El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Napoleón alzó la vista con expresión temerosa.
– Ordené asesinar a aquel hechicero -dijo-. Lo tomé por un necio, y yo jamás escucho a los necios.
Thorvaldsen escuchó a Eliza Larocque explicar lo que sabía su familia de Napoleón desde hacía largo tiempo.
– Pozzo di Borgo investigó exhaustivamente todo lo sucedido en Santa Elena -dijo-. Lo que acabo de describir ocurrió unos dos meses antes de la muerte de Napoleón.
Thorvaldsen atendía con fingido interés.
– Napoleón era un hombre supersticioso -prosiguió Larocque-. Creía firmemente en el destino, pero nunca se doblegaba a su inevitabilidad. Oía lo que le convenía.
Thorvaldsen y Larocque estaban sentados en una sala privada de Le Grand Véfour, con vista a los jardines del Palais Royal. El menú proclamaba con orgullo que el restaurante se había inaugurado en 1784, y los invitados comían, entonces y ahora, entre ornamentos dorados del siglo xviii y delicados paneles pintados a mano. No era un lugar que Thorvaldsen frecuentara, pero Larocque lo había llamado, le había propuesto quedar para comer y había elegido el sitio.
– Sin embargo, la realidad es innegable -dijo Larocque-. Todo lo que predijo aquel hechicero egipcio se cumplió. Josefina se convirtió en emperatriz y Napoleón se divorció de ella porque no podía concebir un heredero.
– Creí que había sido porque le fue infiel.
– Lo fue, pero él también. María Luisa, la archiduquesa de Austria, que entonces tenía dieciocho años, al final conquistó la imaginación de Napoleón y se casó con él. Le dio el hijo que deseaba.
– Al más puro estilo de la realeza de aquella época -musitó Thorvaldsen.
– Creo que Napoleón se habría ofendido de que lo compararan con la realeza.
El danés se echó a reír.
– Entonces era estúpido. Él también era un monarca.
– Tal como se había predicho, fue tras su segundo matrimonio, en 1809, cuando la suerte de Napoleón cambió. La fallida campaña rusa de 1812, donde su ejército en retirada quedó diezmado. La coalición de 1813, que puso a Inglaterra, Prusia, Rusia y Austria en su contra. Sus derrotas en España y Leipzig y luego el derrumbamiento de Alemania y la pérdida de Holanda. París cayó en 1814 y luego abdicó. Lo enviaron a Elba, pero escapó e intentó arrebatar París a Luis XVII. Pero su Waterloo llegó al fin el 18 de junio de 1815 y todo terminó. Lo mandaron a Santa Elena a morir.
– Realmente odia a ese hombre, ¿no es así?
– Lo que me molesta es que nunca llegaremos a conocerlo. Pasó sus cinco años de exilio en Santa Elena lavando su imagen, escribiendo una autobiografía que acabó siendo más ficción que realidad, adecuando la historia para su provecho. En verdad, fue un marido que amaba a su esposa, pero que se divorció rápidamente cuando no pudo darle un heredero; un general que profesó un gran amor por sus soldados, y que sin embargo sacrificó a cientos de miles. Supuestamente era temerario, pero abandonó una y otra vez a sus hombres cuando le convino. Fue un líder que tan solo quería fortalecer Francia, y sin embargo mantuvo a la nación sumida en una guerra permanente. Creo que es obvio por qué lo detesto.
Thorvaldsen pensó que aguijonearla un poco podía estar bien.
– ¿Sabía que Napoleón y Josefina cenaron aquí? Me han dicho que esta sala se conserva prácticamente intacta desde comienzos del siglo xix.
Larocque sonrió.
– Lo sabía. No obstante, es curioso que conozca esa información.
– ¿De veras hizo Napoleón que asesinaran a ese hechicero en Egipto?
– Ordenó a Monge, uno de sus sabios, que lo matara.
– ¿Coincide con la teoría de que Napoleón fue envenenado?
Thorvaldsen sabía que supuestamente le habían administrado arsénico en la comida y la bebida en dosis suficientes para acabar con su vida. Pruebas recientes efectuadas con muestras de cabello confirmaron la presencia de niveles elevados de arsénico.
Larocque soltó una carcajada.
– Los británicos no tenían motivos para matarlo. De hecho, más bien lo contrario. Querían que siguiera con vida.
En ese momento llegaron sus entrantes. El de Thorvaldsen era salmonete a la cazuela con aceite y tomates y el de Larocque un pollo joven con salsa de vino y queso. Ambos degustaron una copa de merlot.
– ¿Conoce la historia de cuando exhumaron a Napoleón en 1840 para devolverlo a Francia? -preguntó ella.
Thorvaldsen negó con la cabeza.
– Demuestra por qué los británicos jamás lo habrían envenenado.
Malone recorrió la desértica galería. No había ninguna luz encendida y la claridad que proporcionaba el sol era difusa por culpa de unos plásticos que cubrían las ventanas. El aire era cálido y olía a pintura húmeda. Muchas vitrinas estaban envueltas en basta lona. Había escaleras apoyadas por todas las paredes. Al fondo se levantaba otro andamio. Parte del suelo de madera había sido retirado y se estaban realizando reparaciones en la superficie de piedra.
Malone no detectó cámaras ni sensores. Pasó junto a uniformes, armaduras, espadas, dagas, arneses, pistolas y rifles, todos ellos expuestos en vitrinas forradas de seda. Era una constante e intencionada progresión tecnológica, en la que cada generación aprendía a matar a la siguiente con más rapidez. Nada denotaba el horror de la guerra. Por el contrario, solo parecía subrayar su carácter glorioso.
Malone esquivó otro boquete en el suelo y continuó su recorrido por la extensa galería sin que sus suelas de goma emitieran un solo ruido.
A su espalda oyó cómo alguien trataba de abrir las puertas metálicas.
Ashby se encontraba en el descansillo de la segunda planta y observó a Guildhall mientras este empujaba las puertas que conducían a las galerías de Napoleón. Algo las bloqueaba.
– Creía que estaban abiertas -susurró Caroline.
Eso fue exactamente lo que le había dicho Larocque. Cualquier cosa de valor había sido retirada hacía semanas. Lo único que quedaba eran objetos históricos menores, que se guardaron dentro porque en el exterior la capacidad de almacenamiento era limitada. El contratista encargado de la remodelación había aceptado trabajar en torno a los objetos expuestos y se le exigió que contratara una póliza de responsabilidad para garantizar su seguridad.
Sin embargo, algo bloqueaba las puertas.
Ashby no quería llamar la atención de la mujer que había abajo o de los empleados del museo de planos y relieves situado en la planta superior.
– Fuérzalas -dijo-. Pero sin hacer ruido.
La fragata francesa La Belle Poule llegó a Santa Elena en octubre de 1840 con un contingente liderado por el príncipe de Joinville, el tercer hijo del rey Luis Felipe. Middlemore, el gobernador británico, envió a su hijo a recibir el barco, y las baterías de la Armada Real repartidas por la costa dispararon veintiuna salvas en su honor. El 15de octubre, cuando se cumplían veinticinco años de la llegada de Napoleón a Santa Elena, se iniciaron las tareas de exhumación de su cuerpo. Los franceses querían que sus marineros se encargaran del proceso, pero los británicos insistieron en que su gente realizara esa labor. Obreros locales y soldados británicos trabajaron duramente toda la noche bajo un fuerte aguacero. Habían transcurrido diecinueve años desde que el ataúd de Napoleón descendiera a las entrañas de la tierra y fuera sellado con ladrillos y cemento, e invertir aquel proceso resultó un desafío. Extraer las piedras una a una, perforar estratos de mampostería reforzados con vigas de metal y abrir a la fuerza las cuatro tapas para afrontar finalmente la imagen del difunto emperador había supuesto un gran esfuerzo.