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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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Con gestos rutinarios, Lisa selló el frasco y firmó la etiqueta; luego salió para poner la muestra en el frigorífico portátil que llevaban en el maletero del automóvil. Dejó a Jeannie que terminara sola la entrevista.

Mientras completaba la última serie de preguntas del cuestionario, Jeannie deseó poder tener a Steve y Dennis juntos en el laboratorio durante una semana. Pero eso no iba a ser posible en el caso de muchas de sus parejas de gemelos. En su estudio de delincuentes se encontraría frecuentemente con el problema de que algunos de sus sujetos estaban en la cárcel. Las pruebas más complejas, que necesitaban instrumentos de laboratorio, no se le podrían hacer a Dennis hasta que estuviera fuera de la prisión, si es que salía alguna vez. Jeannie tendría que resignarse. Necesitaría una enorme cantidad de datos adicionales con los que trabajar.

Terminó el último cuestionario.

– Gracias por su paciencia, señor Pinker -dijo.

– Aún no me has dado tus bragas -repuso el presidiario fríamente.

– Vamos, Pinker -dijo Robinson-, has sido bueno toda la tarde, no lo estropees ahora.

Dennis lanzó al guardia una mirada de absoluto desprecio. Luego se dirigió a Jeannie:

– Robinson tiene un pánico cerval a las ratas, ¿no lo sabías, dama psicóloga?

Una súbita angustia se apoderó de Jeannie. Allí había algo que se le escapaba. Procedió a ordenar apresuradamente sus papeles.

Robinson parecía incómodo.

– Odio las ratas, es verdad, pero no me asustan.

– ¿Ni siquiera esa tan enorme de color gris que hay en el rincón? -señaló Dennis.

Robinson giró en redondo. No había ninguna rata en el rincón, pero en cuanto Robinson les dio la espalda, Dennis se llevó la mano al bolsillo y sacó un apretado envoltorio. Actuó con tal rapidez que Jeannie ni siquiera sospechó lo que estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde. Dennis desplegó un manchado pañuelo de color azul en cuyo interior apareció una gorda rata gris de larga cola rosada. Jeannie se estremeció. No era aprensiva, pero había algo profundamente horripilante en la contemplación de aquella rata amorosamente acogida en el hueco de las manos que habían estrangulado a una mujer.

Antes de que Robinson hubiese vuelto de nuevo la cabeza, Dennis ya había soltado la rata.

El roedor corrió a través del cuarto.

– ¡Allí, Robinson, allí! -gritó Dennis.

Robinson se revolvió, avistó a la rata y palideció.

– ¡Mierda! -rezongó, al tiempo que tiraba de la porra.

La rata corrió a lo largo del zócalo, buscando un lugar donde esconderse. Robinson la persiguió, tratando de golpearla con la porra. Ocasionó una serie de señales negras en la pared, pero no alcanzó a la rata.

Un timbre de alarma se disparó en el cerebro de Jeannie mientras observaba a Robinson. Allí había algo que no encajaba, algo que no tenía sentido. Se trataba de una broma. Pero Dennis no tenía nada de bromista, era un pervertido sexual y un asesino. Lo que acababa de hacer no era propio de su personalidad. A menos, comprendió con un temblor de pánico, que se tratara de una maniobra de diversión y Dennis tuviese otro objetivo…

Jeannie notó que algo le tocaba el pelo. Dio media vuelta en la silla y su corazón pareció interrumpir los latidos.

Dennis se había movido y estaba allí de pie, muy cerca de ella. Mantenía ante los ojos de Jeannie lo que parecía un cuchillo de fabricación casera: una cuchara de hojalata cuya pala se había aplanado y afilado hasta terminar en punta.

Jeannie quiso gritar, pero la voz se le estranguló en la garganta. Un segundo antes creía estar completamente a salvo; ahora, un asesino la amenazaba con un cuchillo. ¿Cómo pudo ocurrir aquello con tal rapidez? La sangre parecía haber desaparecido de su cerebro y a duras penas podía pensar.

Dennis la cogió del pelo con la mano izquierda y agitó la punta del cuchillo tan cerca de sus ojos que no pudo enfocar la vista sobre el arma. El recluso se inclinó para hablarle al oído. Dennis olía a sudor y su aliento se proyectó cálido contra la mejilla de Jeannie.

La voz era baja hasta el punto de que la doctora casi no podía oírla por encima del ruido que producía Robinson.

– Haz lo que te digo si no quieres que te rebane el globo de los ojos.

Jeannie se disolvió en terror.

– ¡Oh, Dios, no, que no me quede ciega! -suplicó.

Oír su propia voz en aquel extraño tono de rendición humillante la hizo recobrar en cierta medida los sentidos. Trató desesperadamente de concentrarlos y pensar. Robinson seguía persiguiendo a la rata: estaba ajeno por completo a lo que tramaba Dennis. Se encontraban en el corazón de una cárcel estatal y ella disponía de un guardia armado; sin embargo, estaba a merced de Dennis. ¡Qué convencida estaba, equivocadamente, unas horas antes, de que podría hacérselas pasar muy negras si la atacaba! Empezó a temblar de miedo.

Dennis le dio un doloroso tirón del pelo, hacia arriba, obligándola a ponerse en pie.

– ¡Por favor! -articuló Jeannie. Antes de acabar la frase ya estaba odiándose a si misma por implorar de aquella forma tan denigrante, pero se sentía demasiado aterrada para interrumpir su súplica-. Haré cualquier cosa!

Notó en su oreja el roce de los labios de Dennis.

– ¡Quítate las bragas! -le susurró.

Jeannie se quedó helada. Estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera, por vergonzoso que fuese, con tal de escapar. No sabía cómo reaccionar. Trató de localizar a Robinson. El guardia estaba fuera de su campo visual, detrás de ella, pero Jeannie no se atrevió a volver la cabeza porque tenía la punta del cuchillo casi pegada al ojo.

Sin embargo, le oía maldecir a la rata y descargar golpes con la porra, por lo que resultaba evidente que aún no se había percatado de lo que estaba haciendo Dennis.

– No tengo mucho tiempo -murmuró Dennis con voz que parecía un soplo de viento gélido-. Si no haces lo que quiero, jamás volverás a ver brillar el sol.

Le creyó. Acababa de concluir el examen psicológico de tres horas al que le había sometido y estaba perfectamente enterada de la clase de individuo que era. Carecía de conciencia, era incapaz de sentir culpabilidad o remordimiento. Si ella no cumplía los deseos de Dennis, este la mutilaría sin vacilar.

Pero ¿qué iba a hacer Dennis después de que ella se quitara las bragas?, pensó desesperadamente. ¿Se daría por satisfecho y apartaría de su cara la hoja del cuchillo? ¿La rajaría de todas formas? ¿O querría algo más?

¿Por qué no podía Robinson matar de una vez a aquella maldita rata?

– ¿Rápido! -siseó Dennis.

¿Qué podía ser peor que la ceguera?

– Está bien -gimió Jeannie.

Se agachó torpemente, con Dennis aún agarrándola del pelo y apuntándola con el cuchillo. A tientas, se levantó las faldas de su vestido de hilo y se bajó las minúsculas braguitas blancas de algodón. Se sentía llena de vergüenza, aunque la razón le decía que aquello no era culpa suya. Volvió a bajarse las faldas del vestido apresuradamente y cubrió su desnudez. Luego levantó los pies alternativamente para desprenderse de las bragas y, de una patada, las envió a través del piso de baldosas grises de plástico.

Se sintió espantosamente vulnerable.

Dennis la soltó, recogió las bragas, las oprimió contra su rostro y respiró a través de ellas con los ojos cerrados en éxtasis.

Jeannie le contempló, horrorizada ante aquella intimidad forzosa. Incluso, aunque Dennis ni siquiera la tocaba, se estremeció asqueada.

¿Qué pensaba hacer Dennis a continuación?

La porra de Robinson produjo un repugnante chasquido de aplastamiento. Jeannie volvió la cabeza y vio que por fin había alcanzado a la rata. El palo había golpeado la mitad posterior del rollizo cuerpo y las baldosas grises presentaban una mancha roja. El roedor ya no corría pero aún estaba vivo, con los ojos abiertos y la parte delantera moviéndose al ritmo de la respiración. Robinson descargó otro golpe, destrozándole la cabeza. La rata dejó de moverse y una especie de légamo grisáceo rezumó del destrozado cráneo.

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