Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
La vio bajar al patio mientras el cochero abría la portezuela del carruaje, desplegaba los escalones y ayudaba a Cassandra a descender.
– Lady Merton -la saludó Hannah-, bienvenida a Copeland Manor. Aunque estaba muy preocupada por ustedes, me tranquilicé cuando lady Montford me explicó que tenían que hacer más paradas en el camino que el resto de los invitados ya que está amamantando a su hijo. Me alegra muchísimo que mis últimos invitados hayan llegado sanos y salvos. -Le tendió la mano derecha y Cassandra la aceptó.
– Yo también me alegro muchísimo de estar aquí -replicó Cassandra-. Qué acertado elegir este sitio para construir una casa. No me imagino un lugar más maravilloso.
– Yo tampoco -convino la duquesa y se volvió hacia Stephen-. Lord Merton, bienvenido. ¡Oh, el bebé! -Se acercó al niño y lo miró con cautela-. ¡Qué guapo es! -exclamó con sinceridad, y no porque esa reacción fuera la esperada en una mujer que observara el bebé de otra.
– Es más guapo aún si se coge en brazos -aseguró Stephen con una sonrisa antes de colocarle a su hijo en brazos.
Hannah pareció sorprenderse, asustarse y…de repente Con vio una expresión tan sincera y desnuda en su rostro que se quedó sin palabras. La duquesa ya no sonreía. No le hacía falta. Después volvió a sonreír… muy despacio.
– ¡Es una ricura! -exclamó ella-. Creo que me he enamorado. ¿Cómo se llama?
– Jonathan -contestó Stephen.
– ¡Oh! -La duquesa miró a su primo y luego a él.
– Con el permiso de Con -añadió el padre del pequeño, que volvió a hacerse cargo del bebé-. Mi predecesor, el hermano de Con, también se llamaba Jon. ¿Se lo ha contado?
– Sí -contestó ella. Y por fin se volvió hacia él y le tendió ambas manos-. Constantine. Bienvenido.
– Duquesa -dijo-, gracias. -Le cogió las manos y la besó en una mejilla. Y sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa.
Y… «¡Por Dios!», exclamó para sus adentros. «¡Por Dios!»
Le soltó las manos y echó un vistazo a su alrededor. Inspiró hondo muy despacio.
– Ahora entiendo por qué le gusta tanto Copeland Manor y por qué quiere alardear de su propiedad -comentó-. Es un lugar estupendo.
– Sí -susurró ella. ¿Con una nota ansiosa en la voz?
Sarah apareció corriendo por delante de Margaret y de su grupo, llevando un ramillete de margaritas en una mano.
– ¡Tío Con! -gritó-. Para usted, excelencia. -Obligó a Hannah a aceptar las margaritas-. Tío Steve. Déjame ver al bebé.
Con miró de nuevo a Hannah, que estaba contemplando sus margaritas con una sonrisa. Una sonrisa que le sentaba mejor que los diamantes que solía lucir. Cuando levantó la vista y sus ojos volvieron a encontrarse, ambos sonrieron.
Después de todo, tal vez no fuera una buena idea, pensó él.
No se preguntó a qué se refería.
A Hannah le pareció que había pasado un siglo, una eternidad desde la última vez que vio a Constantine.
Y después, cuando por fin lo vio, se percató de lo mucho que había cambiado con el tiempo la percepción que tenía de él. Ya no era ese desconocido tan atractivo, sombrío, misterioso y posiblemente peligroso del que había sido consciente durante años; ese hombre que durante el invierno había decidido que fuera su primer amante; ese hombre distante y un tanto socarrón que había conocido en Hyde Park a principios de la primavera, cabalgando con lord Montford y el conde de Merton. Ya no era ese reto emocionante y difícil que encontró durante sus primeros escarceos, antes de que él se hiciera con el control en el tercer encuentro y la obligara a iniciar su aventura esa misma noche, muchísimo antes del plazo que ella se había fijado para la consumación.
Como en Londres lo veía todos los días, no se había percatado de lo mucho que había cambiado desde aquella noche la percepción que tenía de él. Ese día en concreto, observó la llegada del carruaje del conde de Merton a sabiendas de que Constantine se encontraba en su interior y sintió cómo se le aceleraba el corazón. Y conforme saludaba a la condesa primero y después al conde, incluso mientras sostenía en brazos el milagro que era su primogénito recién nacido, sentía la presencia de Constantine como un cálido brillo en su interior.
Y entonces, por fin, pudo volverse hacia él, mirarlo y tenderle las manos.
Y solo vio a Constantine.
No se encontraba en situación de analizar ese pensamiento tan poco profundo. De hecho, no quería analizarlo. Pero sentía una quemazón en el pecho y en la garganta, como si estuviera conteniendo el llanto.
Le dio la bienvenida, le sonrió y se alegró de no haber analizado sus sentimientos ni (¡gracias a Dios!) de haber derramado unas lágrimas cuando se apartó de ella con frialdad y alabó educadamente la propiedad.
Por un instante deseó haberse puesto un vestido blanco después de todo y haberse adornado con diamantes, para interpretar a la persona que vivía a salvo gracias a la máscara de la duquesa de Dunbarton. Pero no, en el fondo no lo deseaba. Durante esos cuatro días había elegido ser ella misma, librar a la crisálida del capullo que la protegía. Por extraño que pareciera, era importante para ella causarles una buena impresión a los familiares de Constantine. No como la duquesa de Dunbarton, sino como Hannah. Como ella misma.
Le costaba admitir que el rechazo inicial a su invitación le había dolido, sobre todo porque hacía mucho tiempo que había decidido no dejarse herir por el comportamiento o la opinión (o el rechazo) de los demás. Pero tal vez en esa ocasión hubiera escocido un poquito. No sabía muy bien por qué.
Sin embargo, habían cambiado de opinión y habían aceptado. ¿Debido a su visita a Claverbrook House? Suponía que ese era el motivo. ¿Debido al hecho de haber incluido también a los niños? ¿Habría dicho el marqués algo después de que ella se marchara? ¿Habría dicho Constantine algo? Imposible. Mucho se temía que el desagrado que sentían hacia ella se debía a sus deseos de que Constantine encontrara a una mujer menos notoria.
Fuera lo que fuese, le habían dado una segunda oportunidad y quería impresionarlos. Demostrarles que era… humana. Demostrarles que no era la advenediza arrogante, desalmada y fría que se rumoreaba que era. Demostrarles que podía ser una anfitriona cariñosa y amable.
Y justo después de saludarlo el conde de Merton le puso en brazos a su bebé. Y la hija pequeña de lord Sheringford le regaló el ramillete de margaritas que había recogido junto al lago antes de salir corriendo atraída por la presencia de su primito, como si ella no fuera nada del otro mundo.
Era maravilloso ser alguien que no era nada del otro mundo.
Alguien a quien una niña no se quedaba mirando embobada.
Pondría las margaritas en un jarrón y las colocaría en su mesilla de noche. Le parecían mucho más valiosas que las rosas… o los diamantes.
– Ordenaré que los acompañen a sus habitaciones -dijo a los condes y a Constantine-. Y después nos reuniremos en la terraza occidental para tomar el té. Hace una temperatura bastante agradable y los niños pueden comer con nosotros y jugar en el prado si lo prefieren a la habitación infantil.
Aceptó el brazo que le ofrecía Constantine y precedieron al resto del grupo por la escalinata. ¿Por qué nunca se le había ocurrido incluir niños en sus fiestas, ya fuera en la ciudad o en el campo? Además de haber llegado a los treinta años sin tener hijos, había evitado todo contacto con niños.
Hasta ese preciso momento ni siquiera se había percatado de lo mucho que había anhelado tener hijos durante todos esos años.
Claro que, ¿de qué le habría servido admitirlo? Estaba casada con un anciano que solo había tenido un amante en toda su vida… un hombre, para más inri.
– Espero que el trayecto desde Londres haya sido agradable -dijo a Constantine.
– Muy agradable, gracias, duquesa -replicó él.