Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
—¿De quién son? ¿Del jardinero?
—Mademoiselle, mademoiselle. Estas huellas han sido hechas por un zapatito femenino y de tacón alto. Mire, convénzase. Le ruego que pise en la tierra al lado de ellas.
Susana vaciló un instante, pero al fin colocó su pie en el lugar indicado por Poirot. Llevaba unos zapatos de tacón alto de piel color castaño oscuro.
—¿Ve? La suya es casi de la misma medida. Casi, pero no igual. Estas otras están hechas por un pie bastante más grande que el suyo. Quizá por la señorita Chevenix-Gore... la señorita Lingard... o lady Chevenix-Gore.
—No, lady Chevenix-Gore tiene el pie muy pequeño. Las mujeres de antes los tenían así... quiero decir que en aquellos tiempos procuraban tenerlo. Y la señorita Lingard siempre lleva zapatos planos.
—Entonces son de la señorita Chevenix-Gore. ¡Ah, sí, recuerdo que me dijo que ayer tarde estuvo en el jardín!
—¿Seguimos investigando? —preguntó Susana.
—Pues claro. Ahora iremos al despacho de sir Gervasio.
Abrió la marcha y Susana Cardwell avanzó tras él.
La puerta seguía colgando, medio arrancada, y la habitación estaba igual que la noche anterior. Poirot descorrió las cortinas para que entrase la luz del día.
Estuvo contemplando el arriate un par de minutos y al cabo dijo:
—Supongo, mademoiselle, que usted no habrá tenido amistad con ladrones...
Susana Cardwell meneó la cabeza con pesar.
—Me temo que no, monsieur Poirot.
—El primer inspector tampoco tiene la ventaja de haber intimado con ellos. Sus relaciones con las clases delincuentes han sido siempre estrictamente oficiales. Yo soy distinto. En cierta ocasión tuve una charla muy interesante con un ladrón. Me contó cosas sorprendentes acerca de los ventanales de este tipo... un juego que puede emplearse cuando el pestillo está lo suficientemente flojo.
Y mientras hablaba accionó la manija, de modo que la barra central se soltase, permitiendo que Poirot tirara de las dos puertas del ventanal para abrirlo. Una vez hecho esto, volvió a cerrar... sin girar la manija, de modo que la barra no se encajase. Soltó la manija, aguardó un instante y luego descargó un fuerte golpe en el centro de la barra, haciendo que, debido a la vibración producida por el golpe, se deslizara en su agujero... al mismo tiempo que la manija volvía a su sitio.
—¿Ve usted, mademoiselle?
—Creo que sí.
Susana se había puesto pálida.
—El ventanal ahora está cerrado. Es imposible entrar en una habitación estando cerrado el ventanal, pero es posible salir de ella, cerrar las puertas desde fuera, darle un golpe como yo he hecho de modo que la barra baje hasta introducirse en el agujero del suelo haciendo girar la manija. Entonces queda herméticamente cerrado, y cualquiera al verlo diría que había sido cerrado por dentro.
—¿Es eso... —la voz de Susana tembló un tanto— es eso lo que ocurrió anoche?
—Me parece que sí, mademoiselle.
—No creo una palabra —dijo realmente con violencia.
Poirot no replicó. Fue hasta la chimenea, desde donde se volvió para decirle:
—Mademoiselle, la necesito como testigo. Ya tengo otro, el señor Trent. Me vio recoger un pedacito de cristal ayer noche y le hable de él. Yo lo dejé donde estaba para que lo viera la policía. Incluso dije al primer inspector lo importante que era el espejo roto, pero no supo captar mi indirecta. Ahora usted es testigo de que se coloca este pedacito de cristal, sobre el cual ya llamé la atención del señor Trent, recuérdelo, en un sobrecito... así —unió la acción a la palabra—. Y escribo en él... así y lo cierro. ¿Es usted testigo, mademoiselle?
—Sí... pero... pero ignoro lo que significa.
Poirot dirigióse al otro lado de la habitación, y de pie detrás de la mesa escritorio estuvo contemplando el espejo roto que había en la pared, frente a él.
—Voy a decirle lo que significa, mademoiselle. Si usted hubiera estado aquí ayer noche, mirando ese espejo, hubiese podido ver cómo se cometía el crimen...
Capítulo XII
Por primera vez en su vida, Ruth Chevenix-Gore... ahora Ruth Lake... bajó a tiempo para desayunarse. Hércules Poirot se encontraba en el vestíbulo y se apartó ceremoniosamente a un lado para cederle el paso.
—Tengo que hacerle una pregunta, madame.
—¿Sí?
—Ayer noche estuvo usted en el jardín. ¿Pisó usted el arriate que hay ante el ventanal del despacho de sir Gervasio?
Ruth le miró extrañada.
—Sí, dos veces.
—¡Ah! Dos veces. ¿Cómo dos veces?
—La primera estaba cogiendo margaritas. Eso fue a eso de las siete.
—¿No es una hora un poco rara para coger flores?
—Sí, en verdad lo es. Había arreglado las flores ayer por la mañana, pero después del té Vanda dijo que las que había encima de la mesa del comedor no eran lo bastante frescas. A mí me parecieron bien y por eso no las había cambiado.
—Pero su madre le pidió que las cambiara. ¿Es así?
—Sí. De modo que salí antes de las siete. Las corté de esa parte del arriate porque casi nadie va por allí y no importa estropear el efecto.
—Sí, sí, pero ¿y la segunda vez? Usted dijo que fue dos veces.
—Eso fue poco antes de cenar. Me había caído una gota de brillantina en el vestido... precisamente en el hombro. No quise molestarme en cambiarme, y ninguna de las flores artificiales que tengo iban bien con el amarillo de mi traje. Recordé haber visto una rosa cuando estaba cogiendo las margaritas, de modo que fui a cortarla y me la prendí en el hombro.
Poirot asintió lentamente con la cabeza.
—Sí, recuerdo que ayer noche llevaba usted una rosa. ¿A qué hora fue a cortarla, madame?
—La verdad, no lo sé.
—Pero es esencial, madame. Piense... haga memoria...
Ruth frunció el entrecejo.
—No puedo precisarlo —dijo al fin—. Debió ser... oh, claro, debió ser a eso de las ocho y cinco. Cuando iba a entrar en la casa oí sonar el batintín y luego aquella extraña detonación. Iba de prisa porque creía que era el segundo batintín y no el primero.
—¡Ah!, de modo que usted pensó que era el segundo... ¿Y no trató de abrir el ventanal mientras estuvo en el arriate?
—Pues, a decir verdad, sí. Pensé que tal vez estuviera abierto y por allí hubiese adelantado camino, pero estaba cerrado.
—Así queda todo explicado la felicito, madame.
Ella le miró extrañada.
—¿Qué quiere usted decir?
—Que tiene explicación para todo... para las huellas de sus zapatos..., el pedacito de barro pegado a la suela... y sus huellas dactilares encontradas en la parte exterior del ventanal. Todo muy conveniente.
Antes de que Ruth pudiera contestar, la señorita Lingard bajó corriendo la escalera con las mejillas arreboladas y se sorprendió un tanto al ver a Poirot y Ruth juntos.
—Les ruego me perdonen —dijo—. ¿Ocurre algo?
Ruth replicó furiosa:
—¡Creo que el señor Poirot se ha vuelto loco!
Y dando media vuelta dirigióse al comedor mientras la señorita Lingard volvió su rostro asombrado hacia Poirot.
—Después del desayuno —le dijo— se lo explicaré. Me gustaría que se reunieran todos a las diez en el despacho de sir Gervasio.
Y repitió su petición al entrar en el comedor.
Susana Cardwell le dirigió una mirada rápida, desviándola luego para fijarla en Ruth. Hugo dijo:
—¿Eh? ¿Qué es lo que pretende?
Susana le dio un codazo y él se calló, obediente.
Cuando el desayuno hubo terminado, Poirot se puso en pie para dirigirse a la puerta, desde la que se volvió, sacando un reloj anticuado.
—Son las diez menos cinco. Dentro de cinco minutos... en el despacho.
Poirot miró a su alrededor y estuvo contemplando el círculo de rostros interrogantes. Todo el mundo estaba allí, con una sola excepción... y en aquel preciso momento la excepción hizo acto de presencia. Lady Chevenix-Gore penetró en la estancia con paso suave y lánguido. Parecía enferma y demacrada.