Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Hizo una pequeña pausa para añadir rápidamente:
– Sólo una cosa podría impedirlo.
Salomón ladeó de pronto la cabeza, para mirarle de soslayo. En aquella posición, el ojo que estaba detrás del monóculo parecía inmenso, como el ojo de un pez.
– ¿Qué es lo que podría impedirlo? -le preguntó también velozmente.
– Que Fernando Torres lo mate antes.
– Olvídese de Fernando Torres.
– ¿Por qué he de olvidarlo? Es un auténtico profesional.
– Me importa muy poco lo que sea. Usted tiene que hacer un trabajo. Olvídese de todo lo demás.
– Si he de olvidarlo, quisiera hacerle antes una pregunta, amigo Salomón.
– Hágala.
– Cuando usted me contrató para matar a Gandaria, yo le dije que había visto en el Hotel Palace a Fernando Torres. Y que me dejaba arrancar la piel si Fernando Torres no estaba en aquel lugar para matar a alguien, y ese alguien no podía ser más que Gandaria. Entonces decidí hablarle con toda franqueza, amigo Salomón. Le pregunté por qué me contrataba para un trabajo que de todos modos iba a hacer otro hombre.
– ¿Y qué le contesté?
– Más o menos lo que me contesta ahora. Que no me preocupase de nada que no fuera mi misión.
– Supongo que la respuesta no le dejó satisfecho.
– En absoluto. Por eso insistí, sabiendo que usted no podía hacer más que dos cosas. Una era confesar que no sabía nada de Torres, lo cual le hubiera puesto en evidencia como un hombre mal informado y con el que resultaba peligroso trabajar. La otra era asumir sin tapujos su papel de hombre importante y confesar que lo sabía todo. Fue eso lo que hizo, claro. Y hay que ver lo que sabía, Salomón… Más que un rey bíblico cuyo nombre lleva. Me enteré hasta de lo que cobra Torres por hacer el trabajo. Tenía más datos que si lo hubiera contratado usted mismo.
– ¿Y qué?
– Eso me obliga a hacerle otra pregunta -dijo Galán secamente.
– Le contestaré si puedo.
– ¿Ha contratado usted también a Fernando Torres?
– ¿Por qué había de hacerlo?
Galán se encogió de hombros.
– ¿Por qué había de hacerlo? ¿Por qué…? -susurró- ¿Y yo qué sé? Pero mire una cosa, Salomón: cuando uno no sabe algo, es porque hay centenares de respuestas posibles. Y yo le daré la más lógica: usted ha contratado a los dos para asegurar el resultado sea como sea. Naturalmente pagando sólo al que hiciese el trabajo. Y yo no me hubiese enterado del podrido asunto si no llego a conocer a Torres.
Salomón, hombre en su silla de ruedas, hombre impotente sin más compañía que la de un gato, le miró sin embargo con una cierta expresión de lástima.
– ¿De verdad quiere una respuesta sincera, amigo Galán? -musitó.
– Naturalmente que la quiero.
– Yo no he contratado a Fernando Torres para nada. Nunca le he dado un euro. Nunca he hablado con él.
– ¿Es ésa una respuesta sincera?
– Claro que lo es.
– Entonces ya me dirá, Salomón, cómo conoce tantos detalles. Usted sabe lo del trabajo de Torres mejor que la madre que lo parió. Tanto que hasta pensé que tiraba un farol, pero no es así. Los datos los he comprobado.
– ¿Cómo los ha comprobado?
– Hablando con Fernando Torres, naturalmente.
– ¿Está… loco?
– ¿Por qué había de estarlo? Torres es un colega. He trabajado con él. Hemos cobrado bastantes veces de los mismos gobiernos y de las mismas personas. Pensar que Torres me va a denunciar o yo voy a denunciar a Torres es absurdo, porque caeríamos los dos. Pero necesitaba saber si usted estaba tan enterado como parecía, porque le digo la verdad: no podía creerlo. Y además por otra razón: quería pedirle a Torres que esta vez me dejara el terreno libre.
– Sigue estando loco. ¿Por qué razón había de pedirle a Torres un favor de esa clase?
– No es un favor, digamos que le hice unas reflexiones. Y ahora usted me preguntará por qué.
– Sí. ¿Por qué?
– Sólo hay una respuesta, ¿sabe? Necesito rehacer mi nombre. Necesito que la gente no me considere un viejo. Cuando yo mate a Gandaria, los clientes que hay en las cinco partes del mundo lo sabrán. Pero para eso necesito matarlo.
Salomón, el hombre de la silla de ruedas, le miró con curiosidad, como si Galán fuera un desconocido al que viese por primera vez. A sus labios asomó una levísima mueca de desdén, pero esa mueca de desdén fue inmediatamente sustituida por otra de fastidio. Maniobrando con fuerza y habilidad, dio una vuelta a la habitación, rozando el diván en que el gato, al igual que otros personajes tan listos como él, descansaba de su descanso. Pero ahora el bicho no se movió de su sitio.
Consultó su reloj de pulsera. Era un Cartier Pasha, y Galán supo valorarlo. Hacía falta ser muy rico para tener una pieza así, pero también hacía falta ser muy rico -pensaba Galán- para contratar a un hombre de su clase.
Salomón susurró:
– Quería verle para que me trajera noticias, pero lo único que me ha traído son problemas. Y oiga bien esto, Galán: no quiero volver a verle hasta que Gandaria haya muerto. Olvídese de Fernando Torres. Usted haga su trabajo y borre de su cabeza todo lo demás. ¿Lo ha en-
tendido? ¿O lo necesita más claro? ¡Acabe con Gandaria de una vez! ¡Maldita sea! ¡Acabe con Gandaria!
Sus últimas palabras habían sido casi un grito de odio.
Galán se sorprendió.
Los que le contrataban eran gente sigilosa, astuta, importante, que hablaba de la muerte de un hombre como una simple operación comercial o política. Incluso, en aquel mundo hermético y en cierto modo exquisito, propio de hombres de altura, se consideraba de mal gusto pronunciar el nombre de la víctima. También se consideraba de mal gusto fijar plazos demasiado rígidos. Salomón, en cambio, estaba cometiendo dos errores, que eran dejarse llevar por los dictados de su reloj y los dictados de su odio.
Pero Galán necesitaba aquel trabajo, por mucho que le molestara tratar con hombres que no sabían dominar sus nervios.
Con una estrecha sonrisa, musitó:
– Supongo que es inútil preguntarle por qué desea tanto la muerte de Gandaria.
– Sí. Es inútil preguntármelo.
– No se preocupe. De todos modos, haré mi trabajo.
– ¿Cuándo?
– Quizá mañana.
Salomón se limitó a hacer un gesto afirmativo. De su batín extrajo un fajo de billetes de quinientos, todos usados. Era un fajo voluminoso: seguro que pasaba del medio millón. Se lo tendió a Galán.
– Tome -dijo-. He pensado que usted quizá necesitaría una inyección de moral.
Y por primera vez asomó a sus labios algo que parecía la sombra de una sonrisa.
Fernando Torres se dio cuenta de que se le presentaba la ocasión que había estado esperando durante tanto tiempo. Los guardaespaldas de Gandaria, fuese porque el jefe no seguía las indicaciones o fuese por exceso de confianza, estaban bajando la guardia.
Otra vez volvió a encontrar solo a Gandaria en un pasillo, aunque durante unos breves segundos. Pero unos breves segundos -eso lo pensó más tarde- le habrían bastado para matarle. Dos veces salió Gandaria del hotel sin escolta alguna, aun cuando sólo fuera unos metros para tomar en la esquina su coche blindado. Esos metros -también Torres lo pensó más tarde- hubieran sido suficientes para dispararle con silenciador desde el otro lado de la calzada. No hubiese sido la primera vez que Fernando Torres mataba a un hombre en plena calle, ocultando la pistola insonorizada bajo un periódico.
Pero él, Fernando Torres, también debía de estar bajando la guardia porque no aprovechaba las oportunidades con la rapidez de otro tiempo. Hubo momentos en su vida en que una oportunidad fugaz como un soplo era bastante para él. Y ahora estaba perdiendo aquella rapidez de reflejos, aquella intuición, aunque eso no le asustaba. Porque había estudiado tan a fondo a su personaje que estaba seguro de encontrar dentro de poco la oportunidad perfecta.