El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—Así es —dijo el Abad—. ¿Veis este crucifijo? Aún no está completo… —lo cogió con infinito amor y lo contempló con el rostro iluminado por la beatitud—: Todavía faltan unas perlas aquí; no he encontrado aún las que se ajusten a sus dimensiones. San Andrés dijo que en la cruz del Gólgota los miembros de Cristo eran como otros tantos adornos de perlas. Y de perlas han de ser los adornos de este humilde simulacro de aquel gran prodigio. Aunque también me ha parecido conveniente hacer engastar aquí, justo sobre la cabeza del Salvador, el más bello diamante que jamás hayáis visto —con sus manos devotas, con los largos dedos blancos, acarició las partes más preciosas del santo madero, mejor dicho, del santo marfil, porque de esa espléndida materia estaban hechos los brazos de la cruz—. Cuando me deleito contemplando todas las bellezas de esta casa de Dios, y el encanto de las piedras multicolores borra las preocupaciones externas, y una digna meditación me lleva a considerar, transfiriendo lo material a lo inmaterial, la diversidad de las virtudes sagradas, tengo la impresión de hallarme, por decirlo así, en una extraña región del universo, aún no del todo libre en la pureza del cielo, pero ya en parte liberada del fango de la tierra. Y me parece que, por gracia de Dios, puedo alejarme de este mundo inferior para alcanzar el superior, por vía anagógica…[63]
Mientras así hablaba había vuelto el rostro hacia la nave. Una ola de luz que penetraba desde lo alto lo estaba iluminando —especial benevolencia del astro diurno— en el rostro y en las manos, que, arrobado de fervor, tenía abiertas y extendidas en forma de cruz.
—Toda criatura —dijo—, ya sea visible o invisible, es una luz, hija del padre de las luces. Este marfil, este ónix, pero también la piedra que nos rodea, son una luz, porque yo percibo que son buenos y bellos, que existen según sus propias reglas de proporción, que difieren en género y especie del resto de los géneros y especies, que están definidos por sus correspondientes números, que se ajustan a sus respectivos órdenes, que buscan los lugares que les son propios, de acuerdo con sus diferencias de gravedad. Y mejor se me revelan estas cosas cuanto más preciosa es la materia que contemplo, pues, si para remontarme a la sublimidad de la causa, cuya plenitud me es inaccesible, debo partir de la sublimidad del efecto, y si ya el estiércol y el insecto consiguen hablarme de la divina causalidad, ¡cuánto mejor lo harán efectos tan admirables como el oro y el diamante, cuánto mejor brillará en ellos la potencia creadora de Dios! Y entonces, cuando percibo en las piedras esas cosas superiores, mi alma llora conmovida de júbilo, y no por vanidad terrenal o por amor a las riquezas, sino por amor purísimo de la causa primera no causada.
—En verdad ésta es la más dulce de las teologías —dijo Guillermo con perfecta humildad.
Y pensé que estaba utilizando aquella insidiosa figura de pensamiento que los retóricos llaman ironía, y que siempre debe usarse precedida por la pronunciatio, que es su señal y justificación.
Pero Guillermo nunca lo hacía, de modo que el Abad, más propenso a utilizar las figuras del discurso, tomó a Guillermo al pie de la letra, y añadió, llevado aún por su rapto místico:
—Es la vía más inmediata para entrar en contacto con el Altísimo, teofanía material.
Guillermo tosió educadamente: «Eh… oh…», dijo. Eso hacía cada vez que quería cambiar de tema. Logró hacerlo con mucha gentileza, porque tenía la costumbre —típica, creo, de los hombres de su tierra— de emitir una serie de gemidos preliminares cada vez que se proponía hablar, como si emprender la exposición de un pensamiento acabado constituyera un gran esfuerzo para su mente. Sin embargo, yo me había dado cuenta de que cuanto más duraban esos gemidos preliminares más seguro estaba de la bondad de la proposición que después expresaría.
—Eh… oh… —dijo, pues, Guillermo—. Hemos de hablar del encuentro y del debate sobre la pobreza…
—La pobreza… —dijo, aún absorto, el Abad, como si le costase descender de la hermosa región del universo adonde lo habían transportado sus gemas—. Es cierto, el encuentro…
Y empezaron a discutir minuciosamente sobre cosas que en parte yo conocía y que en parte logré entender al escuchar su conversación. Se trataba, como ya he dicho al comienzo de este fiel relato, de la doble querella que oponía de una parte al emperador y al papa, y de la otra al papa y a los franciscanos, que en el capítulo de Perusa, si bien con muchos años de atraso, habían adoptado las tesis de los espirituales acerca de la pobreza de Cristo; y del enredo que se había originado al unirse los franciscanos al imperio, triángulo de oposiciones y de alianzas que ahora se había convertido en cuadrado por la intervención —todavía incomprensible para mí— de los abades de la orden de San Benito.
Nunca he acabado de comprender por qué los abades benedictinos habían dado protección y asilo a los franciscanos espirituales, incluso antes de que su propia orden adoptase, hasta cierto punto, sus opiniones. Porque si los espirituales predicaban la renuncia a todos los bienes de este mundo, los abades de mi orden, en cambio, seguían una vía no menos virtuosa pero del todo opuesta, como claramente había podido comprobar aquel mismo día. Pero creo que los abades consideraban que un poder excesivo del papa equivalía a un poder excesivo de los obispos y las ciudades, y mi orden había conservado intacto su poder a través de los siglos precisamente contra el clero secular y los mercaderes de las ciudades, presentándose como mediadora directa entre el cielo y la tierra, y consejera de los soberanos.
Muchas veces había oído yo repetir la frase según la cual el pueblo de Dios se divide en pastores (o sea los clérigos), perros (o sea los guerreros) y ovejas, el pueblo. Pero más tarde he aprendido que esa frase puede repetirse de diferentes maneras. Los benedictinos habían hablado a menudo no de tres sino de dos grandes divisiones, una relacionada con la administración de las cosas terrenales y otra relacionada con la administración de las cosas celestes. En lo referente a las cosas terrenales valía la división entre el clero, los señores laicos y el pueblo, pero por encima de esa tripartición dominaba la presencia del ordo monachorum, vínculo directo entre el pueblo de Dios y el cielo, y los monjes no tenían nada que ver con los pastores seculares que eran los curas y los obispos, ignorantes y corruptos, que ahora servían los intereses de las ciudades, donde las ovejas ya no eran los buenos y fieles campesinos sino los mercaderes y los artesanos. La orden benedictina no veía mal que el gobierno de los simples estuviese a cargo de los clérigos seculares, siempre y cuando el establecimiento de la regla definitiva de aquella relación incumbiese a los monjes, que estaban en contacto directo con la fuente de todo poder terrenal, el imperio, así como lo estaban con la fuente de todo poder celeste. Y creo que fue por eso que muchos abades benedictinos, para afirmar la dignidad del imperio frente al poder de las ciudades (donde los obispos y los mercaderes se habían unido), estuvieron incluso dispuestos a brindar protección a los franciscanos espirituales, cuyas ideas no compartían, pero cuya presencia les era útil, porque proporcionaban buenos argumentos al imperio en su lucha contra el poder excesivo del papa.
Deduje que aquellas debían de ser las razones por las que Abbone estaba dispuesto a colaborar con Guillermo, enviado del emperador para mediar entre la orden franciscana y la sede pontificia. En efecto: a pesar de la violencia de la querella, que tanto hacía peligrar la unidad de la iglesia, Michele da Cesena, a quien el papa Juan había llamado en reiteradas ocasiones a Aviñón, se había decidido finalmente a aceptar la invitación, porque no deseaba una ruptura definitiva entre su orden y el pontífice. Como general de los franciscanos quería que triunfaran las posiciones de su orden, pero al mismo tiempo le interesaba obtener el consenso papal, entre otras razones porque intuía que sin ese consenso no podría durar demasiado a la cabeza de la orden.
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Por elevación y enajenamiento del alma en la contemplación de las cosas divinas.