El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Entraron por el patio de honor, una extensión adoquinada y cercada por cuatro extensas galerías de dos plantas. Tenía una envergadura que rondaba los cien metros por sesenta. Una estatua de Napoleón tallada en bronce presidía el enorme patio, encaramada a la entrada confrontón de la iglesia de los Soldados. Ashby sabía que aquel era el lugar en que De Gaulle había besado a Churchill en una muestra de agradecimiento tras la Segunda Guerra Mundial.
Ashby señaló a la izquierda, hacia una de las austeras fachadas clásicas, mucho más imponentes que atractivas.
– Son antiguos refectorios donde los inválidos tomaban sus comidas. El museo de armas comienza ahí -Ashby señaló otro refectorio situado a la derecha-. Y termina ahí. Ese es nuestro objetivo.
El edificio que se erguía a la izquierda estaba cubierto de andamios. Larocque le dijo que la mitad del museo estaba siendo modernizado, principalmente las exposiciones históricas, dos plantas enteras clausuradas hasta la primavera siguiente. Los trabajos incluían la limpieza de las fachadas y una amplia remodelación de la entrada principal. Pero aquel día no había nadie. Era Nochebuena, un día festivo.
Malone recorrió una de las amplias galerías de los Inválidos y pasó junto a las puertas de madera repartidas cada tres metros, flanqueadas por cañones en posición de firme. Fue desde la galería sur hasta la este, rebasó la iglesia de los Soldados, dobló una esquina y se dirigió a una entrada temporal que daba acceso al edificio este. Ashby y su contingente se hallaban en el lado opuesto del patio de honor, contemplando la parte cerrada del ala del museo, que albergaba objetos históricos de los siglos xvii y xviii, además de piezas que databan de la época de Luis XIV hasta los días de Napoleón.
Un trabajador enfundado en un abrigo gris, que caminaba con ritmo pausado y actitud vigilante, ocupaba la entrada provisional que conducía al tercer piso, donde permanecían abiertos el museo de planos y relieves y una librería.
Malone subió la escalera, asiéndose a una gruesa barandilla de madera.
En la segunda planta, las puertas del ascensor estaban bloqueadas por dos tablones clavados formando una equis. Sobre unos palés se amontonaban más andamios desmontados. De unas puertas temporales de metal blanco colgaba un cartel que decía “Prohibida la entrada”. En la pared, otro letrero anunciaba que tras aquellas puertas se encontraban las “Salles Napoleón ier” (las estancias de Napoleón i).
Malone se acercó y tiró del pomo de las puertas de metal, que cedieron. No había necesidad de bloquearlas, según le habían dicho, ya que el edificio se cerraba cada noche y había pocos objetos de valor en las galerías.
Malone se adentró en la silenciosa oscuridad y dejó que la puerta se cerrara a sus espaldas, con la esperanza de no tener que lamentarse de los minutos que estaban por llegar.
XXXVII
Napoleón se tumbó boca abajo en la cama y miró hacia la chimenea. Las velas resplandecían, proyectando un brillo rojo sobre su rostro, y el emperador dejó que el calor y el silencio lo adormecieran.
– Viejo adivino. ¿Vienes por mí al fin?-preguntó en voz baja.
La alegría colmó la faz de Napoleón, que inmediatamente se trocó en una muestra de ira.
– No -gritó-, estás equivocado. Mi suerte no se parece al cambio de estaciones. Todavía no estoy en el otoño. El invierno no se acerca. ¿Qué? ¿Dices que mi familia me abandonará y me traicionará? Eso es imposible. Me he prodigado en complacencias con ellos -Napoleón hizo una pausa y pareció escuchar con atención-. Ah, pero eso es demasiado. No es posible. Toda Europa es incapaz de derrocarme. Mi nombre es más poderoso que el destino.
Desvelado por el sonido de su propia voz, Napoleón abrió los ojos y miró alrededor de la habitación. Se llevó una mano temblorosa a la humedecida frente.
– Qué sueño tan terrible -se dijo.
Saint-Denis se le acercó. Bueno y fiel, siempre a su lado, dormía en el suelo junto a la cama, dispuesto a escuchar en todo momento.
– Estoy aquí,sire.
Napoleón cogió la mano de Saint-Denis.
– Hace mucho tiempo, cuando estaba en Egipto, un hechicero me habló en la pirámide -dijo Napoleón-. Profetizó mi ruina, me advirtió sobre mis familiares y la ingratitud de mis generales.
Sumido en sus reflexiones, con una voz enronquecida por el sueño que se esfumaba, parecía necesitar hablar.
– Me dijo que tendría dos esposas. La primera sería emperatriz y no la apartaría del trono la muerte, sino una mujer. La segunda esposa me daría un hijo, pero, no obstante, todo mi infortunio empezaría con ella. Dejaría de ser próspero y poderoso. Todas mis esperanzas se verían frustradas. Sería expulsado a la fuerza y abandonado en suelo extranjero, rodeado de montañas y mar.