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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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Y la oportunidad perfecta se presentó aquella noche. Gandaria, que durante la tarde había recibido varias visitas de negocios en el hotel, salió solo nuevamente.

Fernando Torres reaccionó esta vez con la rapidez de sus mejores tiempos. Estaba en forma. Cuando vio salir a Gandaria se levantó inmediatamente de su asiento en el salón rotonda, pero cumpliendo de una forma primorosa con todas las normas del oficio. Norma primera, doblar el periódico con tranquilidad, casi con aburrimiento, y no darse prisa. Norma segunda, escrutar el paradero de los guardaespaldas. Para su sorpresa, habían bajado la guardia del todo, pues ambos estaban discutiendo en el bar. ¿Será que los guardaespaldas también tienen sus problemas sindicales? Norma número tres, encender un cigarrillo, para acentuar la sensación de indiferencia y enseguida consultar el reloj, como si de pronto se recordara una cita. Seguidamente Torres avanzó con tranquilidad hacia la salida.

Vio a Gandaria de espaldas, unos metros más allá. Estaba cometiendo el error más imperdonable que un hombre en sus condiciones podía cometer. Avanzaba hacia el estacionamiento subterráneo que hay en la plaza de las Cortes, a muy poca distancia del Hotel Palace.

Si Gandaria entraba allí, estaba perdido.

A pesar de toda su experiencia, Fernando Torres sintió que se le secaba instantáneamente la boca.

Con el pie derecho rozó suavemente el arma que llevaba enfundada en la pantorrilla izquierda, cerca de la rodilla, para que nadie la viese si cruzaba las piernas. Era una pequeña Astra Constable del nueve corto, que pesaba poco más de medio kilo y resultaba eficacísima para matar a corta distancia. Para tirar de un lado a otro de la calle evidentemente no le hubiera servido, pero no era eso lo que necesitaba ahora.

Contuvo la respiración.

Había matado a muchos hombres, pero de pronto sentía como si Gandaria fuese su estreno, su primera víctima.

No tenía más que agacharse y desenfundar. El estampido de la pequeña pistola no se oiría apenas en el tráfago de la calle, si lograba disparar a quemarropa.

Pero Gandaria no le puso las cosas tan fáciles. No fue al estacionamiento subterráneo, como Fernando Torres había supuesto. De pronto cambió de dirección hacia la izquierda y avanzó hacia un coche estacionado muy cerca de la entrada de la rampa.

Fernando Torres sintió que sus músculos se tensaban.

Pero era igual. De todos modos, no fallaría. Porque el coche hacia el que se dirigía Gandaria, un Rover azul que Torres no había visto nunca, estaba vacío. Sin duda iba a abrirlo y subir a él.

Magnífico.

Torres respiró hondamente ahora.

No podía soñar una oportunidad mejor.

De modo que sonrió.

Se agachó con suavidad felina, fingiendo ajustarse un zapato.

La pistola.

Le pareció que sus dedos estaban más completos ahora. Que su mano era lo que siempre había anhelado ser.

Gandaria acababa de abrir la portezuela.

Torres estaba a dos pasos.

Pensó: «Ahora».

Y entonces oyó la voz.

¡La voz!

¿La voz?

La palabra saltó como un dardo:

– ¡Idiota!

Fernando Torres se volvió con la boca abierta.

En su derecha brillaba el arma. Al girar, había dejado caer el periódico que la ocultaba.

Vio la cara.

De los dos guardaespaldas, era el más delgado. En su boca flotaba una mueca de asco. Torres sólo pudo balbucir: -Pero…

Estos disparos sí que llenaron la calle. El guardaespaldas había hecho fuego dos veces, y encima con una estridente Baretta del nueve largo. Todo el mundo se volvió al oír las detonaciones. Una mujer lanzó un grito.

Pero Fernando Torres ya no llegó a darse cuenta de nada de aquello. Las dos balas de grueso calibre le habían penetrado por la boca. Una le destrozó las vértebras cervicales, y la otra le perforó la base del cráneo.

Giró sobre sí mismo antes de desplomarse.

Sus ojos estaban espantosamente abiertos.

21 HISTORIA DE DIOS EN UNA ESQUINA

Méndez fue prácticamente el primero en llegar. De hecho había seguido a Torres cuando éste salió del hotel, porque empezaba a estar seguro de que era el único sospechoso entre todos los que se alojaban en el Palace. Casi tuvo que detenerse en seco para no tropezar con el muerto mientras éste se desplomaba.

El guardaespaldas no se movió.

Sólo dijo:

– Sabía que iba a llegar, inspector Méndez.

Méndez masculló:

– La madre que te ha parido.

– ¿Por qué se enfada, inspector?

– ¿Cómo cojones sabes que me llamo Méndez?

– Porque se ha inscrito con su verdadero nombre -dijo el guardaespaldas tranquilamente, mientras miraba el cadáver de Fernando Torres-, y porque la propia policía nos advirtió que usted estaba allí para ayudarnos. Aunque su misión fuera secreta, a nosotros sí que nos lo podían decir.

Méndez abrió repentinamente la boca, ahogando una maldición.

De modo que la propia policía…

Claro que, de todos modos, no tenía por qué asombrarse. Era natural. Quizá no hubiesen advertido al propio Gandaria, pero a sus guardaespaldas sí. Los guardaespaldas, al fin y al cabo, eran como policías: tenían una licencia para hacer su trabajo.

Gandaria no se había movido. Miraba aterrorizado el cadáver y el círculo de gente que se iba formando alrededor del coche. Aquel círculo aumentaba tan rápidamente y se iba haciendo tan espeso que Méndez hubo de mostrar su placa, para imponer el buen sentido y la serenidad de la ley:

– ¡Atrás! ¡Atrás! ¡ Policía! ¡Me cago en la leche! ¡Al que se acerque un paso más, le pateo los cojones aquí mismo!

No hizo falta que Méndez pateara los cojones a nadie, en el improbable caso de haber llegado a tenerlos a su alcance, porque desde el cercano Palacio de las Cortes llegó una patrulla. No en vano la muerte se había producido en el lugar más vigilado de Madrid. Inmediatamente la multitud fue alejada. Gandaria fue sacado del coche y el cadáver cubierto con una manta.

Méndez volvió al hotel, tras indicar el número de la habitación en que podían encontrarle. Gandaria y sus guardaespaldas fueron conducidos provisionalmente al retén de las Cortes, donde fue avisado el juez. Por el momento nada más se podía hacer, excepto esperar que se iniciara el tedioso rosario de trámites legales, después del cual -Méndez lo sabía muy bien- el caso se daría por definitivamente cerrado y resuelto. Porque si había muerto el hombre que iba a matar a Gandaria, ¿para qué buscar más…?

Se sentó en una de las butacas del hotel.

Sus ojos estaban nublados.

Sentía una extraña sequedad en la boca.

Casi no vio al hombre que venía hacia él.

Claro que no era un hombre que llamara la atención de una forma especial, aunque pertenecía sin duda -eso lo pensó Méndez de una forma maquinal- a viejas culturas desacreditadas y extintas: la cultura del casino, la tertulia ilustrada, la silla del ateneo y el café con leche a horas fijas. Pertenecía, en fin, a una de esas especies que están desapareciendo rápidamente de Madrid, y que sin duda acabarán extinguidas del todo a menos que una ley las proteja. Claro que los supervivientes, si los hay, siempre podrían quedar confinados en parques naturales, como el Café Gijón, los peldaños de acceso a la Biblioteca Nacional o los bancos menos buscados del paseo de Recoletos. Méndez, aunque estaba hundido en sus propios pensamientos, no dejó de sentir un inmediato interés por él, al captar en aquel hombre ciertos rasgos que lo identificaban como un animal de su especie.

Aquel hombre era más viejo que Méndez. Eso se notaba, aunque conservaba parte de su agilidad. Se inclinó un poco sobre la butaca en que estaba el policía y susurró:

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