Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
El arco esta terminado. Sadrac admira ligeramente la perfección de su estructura; luego, en un mar de serenidad, lo derriba de un golpe y lleva los pedazos al depósito de material sobrante.
¿Acaso el solo hecho de que los componentes del arco se hayan desintegrado significa que el arco ya no existe? No. El arco existe, y brilla en la mente de Sadrac con la misma intensidad que cuando acababa de concebirlo. El. arco existirá siempre. El arco es indestructible. Sadrac vuelve a colocar las herramientas en el orden impecable en que las encontró, recoge el aserrín, y para concluir el rito, lo quema en la urna. Una vez que el banco queda totalmente limpio, se arrodilla, inclina la cabeza, y permanece en esta posición durante un minuto o dos. Ya ha alejado toda turbación y pena, tiene la mente en blanco, una tabula rasa, y está totalmente recuperado. Finalmente, se va.
Por todas partes hay imágenes de Mangú, la cara del apuesto mogol estampada en las fachadas de los edificios y reflejada en grandes estandartes que, atados a los postes de luz, se elevan imponentes sobre las calles. En la intersección de tres avenidas importantes, se ven hombres que trabajan activos, levantando la armadura de lo que, sin duda, será una inmensa estatua del virrey desaparecido. El proceso de la canonización ha avanzado considerablemente. Es evidente que día a día la memoria dé Mangú se impone en la conciencia de los ciudadanos de la capital mundial, y, sin duda, de los ciudadanos del resto del mundo. El recuerdo de Mangú, ahora que ha muerto, ha adquirido un poder y una presencia, de la cual Mangú nunca había gozado en vida: se ha transformado, indudablemente, en un semidiós aniquilado, en Balder, en Adonis, en Osiris, la promesa desangrada de la primavera que pronto volverá a surgir.
Sadrac, recuperada su frescura y agilidad vivaz, camina hacia el río, silbando una deliciosa musiquita romántica que, según cree, es una melodía de Rachmaninov. Mientras camina, advierte que alguien lo sigue: es un hombre que salió de la capilla de carpintería después de él. Pero Sadrac no se preocupa. Por ahora, nada lo preocupa, al contrario, se deleita con todo lo que lo rodea; la llanura, las colinas, el aire fresco y suave de la primavera, la idea de que un individuo lo está siguiendo, aun con la ridícula ubicuidad de Mangú, cuyos rasgos suaves y simétricos están presentes en todas partes, en buzones, en los cestos de residuos, en el pequeño muro blanco del bulevar que bordea el río, en banderas y banderines. Todo está hecho en tonos de amarillo, el color de luto de los mogoles, que ofrece una curiosa característica de brillo y festividad, como si estuviera por comenzar un desfile en honor a Mangú, seguido por la segunda llegada del glorioso virrey. Sadrac sonríe. Apoya su figura longilínea contra el muro del bulevar para apreciar la belleza del río, la corriente turbulenta, que, acelerada por la creciente de primavera, avanza con intensa energía entre un vaivén de remolinos. Sadrac imagina los filamentos y zarcillos de los arroyos tributarios que se extienden alrededor del canal que baila a sus pies, aunando estas tierras áridas, trayendo alegres el agua de la montaña, entregándosela al río y luego al mar, un inmenso sistema arterial que abastece a esa entidad viva y palpitante que es la tierra. La imagen reconforta su alma de médico, y hasta le parece escuchar la respiración del planeta, y aun los latidos del corazón terrestre, tam— tom, tam-tom, tam-tom.
El individuo que lo ha estado siguiendo aparece ahora en el bulevar y se ubica a la izquierda de Mordecai. Los dos, uno al lado del otro, contemplan el río en silencio. Después de un momento, Sadrac arriesga una mirada furtiva y descubre que el hombre es Frank Ficifolia, el experto en comunicaciones, el diseñador del Vector de Vigilancia Uno. Ficifolia es bajo, de rasgos y líneas redondeadas, un hombre capaz, de unos cincuenta años aproximadamente, sociable y conversador, y, por lo tanto, este silencio poco característico en él resulta significativo. Al entrar a la capilla de carpintería, a Sadrac le pareció ver a alguien que podía ser Ficifolia, pero, cumpliendo con las normas del culto, no volvió a mirarlo para comprobar de quién se trataba. Ahora. confirma su suposición, pero, cumpliendo también con ciertas normas, aunque de otra índole, no le dirige la palabra a Ficifolia: en este mundo vigilado y enloquecido de Genghis Mao, a menudo ocurren situaciones como éstas, en las que alguien se acerca con el deseo de hablar sin que adviertan que mantiene una conversación. Muchas veces, Sadrac ha mantenido largos diálogos con personas que ni siquiera lo miraban y aun con personas que le daban la espalda para disimular. Por lo tanto, ignora la presencia de Ficifolia, continúa contemplando el río embravecido y espera.
Finalmente, Ficrfolia dice, a propósito de nada y sin mirar a Sadrac:
—No puedo entender cómo es que todavía está aquí.
—¿Cómo?
—En Ulan Bator. Esperando la guillotina. Yo en su lugar me escondería, Sadrac.
—Entonces, sabe…
—Lo sé, sí. Varias personas lo saben. ¿Qué piensa hacer?
—No sé. Seguramente me quede donde estoy para pensar un poco. Tengo que evaluar una serie de cosas.
—¿Evaluar? ¿Evaluar? ¡Era de suponer que usted diría algo así! —Ficifolia trata de no mostrarse agresivo, pero no puede controlar sus emociones. Levanta la voz y gesticula exaltado—. ¿Quiere que le diga una cosa? Usted nunca perteneció a esta ciudad, porque no reúne ¡os requisitos necesarios, no es lo suficientemente loco. Es tan sereno, tan racional, analiza demasiado las cosas, y ahora quiere detenerse a hacer evaluaciones cuando están a punto de eliminarlo. Dígame, ¿cómo aterrizó aquí? Éste es un lugar para dementes. Lo digo en serio, Sadrac. Es un manicomio dirigido por lunáticos, y el lunático que preside es el más loco de todos, y usted está fuera de lugar aquí. ¿Puede haber algo más loco que un mundo podrido gobernado por burócratas ahogados en Antídoto y dirigido por un líder mogol que piensa vivir para siempre? ¿Hay algo de cuerdo en eso? ¿Es, acaso, el resultado lógico de quinientos años de imperialismo occidental? ¿Y los ojos espías por todas partes? ¿Eh? ¿Los vectores de vigilancia que están grabando mis palabras en este mismo momento y transmitiéndolas a Dios sabe qué clase de máquina para que tal vez nadie las recopile ni las analice de aquí a tres mil años? ¿Y los policías robot? ¿Y los depósitos dé órganos? Cualquiera que tome este mundo en serio tiene que ser un loco, y eso es lo que somos, todos, absolutamente todos, Avogadro, Horthy, Lindman, Labile, yo, toda la pandilla. Menos usted, tan solemne, tan controlado, tan complaciente, cumpliendo con su trabajo, usted y Warhaftig, cosiéndole el nuevo hígado al Khan, nunca una sonrisa, ninguno de los dos le dice al otro "Esta forma de vida es una locura", no, ni siquiera perciben la locura porque son básicamente cuerdos. No, Warhaftig no, él es un robot o un lunático, pero usted, Sadrac, nunca se inmuta, está lleno de horribles aparatitos microscópicos y ni siquiera eso lo altera. ¿Nunca tiene anos de gritar y patalear? ¿Por qué tiene que aceptar todo, asta la idea de que Genghis Mao lo expulsará de su propio cuerpo? ¿Por qué… —Ficifolia se contiene de pronto. Le tiemblan los músculos faciales en una serie de tics convulsivos. Logra controlarse y recuperar la calma. Cambiando el tono de voz dice—: Realmente, Sadrac, tiene un problema muy grande. Tiene que huir mientras pueda hacerlo.