Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
Silvia, la madre de Carolina
Soy la madre de Carolina. Me Llamo Silvia. Tengo cuarenta y un años, no me licencie en la universidad, hice el bachillerato de letras y no me ha servido para nada. Trabajo en una tintorería. Mi sueño es ver felices a mis hijos. De verdad. A todos. Satisfechos y capaces de valerse por sí solos. Por ese motivo me levanto por la mañana y regreso cansada a casa después de muchas horas. Pero no me pesa. Son mis hijos y los quiero muchísimo. Son tan diferentes, tan frágiles. Giovanni y Carolina se llevan muy bien, sé que se echarán siempre una mano y eso me tranquiliza. Alessandra tiene sus manías estéticas y algunas debilidades que, en ocasiones, hacen que se comporte de manera distinta de como es en realidad. Porque Ale es buena, lo sé. Giovanni es guapísimo, y bueno también. En la universidad no mucho, porque hasta ahora ha hecho muy pocos exámenes y sé, lo siento, que ése no es su camino, que lo sigue contra su voluntad para contentarnos, sobre todo a su padre. Hablo de la escritura, de cómo consigue conmoverme cuando cuenta algo. También Carolina lo dice siempre. Ella cree en él. Cómo me gustaría que Rusty James, como lo llama Carolina, consiguiese lo que pretende. Se lo merece de verdad. Pero me asusta que se lleve una decepción. Su padre no lo apoya, y lo mismo harán otras personas que piensan que el del escritor no es un auténtico oficio, sino una pasión que no te da de comer. Se dice que sólo publican los que tienen enchufe y él, por descontado, carece de uno. Por desgracia, no tenemos conocidos importantes que puedan ayudarlo. En ese campo, no. Darío, mi marido, ha dedicado todo su tiempo y atenciones a los «barones», los médicos que deambulan con sus batas por los pasillos del lugar donde trabaja. Espero que Rusty James tenga la fuerza suficiente para enfrentarse a todas las negativas que recibirá, y que no se detenga nunca a pesar de ellas. Me gustaría estar segura de que he conseguido transmitirles, sobre todo, eso: que nuestra vida es nuestra y que nadie nos regala nada, que somos nosotras los que la construimos en función de nuestros verdaderos deseos. Sólo que hay que tener mucha fe porque, de otra forma, ocurre justo lo contrario: nuestros miedos toman la delantera, somos nosotros mismos quienes lo echamos todo a rodar, y culpamos de ello a los demás. Mi vida es sencilla y puede que, a ojos de los demás, parezca modesta y sin satisfacciones. No es así. Vivo como sé vivir y de la manera que me permite, pese a los muchos sacrificios, sacar adelante a mi familia, una familia que he deseado ardientemente tal y como es. Y luego está Carolina, mi Caro, que al final es la que mejor me entiende. De vez en cuando me dice que me quiere y que no podría quererme más aunque yo ganase mucho dinero o tuviese un trabajo «chic». Asegura que soy una buena madre, honesta y auténtica,y eso me enorgullece.
El amor. Me habría gustado que fuese como el que viven mis padres, pero el mío es un sentimiento realmente raro. No siento envidia, quiero a mi marido, pero sé que, quizá con el tiempo, se ha extraviado un poco en sus frustraciones. En el fondo es un hombre bueno y todavía recuerdo los innumerables proyectos e ideas que tenía cuando era joven, cuando quería comerse el mundo y regalarme el «bienestar». Quizá nunca haya entendido -porque tal vez yo no he conseguido hacérselo sentir- que mi «bienestar» sería que estuviese un poco más sereno, no verlo estallar y gritar como hace a veces. No obstante, sé que es sólo su manera de demostrar amor, de pedir comprensión. ¿Qué sueño? Que mis hijos me den motivos de orgullo, y sólo pueden hacerlo de una forma: siendo auténticamente felices, valientes, fuertes, y confiando en la vida. Conscientes en todo momento de que el hecho de estar vivos es, en verdad, un regalo maravilloso, que los demás, todos, incluso los que parecen diferentes o distantes, tienen algo bueno en el fondo, basta con darles un poco de confianza. Que no importa el dinero que uno tenga, porque cuando los auténticos valores están bien enraizados en nuestro interior, constituyen una riqueza inagotable. Siempre he tratado de vivir así. Y así soy feliz.
Noviembre
Cuando tenga ochenta años me gustaría poder decir que:
– He pasado un fin de semana en Alaska,
– He aprendido a bailar la danza del vientre.
– He besado a más de cinco chicos y, por último, a Massi.
– Me he comprado un vestido largo de color blanco.
– He tenido una tostadora de pan con sistema de expulsión automático.
– Me he comprado una de esas enormes neveras americanas.
– ¡Me he tomado un café con el cantante de Finley!
Hoy he acompañado a mi madre al cementerio. Cada vez que voy, Clod y Alis tienen que consolarme después. Quizá con un helado y un paseo. Me entristece de una forma… Mi madre se dedica a colocar las flores que le compra al florista del quiosco de enfrente. Yo nunca sé qué decir. Todas esas personas recordando su dolor. Es algo que no acabo de entender porque, por suerte, todavía no he perdido a nadie. Mis abuelos, Lucí y Tom, aún viven, y las personas que más quiero siguen a mi lado. Quizá por eso me siento inquieta allí. Lo sé, podría no ir, pero mi madre me lo pide siempre, me dice que le haga compañía, ya que, de lo contrarío, tendría que ir sola. Mi padre jamás va al cementerio. Mucho menos Ale. Antes la acompañaba Rusty James, pero ahora me lo ha pedido a mí y, además, siento tener que dejarla sola. Allí están varios de sus tíos. La ayudo a coger la escalera, le tiendo las llores, cojo agua y se la paso. Y ella se pone a arreglarlo todo. Mientras la espero, doy una vuelta y leo las inscripciones y las oraciones de las lápidas más antiguas. Hay algunas muy breves y suenan un poco extrañas. También observo esas fotografías completamente descoloridas en las que apenas se pueden reconocer los rasgos de las caras. Y esos nombres que ya casi no se usan, unos nombres tan remotos como esas vidas… Luego mi madre me llama y nos marchamos. Así, igual que hemos llegado.
Noviembre ha sido un mes extraño, un mes de tránsito, uno de esos que no olvidaré fácilmente en mi vida. Por primera vez me he sentido…, digamos…, mujer. Gracias a mi hermano. Era un viernes. Los viernes resulta un poco extraño estar en el colegio. Quizá porque se siente la proximidad del sábado y del domingo, y por eso el jaleo suele ser mayor.