Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
Klavs y Kimmie no volvieron a cruzar una palabra después de aquel día.
La suerte que corrió aquel hombre, a ella no le interesaba.
En el despacho del director le comunicaron que podía recoger sus cosas. Faltaba media hora para que pasara el autobús que la llevaría a Copenhague. No hacía falta que se molestara en llevar puesto el uniforme; es más, era preferible que se abstuviera de mostrarse en público con él. A partir de ese momento podía considerarse expulsada.
Kimmie contempló largo rato las mejillas enrojecidas del director y después lo miró a los ojos.
– Es posible que tú… -hizo una pausa que perpetuó de por vida aquel tratamiento irrespetuoso e imperdonable-…que tú no creas que me obligó, pero ¿estás seguro de que esos periodicuchos sensacionalistas no van a ver las cosas de otro modo? ¿Te imaginas el escándalo? Profesor viola a alumna… ¿Te lo imaginas?
El precio de su silencio era razonable. Quería irse, recoger sus cosas y marcharse del colegio de inmediato. Lo demás le daba lo mismo, lo único que no quería era que avisaran a sus padres. Ese era el precio.
El director protestó, le explicó que era inmoral que el centro siguiera cobrando por un servicio que no iba a prestar, pero Kimmie arrancó con insolencia la esquina del primer libro que vio sobre la mesa y anotó un número.
– Toma -dijo-, aquí tienes mi número de cuenta. No tienes más que ingresarme las mensualidades del internado.
Él dejó escapar un hondo suspiro. Aquel pedacito de papel acababa de barrer de un plumazo varias décadas de autoridad.
Alzó la mirada hacia la niebla y sintió cómo la invadía la calma. El bullicio de las agudas voces que llegaban de la zona infantil apenas llegaba hasta ella.
Solo había un niño y una niña con sus canguros en todo el parque, dos pequeños de movimientos torpes que jugaban a «tú la llevas» entre los columpios mudos del otoño.
Avanzó entre la niebla y contempló en silencio a la niña. Llevaba algo en la mano que el pequeño trataba de quitarle.
Ella también había tenido una criatura como esa.
Se dio cuenta de que la canguro se había levantado y no la perdía de vista, de que las alarmas se habían disparado tan pronto había salido de la maleza con la ropa sucia y el pelo revuelto.
– Ayer no tenía este aspecto, tendrías que haberme visto -le gritó a la niñera.
De haber llevado puesto el traje de la estación la cosa habría sido bien distinta. Todo habría sido bien distinto. Puede que esa mujer hasta le hablara.
La escuchara.
Pero la niñera no escuchó. Saltó, le cerró el paso con decisión con los brazos extendidos y les gritó a los pequeños que volvieran de inmediato. Ellos se resistían. ¿Es que no sabía que algunos duendecillos no siempre obedecen? Kimmie se divertía.
De pronto echó la cabeza hacia delante y se echó a reír en plena cara de la canguro.
– ¡He dicho que vengáis! -chilló histérica mirándola como si fuese una auténtica basura.
Por eso Kimmie dio un paso hacia ella y la golpeó. No tenía por qué tratarla como si fuera un monstruo.
La joven cayó al suelo sin parar de gritar que no le pegara y sin dejar de amenazarla con borrarla del mapa. Conocía a un montón de gente que podía hacerlo.
Kimmie le dio una patada en el costado. Primero una y después otra más, hasta que logró acallarla.
– Ven a enseñarme qué llevas en la manita, chiquitina -la atrajo-. ¿Llevas una ramita?
Pero los niños se habían quedado paralizados. Lloraban con los dedos crispados y llamaban a Camilla.
Kimmie se acercó más. Era una niña preciosa incluso cuando lloraba. Tenía el pelo muy largo y muy bonito. Castaño, como el de la pequeña Mille.
– Ven, bonita, enséñame lo que llevas en la mano -insistió mientras se aproximaba con cuidado.
Oyó un susurró por detrás, pero, aunque se volvió, no le dio tiempo a protegerse de aquel durísimo y brutal golpe en el cuello.
Cayó boca abajo sobre la grava y sintió en el vientre la aspereza de una de las piedras que marcaban el camino.
Mientras tanto, la tal Camilla saltó por encima de ella y se llevó a los dos niños, uno debajo de cada brazo. Una auténtica chicarrona de barrio, de pantalones ajustados y pelo lacio.
Kimmie levantó la cabeza y alcanzó a ver los rostros de los niños que, deshechos en lágrimas, desaparecían por detrás de los arbustos.
Ella también había tenido una niña como aquella, pero ahora estaba en casa, en la arqueta de debajo del diván. Aguardando pacientemente.
Pronto volverían a estar juntas.
21
– Quiero que hablemos de lo que ocurrió con total franqueza -dijo Mona Ibsen-. La última vez no llegamos demasiado lejos, ¿eh?
Carl contempló el mundo de la psicóloga. Pósteres con hermosos escenarios naturales, palmeras, montañas y esas cosas; colores claros iluminados por el sol; sillas de maderas nobles, plantas ligeras como plumas; todo en perfecto orden, nada dejado al azar; ningún cachivache perturbador y, sin embargo, la enorme distracción que suponía tenderse en el diván con la mente abierta y no ser capaz de pensar en otra cosa que en quitarle la ropa.
– Lo intentaré -prometió. Estaba dispuesto a hacer cuanto ella le pidiera. Al fin y al cabo, no tenía nada mejor en que entretenerse.
– Ayer atacaste a un hombre. ¿Puedes explicarme por qué?
Él protestó como correspondía, proclamó su inocencia. Sin embargo, ella lo miraba como si mintiera.
– Me temo que en tu caso la única manera de avanzar va a ser retroceder un poco. Quizá te parezca desagradable, pero es necesario.
– Dispara -contestó el subcomisario con los ojos entornados, pero lo bastante abiertos como para seguir el efecto de la respiración en sus pechos.
– En enero de este año te viste involucrado en un tiroteo en Amager, ya hemos hablado de ello. ¿Recuerdas la fecha exacta?
– El 26 de enero.
Ella asintió como si fuese una fecha particularmente buena.
– Tú saliste bastante bien librado, pero uno de tus compañeros, Anker, murió y el otro está paralítico en el hospital. ¿Cómo has llevado estos ocho meses, Carl?
Levantó la mirada hacia el techo. ¿Que cómo los había llevado? La verdad es que no tenía la menor idea. No debería haber ocurrido, eso era todo.
– Siento que pasara, claro.
Imaginó a Hardy en la clínica. Su mirada triste, apagada. Sus ciento veinte kilos de peso muerto.
– ¿Te atormenta?
– Sí, un poco.
Trató de sonreír, pero Mona estaba consultando sus papeles.
– Hardy me ha dicho que sospecha que los tipos que os dispararon os estaban esperando. ¿Te lo ha dicho a ti también?
Carl se lo confirmó.
– ¿Y también que cree que solo Anker o tú pudisteis ponerlos sobre aviso?
– Sí.
– ¿Y qué te parece la idea?
Lo estaba evaluando. Tal como él lo veía, la mirada de Mona Ibsen destilaba erotismo. A saber si era consciente de ello y de lo mucho que le distraía.
– Puede que tenga razón -respondió.
– Tú no fuiste, evidentemente, lo noto. ¿Me equivoco?
¿Qué podía esperar sino una negativa? ¿Lo tomaba por tonto? ¿Hasta dónde creía poder leer en un rostro?
– No, claro, no fui yo.
– Pero, si fue Anker, algo tuvo que salirle mal, ¿no?
Es posible que esté loco por ti, pensó, pero si pretendes que siga adelante con esto vas a tener que empezar a hacerme preguntas como Dios manda.
– Sí, claro -contestó.
Oía su propia voz como un susurro.
– Hardy y yo vamos a tener que considerar esa posibilidad. En cuanto deje de ser víctima de las mentiras de un payaso que se cree detective y de las zancadillas de ciertos potentados, nos ponemos con ello.
– En Jefatura lo llaman el caso de la pistola de clavos a causa del arma homicida. A la víctima le dispararon en la cabeza, ¿verdad? Parece una ejecución.