Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
– Perdone. No sé si me permitirá hablar un solo minuto con usted.
– Por supuesto que se lo permito. Siéntese… Mire, aquí estará usted muy bien.
– No quisiera ser inoportuno. Por cierto, permita que me presente. Me llamo Antonio Cañada. Supongo que usted me ha visto bastante por el hotel.
– Sí, es verdad… Le he visto.
– Quisiera invitarle a algo, si me lo permite. ¿Qué le apetece? Algo me dice que usted es, como yo, hombre de vino viejo.
– Sí, es verdad. Soy hombre de vino viejo y, por desgracia, de mujeres viejas. Un jerez.
– Ahora mismo se lo pido, señor Méndez.
– ¿Cómo sabe que me llamo Méndez?
– Me he tomado la libertad de preguntarlo. Espero que no le sepa mal.
– Perdón, pero ¿por qué ese interés?
– Es que quería disculparme por una cosa, y para eso necesitaba saber antes su nombre.
– Yo no recuerdo que usted me haya ofendido en lo más mínimo, señor Cañada. ¿Por qué quiere pedirme perdón?
– Por el error que ha cometido mi hija.
La cabeza de Méndez fue sacudida por un breve estremecimiento. Musitó:
– ¿Su hija…?
– Sí. Se metió por error en la habitación de usted. Yo estaba cerca de los ascensores y lo noté en el último momento. Pero verá… No me atreví a darle explicaciones entonces, delante de la doncella.
Méndez arqueó una ceja mientras sorbía unas gotas del jerez recién servido. Acababa de averiguar una cosa que no sabía: la señorita Alonso tenía un padre. Lo que no acababa de cuadrar era que la señorita Alonso tuviese un padre que no se apellidaba Alonso sino Cañada.
Pero decidió aparcar ese pensamiento por unos segundos. Vio que el que ahora iniciaba el gesto de beber era Antonio Cañada. Levantó la copa y, al hacerlo, no pudo evitar que le temblara la mano, como si le dominara un lejano Parkinson. De todos modos consiguió frenarlo.
– Amigo mío -dijo Méndez, con una educación impropia de su bajo linaje-, soy yo el que lo lamenta de verdad. Cometí un error al entrar de aquella manera. Y siento mucho lo que ocurre, créame. Siento mucho que su hija sea ciega.
Añadió cortésmente, ante el silencio penoso del otro:
– Confío en que tenga remedio.
– No, no lo tiene.
– ¿Seguro?
– Seguro. ¿No cree que a estas horas lo he probado todo?
– ¿Fue un accidente?
– No, nació así.
– En ese caso, le cabe el consuelo de pensar que ella no sufre, señor Cañada. Nadie echa en falta lo que nunca ha conocido.
Méndez hubiera preguntado muchas cosas más, porque al fin y al cabo la hija de aquel hombre era a su vez la madre adoptiva de Mercedes, la niña asesinada en Barcelona. Pero decidió esperar, porque alguien le había dicho -quizá durante una noche de vino y olvido en un bar de la calle San Ramón- que una de las virtudes del buen policía es la paciencia. Permanecieron un rato en silencio los dos, sin mirarse, con los ojos clavados en las copas de jerez, el vino que había superado todas las edades y que venía en línea recta de las tertulias de Pombo, los debates literarios del Gijón, el recinto sin puertas del Bar Flor y de todos los rincones de un tiempo que ya se había ido. Los dos tenían la sensación de ser los únicos supervivientes de ese tiempo convertido en árboles, ventanas, fotos color sepia, manos que un día estuvieron en las calles y rostros quietos frente al viento. Los dos contemplaban el viejo hotel que no había cambiado y que para Cañada formaba seguramente parte de su vida. Para Méndez, en cambio, el hotel era algo que nunca pensó conocer directamente, era sólo pasajes de libros leídos en su refugio canalla.
Fue él quien rompió el silencio para preguntar:
– ¿Viven ustedes aquí?
– Oh, no… Yo tengo un piso en la calle Serrano, el que siempre tuve. Mi hija, naturalmente, vive conmigo, y los dos habitamos, por decirlo de algún modo, en un Madrid que ya no existe, pero que nos gusta. Habrá observado, señor Méndez, que mi hija no es una niña.
– Sí.
– Eso significa que no ha podido ver los cambios de Madrid, las sucesivas épocas que nos lo han ido quitando cada día un poco. La calle Serrano aún conserva parte de su estilo, gracias a Dios, como lo conserva este hotel, pero en Madrid ha cambiado hasta el aire, señor Méndez, hasta el aire. Y sin embargo en casa se ha seguido recibiendo elABC, que no cambia de formato nunca, se ha seguido bebiendo jerez tradicional, y por las tardes, con las ventanas cerradas para que no nos alcancen los ruidos y las vilezas de la calle, escuchamos en el gramófono viejos discos de Angelillo, Antonio Molina, Estrellita Castro o doña Concha Piquer. Usted tiene aspecto inteligente, señor Méndez, y habrá comprendido ya que lo que intento es conservar las cosas que, en su niñez, significaban algo para mi hija.
– Lo entiendo muy bien, amigo Cañada, claro que lo entiendo muy bien.
– Por lo tanto, también entenderá que la haya traído unos días a este hotel, donde al menos puede hablar con gente. Necesitaba arrancarla como fuese del ambiente de nuestra casa, y su estado no permitía un viaje, de modo que la traje aquí, al Palace, un sitio que para ella está lleno de significado, pues la solía traer aquí de niña. Conoce todos los rincones del edificio, todos. No se nota que es ciega.
– No -bisbiseó Méndez, con todas las antenas puestas.
Cañada añadió:
– Ha pasado por una prueba terrible. Todos la hemos pasado, pero ella más. Para ella ha sido angustioso. No tiene nombre.
– Me temo… En fin, me temo que ya sé de qué se trata, señor Cañada.
– ¿Usted? ¿Por qué?
– Más vale que le hable con sinceridad. Soy inspector de policía.
El otro hundió la cabeza.
– Dios santo… -farfulló-. ¿Por qué le he explicado todo esto?
– Porque le alivia hablar, señor Cañada. Le alivia compartir su angustia con alguien. Es una razón suficiente. Pero puesto que usted ha venido a mí y puesto que le he hablado con sinceridad, va a tolerar que le haga unas preguntas. No tienen demasiada importancia; son simplemente cosas que no acabo de entender. Ah… Para su tranquilidad, le diré que no investigo este caso. A mí me han enviado a este hotel para proteger al señor Gandaria.
– Conozco mucho al señor Gandaria. Vaya si lo conozco… Está amenazado.
– Ya no lo está, o por lo menos no lo estará de nuevo hasta que envíen a otro asesino. El que tenía que acabar con el señor Gandaria acaba de morir, de modo que mi misión ha terminado y regresaré inmediatamente a Barcelona -explicó Méndez-. Pero por eso mismo quisiera antes preguntarle una cosa. ¿Usted es inmensamente rico?
– ¿Por qué lo pregunta?
– Porque tras secuestrar a Mercedes, pidieron un rescate fabuloso.
Los dedos de Cañada temblaron. El Parkinson, agazapado, volvió de una forma ostensible. Estuvo a punto de volcar la copa de jerez.
– Sí -musitó-, la verdad es que soy fabulosamente rico. Poseo una de las mayores fortunas de España. No creo que sea ninguna vergüenza decirlo.
– ¿Qué bienes posee?
– Metálico, acciones, los mejores solares en las mejores ciudades, tierras, casas y joyas de familia. Pero no gasto mis rentas, a pesar de que Hacienda se lleva cada año una parte increíble. Mi puesto en el consejo de administración de dos grandes bancos ya me da para vivir.
– Comprendo.
– Yo podía pagar el rescate, señor Méndez.
– Sé que trató de pagarlo.
– Todo lo que tengo lo tengo por mi hija. A mí ya no me importa gran cosa. Y además gasto poco, ¿sabe?, gasto poco. Comprenderá que no es demasiado caro pasarse las tardes oyendo viejos discos de doña Concha Piquer. De modo que si me hubiesen pedido más por la pequeña, más hubiera estado dispuesto a ofrecer. Yo siempre he mantenido ante mi hija la mentira de que Madrid no había cambiado, de que no se había movido una hoja y todo seguía teniendo la alegría de su niñez. Todo lo hubiese dado con tal de mantener esa sombra de felicidad, esa mentira.