Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– ¡Venga, no le hagas eso! ¡Le vas a dar un susto de muerte?
Pero Cudini hace oídos sordos. Menudo tipo. Es delgado a más no poder y alto como una jirafa. Lleva siempre unas sudaderas preciosas, dice que se las regala su tío de América, uno que viaja constantemente por trabajo. La de hoy es increíble, militar, azul mezclado con gris y verde, traída directamente de Los Ángeles. El tío de Cudini compra de todo en el extranjero y lo lleva a Italia: películas para la televisión, objetos para las boutiques, cuadros para los amigos, vestidos para las chicas, camisetas y vaqueros para las tiendas de tejanos, y cerveza para los bares. Y, además de todos los regalos que le hace, tiene siempre un billete de avión a punto para su sobrino. A Cudini le gustan las sudaderas y, por encima de todo, le gusta gastarle esa broma a la profe Fioravanti, la de tecnología. Lo llama «el caetemuerto». ¡Cuelga la capucha de la sudadera en la percha de clase y después se deja caer a peso ‹muerto», como dice él! Y cuando llega la profe Fioravanti, bueno, pues se organiza una buena.
– ¡Aquí está, aquí está, ya viene!
Alis entra corriendo en clase. Se divierte como una loca vigilando a ver si se acerca alguien.
– ¡Venga, vamos, sentaos ya!
Volvemos a nuestros pupitres y cuando la profe Fioravanti entra parecemos una clase modélica. Se detiene justo detrás de Cudini, que está colgado de la percha.
– ¿Qué pasa? ¿Cómo es que estáis tan callados? ¿Qué ha pasado? ¿Debo preocuparme?…
Antes de que le dé tiempo a acabar, Cudini empieza a patear, a moverse, a forcejear gritando «¡Ah! ¡Ah!». Chilla como un loco, como un cuervo golpeado, como un ave rapaz, que se aleja volando en un valle cualquiera, mientras agita los brazos y las piernas colgado por la capucha de la sudadera, y sacude con fuerza la percha contra la pared.
– Ah, ah…
La profe Fioravanti se sobresalta.
– ¡Socorro, ¿qué ocurre?! -Se lleva la mano al corazón-. ¡Qué susto? Pero ¿qué es esto?
Y entonces ve esa especie de murciélago humano pegado a la pared que grita y se debate haciendo ruido.
– Ah, ah, ah… -brama Cudini.
Entonces la profe Fioravanti coge su carpeta y lo golpea varias veces en la espalda, con fuerza, intentando aplacar a ese extraño animal. Víctima de todos esos golpes en la espalda, Cudini al final se tambalea, no consigue mantenerse en pie y pierde el apoyo. Se queda colgado de la percha sólo por la sudadera y, al final, se suelta. La sudadera se estira, la capucha resiste, lo sujeta todavía un poco…, pero luego Cudini se precipita hacia adelante arrastrando el perchero de madera consigo, arrancando las sujeciones, y cae al suelo con gran estruendo.
– ¡Ay!
Cudini rueda por el suelo y la percha se le viene encima. Todos nos echamos a reír, organizamos una buena algarabía, algún que otro chalado se sube al pupitre, todos gritan, arman jaleo, e imitan las voces de extraños animales.
– ¡Hia, hia!
– ¡Glu, glu!
– ¡Roar, roar!
– ¡Sgrumf, sgrumf!
La profe Fioravanti sigue pegando con su carpeta a Cudini incluso ahora que está en el suelo, con el perchero encima.
– Toma, toma, toma …
– ¡Ay, ay, profe! ¡Que soy yo!
Por fin consigue quitarse el perchero de encima y se retira la capucha de felpa, dejando la cara a la vista.
– ¡Cudini! ¿Eres tú? ¡Pensaba que se trataba de un ladrón!
Él se levanta dolorido.
– Ay, ay… Me han gastado una broma, mis compañeros me colgaron ahí…
– ¿Cómo es posible que siempre te gasten la misma broma a ti? ¿Y que tú caigas una y otra vez? ¡Y pensar que no te tenía por un idiota!…
Llegados a ese punto, Cudini no puede añadir nada más. Ha recibido la nota que se merecía, y ha tenido que pasarse la tarde ayudando a enyesar la pared y a colocar de nuevo el perchero en su sitio. Y, lo peor de todo, ha debido presentar la cuenta del albañil a sus padres. Por lo visto, su padre no ha empleado la carpeta de la Fioravantí para zurrarlo, sino que lo ha hecho directamente con los pies. En cualquier caso, Bettini, el amigo de toda la vida de Cudini, ha grabado la broma del «caetemuerto» con su móvil usando el zoom. Y luego lo ha colgado en www.scuolazoo.com
. ¡Y según parece ha entrado en la lista de los mejores! El caso es que jamás nos habíamos reído tanto como hoy. Pero lo que más me ha sorprendido es lo que ha sucedido a la salida.
– ¡Hola, Gibbo! Hola, Filo.
– Eh, Clod, ¿hablamos luego?
– Claro, ¿qué piensas hacer?
– Alis pensaba ir a dar una vuelta por el centro.
Y justo en ese momento, piiii, piiii, oigo el claxon. Y no puedo por menos que reconocerlo. ¡Es mi hermano! Hacía una semana que no lo veía ni hablaba con él. Y lo sentía. Es decir, en un principio pensé que volvería a casa en seguida después de la pelea con mi padre, o quizá pasados uno o dos días. En cambio, ha resistido fuera una semana, no sé dónde ha dormido, ¡y además ha ido a recoger sus cosas! ¡Rusty James es genial! Quiero decir que, por un lado, lo he echado de menos, pero por otro me gustan las personas que son consecuentes con lo que dicen.
– ¿Qué haces?
Me sonríe subido a su moto, una preciosa Triumph azul con el tubo de escape plateado, cromado y un sillín largo de piel negra.
– ¿Vienes conmigo? -Me ofrece un segundo casco-. Tengo una sorpresa para ti.
Esboza una sonrisa increíble. No puedo remediarlo. Rusty James me gusta muchísimo. Siempre está moreno, tiene la tez oscura y les dientes muy blancos, que hacen que su piel resalte aún más. Puede que porque siempre va por ahí con la moto. O porque, como dice mi madre, «El sol besa a los guapos». Bah, no sé. Sea como sea, corro hacia él, le quito el casco y me lo pongo a toda velocidad. A continuación me agarro a él y monto al vuelo, apoyo los pies sobre el estribo y, voila, paso la otra pierna al otro lado, como si montase a caballo. Me abrazo con fuerza a su cintura. Y Alis y Clod, y también las otras chicas me miran. Rusty gusta a rabiar…, ¡más incluso! Todas querrían tener un hermano así, o un amigo o un novio, en fin, de una manera o de otra, todas querrían estar ahora en mi lugar… ¡Pero la afortunada soy yo!
– ¡Adióóósss!
Consigo saludarlas liberando el brazo derecho en su dirección. Pero es un instante. Rusty ha puesto primera y la moto se precipita hacia adelante. Apenas me da tiempo de volver a abrazarlo y ya estamos volando en medio del tráfico. El viento en el pelo, Me miro en el espejito que hay delante. Tengo los ojos entornados y las puntas de mi pelo, con mechas de un rubio claro, sobresalen del casco. Encuentro las gafas Ray-Ban dentro de mi bolsa. Me las pongo con una sola mano, lentamente, la patilla tropieza al principio con el pelo, después detrás de la oreja, pero al final consigo colocármela. Ahora el viento me molesta menos y puedo ver bien la calle. Lungotevere. Dirección centro. Nos estamos alejando del colegio, de casa…
– Eh, pero ¿adónde vamos? -grito para que me oiga.
– ¿Qué?
– ¿Adónde vamos?
Rusty James sonríe. Lo veo por el retrovisor, nuestras miradas se cruzan.
– ¡Ya te he dicho que es una sorpresa!
Y acelera un poco más y yo lo abrazo con más fuerza, y de esa manera escapamos, lejos de todo y de todos, perdidos en el viento.
Un poco más tarde, Rusty James frena, reduce las marchas y se desvía hacia la izquierda. Baja siguiendo el curso del río. Se levanta sobre los estribos para saltar un último y pequeño escalón. Lo imito para evitar el golpe del sillín en las nalgas. Sonríe al verme.
– ¡Eso es!
A continuación saltamos los dos, volvemos a sentarnos y él acelera de nuevo, reduce las marchas, acelera, dando gas, avanza a lo largo de una pista para bicicletas, del río, que ahora está más cerca.