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Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:

Regresa el fenómeno, regresa Moccia. La esperada nueva novela del best-seller italiano, Carolina se enamora, desembarca en nuestro país con un sólo objetivo: volver a arrasar. Con A tres metros sobre el cielo, Tengo ganas de ti, Perdona si te llamo amor y Perdona pero quiero casarme contigo, Moccia ha superado ya la cifra de 1.000.000 ejemplares vendidos en nuestro país, seduciendo tanto a jóvenes como a no tan jóvenes con sus relatos de amor adolescente.
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
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Mi madre retoma la lectura: «Hace seis meses que llevo esta carta en el bolsillo. Esta noche la he reescrito porque sabía lo que sucedería cuando le dijese a papá que pensaba dejar la universidad y, por tanto, no iba a tener otra ocasión para dártela. Durante todos estos años he estado bien…» Mi madre se para, solloza. Después respira profundamente, varias veces, aún más profundamente, y a continuación sigue leyendo: «Pero creo que a los veinte años todavía debo intentar ser feliz. Cuando papá me matriculó en medicina traté por todos los medios de hacerle entender que eso no era lo que yo quería hacer en esta vida, pero él no me hizo caso. Ya sabes lo cabezota que es, cree que conoce a todas las eminencias de la medicina…»

– Por supuesto, y él, en cambio, conoce a los verdaderos sabihondos. Me gustaría saber qué piensa hacer si no estudia. ¿Cómo se las arreglará? ¿Cómo piensa comer? ¿Dónde vivirá? ¡Tendrá que volver aquí!

Mi madre lo mira entornando los ojos, de pronto su semblante se endurece; mi padre no sabe que si alguien le toca a Rusty James puede transformarse en una tigresa.

Después exhala un prolongado suspiro, aún más prolongado que el anterior, y se pone de nuevo a leer: «Sé de tus esfuerzos, de tu paciencia y de tu amor, y estoy seguro de que entenderás mi decisión de abandonar medicina y de hacer lo que verdaderamente me gusta: escribir. ¿Recuerdas cuando te leía las redacciones de italiano? Tú me dijiste una vez que te divertían, que te hacían reír y que, además, te conmovían. Pues bien, mamá. Me gustaría que comprendieses que, de alguna forma, tú has sido quien me ha dado el valor necesario para no ignorar mi pasión. No quiero que mi vida sea tan sólo una sucesión de días en los que sólo espero que el tiempo pase, sin una sonrisa, sin una emoción, sin la esperanza del éxito deseado. Puede que me caiga mientras lo intento, sí, pero para levantarme de nuevo después e intentar conseguirlo redoblando el esfuerzo. Tengo la posibilidad de vivir ese entusiasmo que tú te has visto obligada a sofocar de alguna manera. Quiero convertirme en escritor, escribir para el cine, para el teatro, o una novela; me gusta leer, estudiar y conocer los textos de los demás, cosa que jamás le ha interesado a papá. He intentado comunicarle mi deseo mil veces y en cada ocasión ha tenido algo mejor que hacer: mirar un partido, leer elCorriere dello Sport o ir a jugar a las cartas con sus amigos. No creo que mi decisión le importe mucho. Él es así, no puede aceptar que los demás tengamos, al menos, una pasión. Mamá, te agradezco cuanto me has dado y, sobre todo, el valor que has sabido transmitirme. Estoy convencido de que sólo de ti podía llegarme el deseo de aspirar a más, de seguir una vida distinta de la que otra persona, que no me ama, había decidido ya para mí.»

Mi padre está fuera de sí. Se levanta de un salto y le arranca la carta a mi madre de las manos.

– ¡Muy bien, muy bien! ¿Has visto? ¡Tú tienes la culpa de que tenga que oír todas estas gilipolleces a estas horas, después de un largo día de trabajo!

Y la rompe al menos en tres pedazos. -¡Nooo! ¡Quieto!

Mi madre se abalanza sobre él. Y forcejean. Y logra detenerlo antes de que la rompa por completo. Después caen al suelo algunos trozos de papel. Mi madre se inclina y empieza a recogerlos mientras mi padre sale del salón sacudiendo la cabeza. Me precipito de nuevo hacia mi escondite y lo veo pasar también a él en dirección a su dormitorio. Da un portazo. Es la señal. Vuelvo a salir y, lentamente, entro en el salón. Mi madre está de rodillas, sigue recogiendo los trozos de la carta. Cuando me ve me mira con una expresión de disgusto, sus ojos son tiernos y tristes, también brillan ligeramente, como si quisiera llorar pero estuviera conteniendo las lágrimas. Entonces me inclino a su lado y. poco a poco, la ayudo a recoger todos esos trozos de papel. Cuando en el suelo ya no queda nada, nos levantarnos, los colocamos sobre la mesa y empezamos a juntarlos, tratando de alisarlos porque algunos están muy arrugados.

– Es como hacer un puzle -comento sin saber por qué. Y me gustaría no haberlo dicho, pero, por suerte, ella sonríe. Luego, cuando por fin damos con la manera de encajar todas las frases, pese a que están despedazadas, y éstas recuperan su sentido, mi madre se aleja, va al armario, el de la vitrina, en el que se guarda la vajilla antigua, ésa que sólo usamos durante las fiestas. Abre un cajón, saca la cinta adhesiva, la lleva a la mesa, la hace correr hasta sacar una tira larga y a continuación la corta con los dientes porque el portarrollos está roto. Coge el primer trozo y lo pega sobre el papel para fijar todas esas palabras desgarradas mientras yo sujeto la página con ambas manos. Y en silencio acopla el primer trozo de papel. A continuación coge otra banda de celo, tira de ella, la corta con los dientes y la pone sobre otro trozo de papel desgarrado, esta vez de arriba abajo. Me mira y me sonríe llena de dolor. Apoya su mano sobre las mías, alisa el folio y empuja el celo que acaba de colocar para que sujete mejor el papel. Y seguimos realizando esta operación en silencio durante un rato.

Al final mi madre levanta de la mesa con delicadeza el folio restaurado. Lo sujeta con ambas manos. Parece un pergamino recién hallado en una excavación con las instrucciones para encontrar un tesoro. Mi madre sonríe. Su tesoro. Nuestro tesoro. Rusty James…, que ha desaparecido por el momento.

– Eh, ¿se puede saber qué estáis haciendo? ¿No venís a cenar? -Ale se asoma a la puerta. Sigue masticando-. Oh. ¡Yo ya he terminado! Me he hartado de esperar… ¡Me voy a mi habitación!

Mi madre no dice nada. Yo sólo pienso en una cosa: ¿no se podría haber ido ella en lugar de Rusty?

Al final vamos a la cocina y cenamos, mi madre y yo. Me sirve un plato de espaguetis con tomate que está para chuparse los dedos, pese a que debería hacer un poco de dieta. Aunque, bien mirado, sólo he aumentado medio kilo después de haber perdido dos, así que todavía puedo permitírmelo, de modo que decido saborearlo sin mayor problema.

– Mmmm, ¡esta pasta está deliciosa! Un poco picante, pero me gusta…

Mi madre esboza una sonrisa. ¡Ha echado guindilla! Y comemos sonriendo y charlando de nuestras cosas. Para distraerla, decido contarle la historia de Massi.

– ¿Sabes, mamá? He conocido a un chico…

Pero veo que, de improviso, cambia de expresión. No sé por qué me parece que el tema no le interesa mucho… ¡Al contrario, le preocupa! De manera que cambio de inmediato de tercio.

– Al principio me gustaba, pero después de hablar un poco con él, se me pasó. ¿Es normal? ¿Alguna vez me gustará alguien de verdad?

Veo que esta última pregunta, falsa, la distrae de verdad.

– Oh, claro, no te preocupes por eso, todo lleva su tiempo…

Y seguimos así, y yo la escucho mientras la ayudo a levantar la mesa. Metemos los platos sucios en la pila, a la izquierda, y ella habla sin cesar, me cuenta cosas de cuando era una niña como yo…, del primer chico que conoció. Y de vez en cuando le hago también alguna pregunta.

– ¿Era guapo?

Mi madre sonríe. Y yo dejo de sentirme culpable por Massi, sí, le he dicho que no me gustaba, pero para tranquilizarla, que si luego un día lo conoce no tiene por qué saber que era la persona de la que le he hablado y, quizá, sigue gustándome. Me pela una manzana, me la como con ella y luego me voy a la cama no sin antes haber oído el consabido ruego.

– Caro, los dientes.

– Por supuesto…

Luego me meto en la cama. Pero los oigo discutir. A mis padres. Gritan, riñen, hasta dan portazos, y arman un buen escándalo. De manera que enciendo el iPod. Desde mi habitación se puede ver la de mi hermano. La puerta sigue abierta. Rusty James no ha regresado. Lo sabía, está resistiendo. Él es así. No creo que vuelva. Por un instante, me gustaría llamarlo y decirle algo, y hacerle sentir que, en cualquier caso, lamento lo que ha ocurrido, que es mi hermano y que lo añoro. Sólo que hay momentos en los que es necesario resistir el deseo de hacer una llamada, porque quizá uno está enfadado y necesita estar solo, no hablar con nadie, ni siquiera con las personas que te quieren. Pero, al menos, al libro de los oráculos puedo preguntarle lo que quiero saber con todas mis fuerzas. Lo coloco sobre mi barriga. Tengo los auriculares del iPod en los oídos. Lo he puesto en modorandom, de forma que las canciones suenan al azar. Me encanta sorprenderme con la música que se va sucediendo, acabas escuchando temas que no te esperas porque no los has elegido tú, pero, tal vez, incluso eso tenga un significado… Acto seguido apoyo la mano sobre la cubierta del libro. La acaricio y expreso con toda claridad mi pregunta: ¿volverá pronto Rusty? Lo abro pasados unos segundos. Lo levanto sobre mi barriga para poder leer bien: «Hay cosas que es preferible que sucedan.» Cuando leo esta frase, me siento morir. No me lo puedo creer. No es posible. No. No volverá. Y casi me entran ganas de echarme a llorar. Por si fuera poco, justo en ese momento oigo a Ligabue en el iPod: «Ésta es mi vida…, siempre pago yo…, jamás me han pagado a mí…» Y las lágrimas resbalan por mis mejillas y de repente me siento sola, sin esa seguridad que sólo él sabía darme: mi hermano. Y sigo llorando. Me gustaría poder contarle a alguien todas las cosas que en ese momento me pasan por la cabeza, pero no sé a quién dirigirme, o quizá me gustaría que ahora entrasen de improviso en mi dormitorio mi padre y mi hermano y me dijesen; «Perdona, Caro, ¡no llores! Era una broma.» Pero no es así. Y eso que entonces no sabía cuántas cosas tenían que cambiar aún.

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