está aún aquí —dijo en tono casual— ¡Pobre Gervasio!... Ahora pronto estará libre.

Poirot carraspeó antes de anunciar:

—Les he pedido que vinieran aquí para que pudiesen conocer los hechos verdaderos del suicidio de sir Gervasio.

—Fue el Destino —dijo lady Chevenix-Gore—. Gervasio era fuerte, pero la Fatalidad lo fue aún más.

El coronel Bury inclinóse un poco hacia delante.

—Vanda..., querida.

Sonriendo, le tendió su mano, que él tomó entre las suyas, mientras ella decía suavemente:

—Eres un consuelo, Ned.

Ruth dijo en tono irritado:

—¿Hemos de entender que ha averiguado definitivamente la causa del suicidio de mi padre, señor Poirot?

El detective meneó la cabeza.

—No, madame.

—¿Entonces a qué viene ese galimatías?

Poirot replicó sin inmutarse:

—Ignoro la causa del suicidio de sir Gervasio Chevenix-Gore, porque sir Gervasio Chevenix-Gore no se suicidó. No se quitó la vida, puesto que le asesinaron.

—¿Asesinado?

Varias voces repitieron la palabra, y todos los rostros volviéronse hacia él sobresaltados. Lady Chevenix-Gore, alzando los ojos, exclamó:

—¿Asesinado? ¡Oh, no! —y meneó la cabeza de un lado a otro.

—¿Asesinado ha dicho usted? —era Hugo quien había hablado—. Imposible. No había nadie en la habitación cuando entramos. La ventana estaba cerrada, la puerta también, y la llave la tenía mi tío en el bolsillo. ¿Cómo pudieron matarle?

—Sin embargo, le asesinaron.

—¿Y el asesino escapó por el agujero de la cerradura, supongo? —dijo el coronel Bury en tono escéptico—. ¿O voló por la chimenea?

—El asesino —dijo Poirot— salió por el ventanal. Ahora voy a demostrarle cómo.

Y repitió las maniobras del ventanal.

—¿Lo ven? ¡Así es como lo hizo! Desde el primer momento no me pareció probable que sir Gervasio se hubiera suicidado. Había dado siempre muestras de egomanía, y un hombre así no se quita la vida.

»¡Y hay otras muchas cosas! Aparentemente, antes de morir, sir Gervasio se había sentado ante su escritorio para escribir "LO LAMENTO" ante una hoja de papel, y luego se pegó un tiro. Pero antes de hacerlo, por una u otra razón, varió la posición de su butaca, volviéndola de modo que quedara al lado del escritorio. ¿Por qué? Tenía que haber una explicación. Y comencé a ver la luz cuando descubrí un pedacito diminuto de cristal pegado en una de esas pesadas estatuillas de bronce...

»Me pregunté cómo era posible que aquel pedacito de espejo roto hubiera llegado hasta allí... y se me ocurrió una explicación. El espejo no había sido roto por la bala, sino por haber sido golpeado con la pesada figura de bronce. Aquel espejo había sido roto con toda intención. Pero ¿por qué? Volví al escritorio y miré la butaca. Sí, entonces lo comprendí. Todo estaba equivocado. Ningún suicida cambia su asiento de lugar, se inclina hacia uno de sus lados y se pega un tiro. Todo fue dispuesto de aquella manera para que pareciese un suicidio.

»Y ahora llegamos a algo muy interesante. La declaración de la señorita Cardwell. La señorita Cardwell dijo que bajó corriendo porque creyó haber oído el segundo batintín. Es decir, pensó que ya había sonado el primero. Ahora fíjense bien, si sir Gervasio estaba sentado ante su mesa en forma normal cuando le dispararon, ¿adonde hubiera ido la bala? Viajando en línea recta, hubiera salido por la puerta, si estaba abierta, ¡y hubiera dado en el batintín!

»¿Comprenden ahora la importancia de la declaración de la señorita Cardwell? Nadie más había oído el primer batintín, pero es que su habitación está precisamente encima de ésta y se encontraba en la mejor situación para oírlo. ¿Recuerdan que fue sólo una nota...?

»No cabía la posibilidad de que sir Gervasio se hubiera pegado un tiro. Un muerto no puede levantarse, cerrar la puerta con llave y colocarse en una posición conveniente. Otra persona era la responsable, y por lo tanto no fue suicidio, sino asesinato. Alguien cuya presencia fue fácilmente aceptada por sir Gervasio y que estaba de pie a su lado hablando con él. Sir Gervasio tal vez estaba escribiendo. El asesino acercó la pistola al lado derecho de su cabeza y disparó. ¡El crimen se ha realizado! ¡Entonces a trabajar de prisa! El asesino se calza unos guantes. Cierra la puerta y coloca la llave en el bolsillo de sir Gervasio. Pero ¿y si alguien ha oído la nota del batintín? Entonces se sabría que la puerta estaba abierta y no cerrada cuando se efectuó el disparo. Así que cambia de posición la butaca, coloca la pistola en la mano del difunto y entonces rompe el espejo adrede. En seguida el asesino sale por el ventanal, que luego cierra como les he demostrado, y pisa, no en la hierba, sino en el arriate, donde sus huellas puedan ser disimuladas más tarde; luego da la vuelta a la casa y penetra en el salón. —Hizo una pausa y luego continuó: —Sólo había una persona en el jardín cuando sonó el disparo. La misma que dejó sus pisadas en el arriate y sus huellas dactilares en la parte exterior del ventanal.

Se aproximó a Ruth.

—Y usted tenía un motivo, ¿verdad? Su padre estaba enterado de su matrimonio secreto y estaba dispuesto a desheredarla.

—¡Es mentira! —La voz de Ruth sonó clara y enojada—. En esa historia no hay una sola palabra de verdad. ¡Es mentira desde el principio al final!

—Las pruebas contra usted son muy fuertes, madame. Es posible que un jurado la crea... o no.

—No tendrá que enfrentarse con un jurado.

Todos se volvieron a mirar, sobresaltados. La señorita Lingard se había puesto en pie, con el rostro alterado y temblando como una azogada.

—Yo le maté. ¡Lo confieso! Tenía mis razones. Yo... yo había estado esperando algún tiempo. El señor Poirot tiene razón. Le seguí hasta aquí. Antes había cogido la pistola del cajón. Me puse a su lado hablándole del libro... y disparé. Eso fue poco antes de las ocho. La bala dio en el batintín. Nunca imaginé que pudiera atravesarle la cabeza. No había tiempo para salir a buscarla. Cerré la puerta y puse la llave en el bolsillo. Luego di vuelta a la silla, rompí el espejo, y después de escribir «LO LAMENTO» en un pedazo de papel, salí por el ventanal, cerrándolo del modo que les ha demostrado el señor Poirot. Pasé por encima del arriate, pero luego hice desaparecer mis huellas con un rastrillo que había dejado preparado. Después fui al salón, donde había dejado el ventanal abierto. Ignoraba que Ruth había salido por allí. Debió ir hacia la parte delantera de la casa mientras yo iba a la de atrás. Tuve que esconder el rastrillo en el cobertizo. Esperé en el salón hasta que oí que alguien bajaba la escalera y que Snell iba a tocar el batintín y entonces...

Miró a Poirot.

—¿No sabe lo que hice entonces?

—Sí que lo sé. Encontró la bolsa en el cesto de los papeles. Fue una idea muy ingeniosa. Hizo usted lo que les encanta a los niños. Hinchó la bolsa de aire y luego hizo estallar. Después la arrojó a la papelera y salió corriendo al vestíbulo. De este modo establecía la hora del crimen... y una coartada para sí misma. Pero aún había una cosa que la inquietaba. No había tenido tiempo de recoger la bala. Debía estar cerca del batintín, y era esencial que la encontrasen en el despacho, cerca del espejo. Ignoro cuándo se le ocurrió la idea de apoderarse del lápiz del coronel Bury...

—Fue precisamente entonces —explicó la señorita Lingard—. Cuando todos entramos en el salón. Me sorprendió ver a Ruth en la habitación. Comprendí que debía de llegar del jardín y que entró por el ventanal. Entonces vi el lápiz del coronel Bury sobre la mesa del bridge y lo escondí en mi bolso. Si luego alguien me veía recoger la bala, podría decir que había sido el lápiz. A decir verdad, creí que nadie me había visto cogerla. La dejé caer junto al espejo mientras ustedes miraban el cadáver. Y cuando usted sacó a relucir ese tema me alegré de haber pensado en recoger el lápiz.

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