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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– Me está hablando de cosas que ya sé -dijo con impaciencia Fernando Torres-. Fui yo quien advirtió que Galán es muy bueno, aunque esté ya viejo y necesite una oportunidad. Si fuese un paquete, no me hubiera molestado en telefonear. Pero ahora, en cualquier lugar del mundo se contrata a hombres como nosotros, y los primeros que nos contratan son los gobiernos. Galán no hubiera llegado hasta esa edad si no fuese una verdadera figura.

– Lo sé… Y precisamente por eso no me ha sido difícil averiguar cosas sobre él. Pero lo más importante no he podido averiguarlo de ninguna manera. No tengo la menor pista de la persona que le ha podido contratar. Y tampoco lo entiendo. No doy con la menor organización que tenga interés en soltar dinero, mucho dinero, para poder tocar el cadáver de Gandaria.

– Maldita sea, pues es muy sencillo -gruñó Torres con la misma impaciencia que antes.

– ¿Sí? ¿Quién?

– ETA

– Mire, amigo Torres, usted no tiene que pensar, pero tampoco tiene que hablar. Hablar nunca. Con nadie, y hasta le diría que casi ni conmigo. Yo soy un intermediario, un agente que le conocía muy bien a usted y ha hecho todos los contactos por teléfono, excepto el de depositar dinero en su cuenta bancaria. Naturalmente, a mí me pagan una comisión, pero ni voy a decirle quién me la paga ni voy a decirle quién me ha hecho el encargo. ¿Tiene monedas?

– Las suficientes.

– Bien, entonces oiga esto: no entiendo quién puede haber contratado a Galán para hacer lo mismo que ha de hacer usted. Pero ETA no ha sido.

Fernando Torres dijo con voz nerviosa:

– Usted está seguro por una sola razón.

– ¿Por qué?

– Porque ETA es usted.

La voz siguió sonando tranquila, apacible, casi abacial, al otro lado del hilo.

– Mire, Torres, yo sólo soy un intermediario, un hombre que le ha contratado a usted para hacer un trabajo, del mismo modo que podía haberle contratado para pagar un rescate en Francia. Pero no le voy a decir nunca quién me ha contratado a mí. Hasta me avergüenza tener que explicarle eso. ¿Usted piensa que me ha pagado ETA? Bueno, pues piénselo. Puede hacerlo mientras no hable. Pero lo que sí puedo garantizarle es que a Galán no lo ha contratado ETA. Tengo los suficientes contactos para saberlo.

– ¿Entonces quién…?

– No lo sé. Ahora estoy hablando sin tapujos: no lo sé. Pero eso me hace insistir en lo que le dije ayer: puede ser una jugada de póquer, pueden estar tendiéndole una trampa, Torres, y para evitarla no hay más que una solución.

– ¿Cuál?

– Hacer pronto el trabajo. Sé que usted tiene su modo de actuar, pero ya ha pasado más tiempo del que me pidió. Ha de hacer el trabajo mañana.

A Torres le ofendía que le marcaran las pautas. Por eso preguntó con voz desafiante:

– ¿Y por qué no hoy?

– Porque hoy ha de hacer otra cosa.

– ¿Qué dice…?

– No esperaba esto, ¿verdad, Torres?

– Yo espero lo que me da la gana.

– No me hable de esa manera ni crea que en mis palabras hay una cuestión personal. Nada de eso. Al contrario, fui yo el que le elegí por ser el mejor. Y la prueba de que le sigo considerando es que necesito encargarle otro trabajo para hoy, un trabajo sencillo y bien pagado. Al precio de lo de Gandaria se le añadirá cincuenta mil euros.

– ¿Cincuenta mil para qué? Yo no uso una pistola por ese precio.

– No tendrá que usar nada, excepto su coche. Hay un hombre que debe ser trasladado de un sitio a otro.

– Que tome un taxi.

– Maldita sea, Torres, no diga sandeces. Usted sabe que los taxistas hablan. Ese hombre debe ser recogido en la puerta principal de Correos dentro de una hora justamente, y llevado al aeropuerto. Sólo eso. Luego usted puede volver. Use su Mercedes, por la sencilla razón de que es un coche que nadie va a detener si por casualidad se produce una batida. Aquí aún se sigue la norma de que los perros muerden a los que visten mal. Lleve también una camisa, una corbata y uno de sus trajes, porque el hombre en cuestión se cambiará dentro de su coche, en el camino al aeropuerto. La ropa que él le entregue la arroja usted a un container al otro lado de la ciudad.

– ¿Qué pasa con esa ropa?

– Al hombre pueden haberle visto con ella.

– ¿Qué más?

– Podría estar manchada de sangre. Un poco manchada.

– Ahora entiendo lo de los cincuenta mil.

– Usted no va a correr ningún peligro, Torres. Sólo ha de hacer de taxista. No pasará nada. Pero si tuviera la sensación de que los están acorralando, si tuviera la sensación de que ese hombre puede ser capturado, haga una cosa muy sencilla.

– ¿Qué cosa?

– Mátelo.

– No quiere que hable, ¿verdad?

– No quiero que hable.

– ¿Qué método debería usar?

– Ése es su problema, Torres. No necesitará que le enseñe su oficio, me parece. Lo único que debo añadir es que ese hombre irá desarmado y además confiará en usted, de modo que será un juego de niños. Pero oiga bien esto, Torres: sólo lo hará si es absolutamente necesario, si usted cree que lo pueden capturar.

– Bien.

– ¿Todo conforme?

– No.

– ¿Qué pasa ahora?

– Quiero medio millón.

Hubo una leve vacilación al otro lado del hilo.

Luego la voz tranquila musitó:

– De acuerdo. Pero le aseguro que no tendrá necesidad de ganárselo.

– Ése es también mi problema. ¿Cómo reconoceré a ese hombre?

– Estará en el sitio indicado, llevará un pañuelo rojo en el bolsillo superior de la americana y leerá el periódico deportivo Marca.

– De acuerdo.

– Una última cosa: excepcionalmente me llama, también desde una cabina pública, cuando haya dejado a ese hombre en el puente aéreo.

– Bien.

Y Fernando Torres colgó, saliendo de la cabina, ante la que ya se había formado una pequeña cola. No sabía quién era el tipo al que debía transportar a Barajas, no sabía lo que aquel tipo tenía que hacer -quizá lo estaba haciendo ya- ni le importaba en absoluto. Era un trabajo como otro cualquiera y por el que cobraría una bonita suma. Además, lo había hecho otras veces.

Incluso matando. Incluso con segunda parte del trabajo incluida. En Paraguay y Bolivia había cobrado por hacer pasar la frontera a más de un periodista y a más de un líder político que no podían quedarse en el país. Pero ni los periodistas ni los líderes habían conseguido llegar al otro lado de la frontera nunca. Cobrar por los dos lados a la vez no era algo que a Fernando Torres le repugnase.

Y así se podía llegar a crear un magnífico círculo de relaciones, así se podía formar parte de uno de los abanicos culturales más amplios del mundo, así se conocía a ministros, diputados, gobernadores, banqueros, mujeres de banqueros y hasta poetas dispuestos a escribir sobre las virtudes del muerto antes de que estuviese muerto. «Si alguna vez escribiese mis memorias -pensaba Torres con frecuencia-, nadie las creería.»

Sólo un par de detalles no serían escritos nunca -seguía pensando Torres- en sus sin duda elogiadísimas memorias. Eran detalles que no le gustaban y que no acababan de estar de acuerdo con la porción de grandeza moral que sin duda él había ido incluyendo en todos sus trabajos. Uno de esos detalles era el del boliviano -quizá demasiado joven-, quien le gritó: «¡La última vez que estuve en una casa de putas siento no haber elegido a tu madre!». Y la del chileno -quizá demasiado viejo- que únicamente susurró: «Déjame un minuto para rezar».

Fernando Torres encendió un cigarrillo, miró su reloj y, persona más bien calmosa como era, pensó que aún le sobraba demasiado tiempo.

El hombre a quien Torres debía recoger una hora más tarde pensaba, en cambio, que no le sobraba tiempo y que le convenía pasar a la acción. En primer lugar porque la señorita Alonso podía salir de la casa en la que se hallaba, y eso lo estropearía todo, porque dejaría de estar indefensa. Y en segundo lugar porque lo que él iba a hacer conviene hacerlo tranquilo, tomándose el tiempo necesario, recreándose un poco, ya que lo contrario le quita todo el encanto y convierte la violación en un trabajo de borrachos o una artesanía de drogatas.

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