Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
Pero la conversación que tuvo al día siguiente -desde una cabina telefónica, como le habían ordenado- con el hombre de la voz tranquila, le quitó el sueño durante muchas horas más. Le ordenaron algo que no hubiese esperado nunca.
19 EL HOMBRE DE LA MIRADA QUIETA
Méndez había logrado ingerir en un bar de Atocha, no lejos de allí, unos buenos tragos de anís barato, seco y duro, y estaba convenientemente amodorrado en el salón rotonda del hotel cuando la vio pasar. Méndez había hecho una peregrinación a las casetas de libros viejos de la Cuesta de Moyano, sin encontrarlas ya, y había dado fin a sus problemas culturales metiéndose en aquel bar donde terminó haciéndose amigo del camarero y confidente del limpiabotas, además de enterarse de que muy poco antes había quedado embarazada la dueña. Confortado con estos efluvios del alcohol, de la amistad y de la vida que pasa, Méndez estaba medio adormilado cuando -hay que insistir en ello- la vio cruzar la rotonda a poca distancia. Se dio cuenta una vez más de que no era ya joven ni demasiado guapa, y además, al margen de eso, tenía la desgracia de ser ciega. Méndez pensó que se fijaba en ella, la señorita Alonso, sólo porque lo sabía todo sobre su vida -incluidas sus terribles desdichas- y porque era increíble que una mujer sin visión se moviese con aquella soltura. Pero luego se dio cuenta de que eso no era cierto, de que en realidad estaba pensando una mentira.
La señorita Alonso tenía para él un cierto interés como mujer. Según sabe todo el mundo -y según el curioso lector puede comprobar en diversos archivos cardenalicios- a Méndez le interesaban las mujeres más bien crepusculares, armadas con una corsetería eficaz, que tuviesen un cierto sentido barroco del amor y a las que no importara empezar por la mañana y no haber tenido todavía un orgasmo a la hora de la cena. Quizá la importante señorita Alonso daba la imagen en esos profundos pensamientos de Méndez, al menos de una forma inconsciente. O tal vez no tan inconsciente, pues Méndez la había visto desnudarse en su habitación, y todos sus amigos sabían que Méndez, incluso en sus pensamientos más fugitivos, era profundamente malvado.
Miró con renovada atención a la señorita Alonso. Sus dos batallas perdidas, las dos arrugas en el cuello, aparecían estampilladas bajo un rostro que sin embargo estaba cargado de vida. Sí, a pesar de todo lo que le había ocurrido, el rostro de aquella mujer seguía estando cargado de vida. Méndez clavó sus ojos en ella por una serie de pequeñas cosas, que sin duda empezaban -desvergonzadamente- por el secreto de haberla visto casi desnuda y seguían -por orden decreciente, según la más respetable escala de valores- por su asombrosa facilidad de adaptación a un mundo sin luz, por la gracia de sus andares -propios de una señorita que ha sido instruida en academias de baile y conciertos de piano con audiencia limitada- y la distinción de sus movimientos -por supuesto, propios de una señorita que ha sido enseñada a evolucionar entre cortinas de Valenciennes y tapices de La Granja-. Ninguna de estas virtudes tan inconcretas podía borrar, desde luego, la virtud concreta de un desnudo, pero para un hombre tan pasado de moda como Méndez eran cosas que aún conservaban vigencia. Por eso la siguió con la mirada hasta que ella desapareció por la puerta de la calle, esta vez sin ninguna escolta, lo que era sencillamente asombroso. Por eso Méndez la siguió a toda velocidad -es decir, a dos kilómetros por hora- mientras se preguntaba con inquietud si la señorita Alonso era de verdad una ciega, es decir si allí no existía una gran farsa.
Una vez en la calle se dio cuenta de que la mujer no iba sola. Su dama de compañía, a la cual él ya conocía, la había estado esperando fuera para guiarla a través del tráfico incivil de la calle del Prado. Es decir, la señorita Alonso no sorteó sola los peligros del asfalto. Fue a la cercana casa donde había estado el cadáver de su hija adoptiva y se metió en ella. La dama de compañía entró esta vez también. Méndez permaneció fuera, con la mirada perdida.
Nada extraño en aquella actitud de la señorita Alonso. Aquel piso modesto, cercano al hotel, había de significar tanto para ella que era normal que lo frecuentase. Por lo tanto Méndez olvidó sus malditas sospechas, hizo una mueca, volvió la espalda y se dirigió de nuevo al hotel.
Fue entonces cuando lo vio. El rostro le recordó inmediatamente algo, pero no estaba seguro de que aquel tipo que ahora cruzaba la calle fuera el mismo que estaba archivado en algún rincón de su memoria. Méndez había visto tantas caras de asesinos, atracadores, violadores y otros tipos aptos para triunfar en un festival de ratas que ya le era imposible precisar identidades. Quizás a aquel tipo no lo había visto jamás. Pero le recordaba a Valle, un tipo que violó a dos niñas y mató a otra. El tal Valle era de estatura mediana, manos grandes, buena musculatura y mirada terriblemente fija. El tipo que ahora cruzaba la calle era de estatura mediana, manos grandes, buena musculatura y mirada terriblemente fija. Fue ese detalle, el de la mirada, el que devolvió a Méndez a otros tiempos más dados a la paz cristiana, cuando aquellos tipos, antes de ser ejecutados, recibían toda clase de seguridades sobre su vida futura. Pero era evidente que estaba equivocado. Aquel tipo no podía de ninguna forma ser Valle, ya que Valle tenía que encontrarse en la cárcel. Por su parte, el paseante en corte también le miró a él, y si pensó algo pensó que no podía ser Méndez, puesto que Méndez no podía encontrarse en los barrios altos de Madrid, sino en los barrios bajos de Barcelona.
En fin, Méndez se olvidó de él y regresó al hotel a pasos más bien veloces, buscando de nuevo el placer de su butaca y de su somnolencia en la rotonda. Entonces se encontró -lo cual nada tenía de extraño, puesto que le ocurría frecuentemente- con aquel hombre joven que usaba corbatas de seda italiana y leía elFinancial Times. Los dos se saludaron con una leve inclinación de cabeza. A aquellas alturas, Méndez ya sabía que el hombre con el que se acababa de cruzar se llamaba Fernando Torres, del mismo modo que conocía los nombres de prácticamente todos los clientes del hotel. En cambio Fernando Torres, al no disponer de tantos medios de investigación, no sabía aún que Méndez era un policía. Y caso de saberlo no lo hubiese creído, entre otras cosas porque un policía que está siempre dormido cerca del bar no merecerá nunca que le den un destino de lujo en el Hotel Palace. Por supuesto que Fernando Torres, un buen profesional en otros aspectos, no conocía en absoluto la historia de España.
Después de cruzarse con Méndez, Fernando Torres se dirigió hacia
Cibeles en busca de una cabina telefónica libre y en buen uso. Ardua tarea en la que han fracasado los más notables talentos del país. Pero como disponía de tiempo, como había salido con mucha antelación, encontró al fin una que le permitió hacer la llamada durante la media hora del plazo convenido. La voz tranquila le contestó con la indiferencia de siempre:
– ¿Torres…?
– Sí. Quedamos en que llamaría a esta hora. Puede estar tranquilo, porque hablo desde una cabina pública.
– De acuerdo. He estado haciendo averiguaciones sobre ese hombre del que me habló, Galán.
– ¿Y…?
– Es realmente muy bueno. Ha trabajado en todo el mundo, y parece que no falla nunca. -Se lo dije.
– Ha trabajado incluso en Estados Unidos, para el Sindicato del Crimen. Y en América del Sur, sobre todo en América del Sur. Me han asegurado que una vez, en Bogotá, pusieron tras su pista a otro asesino a sueldo, y Galán no sólo lo mató, sino que envió la cabeza a la casa del hombre que había hecho el encargo. Me han asegurado también que es muy bueno con el cuchillo. Hace lo que llaman «la pajarita».
Sin transición, añadió:
– La «pajarita» consiste en dibujarla en el cuello con la punta de una navaja, pero pinchando muy adentro. El que tiene la desgracia de encontrarse con ese adorno, cuando se entera ya se ha quedado sin garganta.