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Электронная книга - «Contra Todas Las Reglas». Краткое содержание книги:

Rule Jackson es el capataz del rancho que Cathryn Ashe heredó siendo una adolescente. Cathryn escapó del rancho hace años, después de un apasionado encuentro con Rule. Él ha estado obsesionado por los recuerdos de su breve romance y cuando Cathryn vuelve finalmente al rancho, después de la muerte de su marido, Rule está decidido a que sea suya y no va a aceptar un no como respuesta. Pero Cathryn sabe que esta vez las apuestas están más altas, y las dudas asaltan su corazón, corazón que, finalmente comprende, siempre ha sido de Rule.
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Cathryn tuvo que reírse.

– ¡Me pregunto que será ese algo!

La nueva sensación de sentirse más cerca de Lewis la acompañó el resto del día, que fue tan agitado y preocupante como lo había sido la mañana. Uno de los sementales tuvo un cólico y dos de las yeguas se habían puesto de parto. Cuando por fin se encaminó trabajosamente hacia la casa ya eran más de las siete, y Lorna la indicó que ya le había subido la bandeja a Rule.

– Está de un humor horrible -la informó.

– Pues tendrá que aguantarse -dijo Cathryn cansadamente-. Esta noche no me siento con fuerzas para calmarle. Voy a dame una ducha y a meterme en la cama.

– ¿No vas a comer?

Ella negó con la cabeza.

– Estoy demasiado cansada. Te prometo que mañana lo compensaré.

Después de darse una ducha, cayó atravesada en la cama, demasiado cansada para taparse con la sábana. Se quedó dormida inmediatamente, lo que fue una suerte, porque en lo que le pareció unos pocos minutos empezaron a sacudirla para despertarla.

– Cathryn, despierta -era la voz de Ricky, y Cathryn se obligó a abrir los ojos.

– ¿Qué pasa? -preguntó medio dormida, notando que Ricky todavía iba vestida-. ¿Qué hora es?

– Las once y media. Vamos. Las dos yeguas están pariendo y Lewis necesita ayuda -la voz de Ricky carecía totalmente de hostilidad, pero ella siempre había estado interesada en el trabajo del rancho. No la extrañó que Lewis hubiera llamado a las dos mujeres en vez de despertar a algún trabajador para que lo ayudara; ya antes habían ayudado en partos de otras yeguas, aunque ya hacía años que Cathryn no hacía algo así. Pero el rancho era suyo y esto era su responsabilidad.

Rápidamente se vistió y las dos se apresuraron hacia el granero donde las yeguas parían. Sólo había unas débiles luces en las cuadras de las yeguas. Tenían que guardar silencio para impedir poner nerviosas a las hembras embarazadas, así que no hablaban si no era en tono muy bajo. Lewis y el veterinario, Floyd Stoddard, esperaban en una cuadra vacía.

Lewis alzó la mirada cuando las dos mujeres entraron.

– No creo que el parto de Sable dure mucho más. Andalusia tardará un poco más.

Pero aunque esperaron, Sable no paría, y Floyd empezó a preocuparse. Eran casi las dos de la mañana cuando fue a examinarla otra vez y volvió a la cuadra donde esperaban los demás con cara preocupada.

– Sable está pariendo -les informó-. Pero el potro se ha colocado lateralmente. Vamos a tener que ayudar. Todo el mundo a limpiarse.

Los dos hombres se desnudaron de cintura para arriba y se lavaron con agua caliente y jabón, luego se apresuraron a la cuadra de Sable. Ricky y Cathryn se enrollaron las mangas hacia arriba y también se lavaron, aunque en realidad ellas no ayudarían a girar al potro. La preciosa yegua marrón oscuro estaba acostada, sus costados estaba hinchados de forma grotesca.

– Sosténgale la cabeza -Floyd se dirigió a Ricky, luego se arrodillaron detrás de la yegua.

Un fuerte y lastimero relincho hizo que giraran la cabeza. Lewis maldijo.

– ¡Cathryn, ve a ver a Andalusia!

Andalusia también estaba acostada, pero no parecía que lo estuviera pasando mal. Cathryn la examinó, luego consideró la situación. Ricky usaba toda su energía manteniendo quieta la cabeza de Sable; Lewis estaba aplicando presión sobre la yegua para ayudar a Floyd a girar al potro.

– Andalusia está bien, pero ya está a punto. Me quedaré con ella.

El sudor corría por la cara de Lewis.

– ¿Sabes que hacer? -gruñó.

– Sí, no te preocupes. Llamaré si hay algún problema.

Andalusia levantó la cabeza gris perla y relinchó suavemente cuando Cathryn entró en la cuadra, luego dejó caer de nuevo la cabeza sobre el heno. Cathryn se arrodilló a su lado, acariciándola tiernamente y murmurando que no estaba sola. Los grandes y oscuros ojos del animal se posaron en Cathryn con una serenidad conmovedora, casi humana.

Los costados de la yegua se movieron con otra contracción y unos diminutos y afilados cascos aparecieron. Andalusia no necesitó ninguna ayuda. En unos minutos el potro se retorcía en el heno, todavía dentro de la brillante bolsa. Rápidamente Cathryn cortó la bolsa y liberó al animalito, luego cogió un paño suave y seco y empezó a frotarlos con movimientos largos y rítmicos. Se inclinó sobre el heno cuando la yegua empezó a luchar para ponerse en pie. Cathryn se tensó, lista para agarrar al potro y salir corriendo si la yegua no aceptaba al bebé. Pero Andalusia sopló suavemente por el hocico y se acercó para investigar a la criatura que estaba temblando en el heno. Su lamido cariñoso y maternal tomó el lugar del paño de Cathryn.

El pequeño potro marrón lucho para apoyarse sobre sus patas delanteras, y tan pronto como lo consiguió, intentó hacer lo mismo con las patas de atrás. Las patas de delante lo traicionaron y se derrumbó. Después de varios intentos sin conseguirlo, logró ponerse en pie, luego miró alrededor con la confusión de un bebé, sin estar seguro de que hacer ahora. Afortunadamente Andalusia era una experta. Suavemente empujó al potro hacia la dirección correcta y el instinto hizo lo demás. En pocos segundos estaba mamando codiciosamente con sus pequeñas y delgadas patas muy separadas y en un precario equilibrio.

Cuando Cathryn regresó a la otra cuadra, Ricky estaba arrodillada al lado de un potro extraordinariamente pequeño, frotándolo y canturreándole dulcemente. Lewis y Floyd todavía estaban ayudando a la yegua y Cathryn comprendió inmediatamente que era un nacimiento doble. Su corazón se encogió, porque en los casos de gemelos era frecuente que uno de los potros o incluso los dos no lograran sobrevivir. Por el aspecto de la pequeña y débil criatura que estaba con Ricky, las probabilidades estaban en contra de ella.

El otro potro estuvo pronto sobre el heno. Era más grande que el otro, aunque las marcas eran casi idénticas. Eran una pequeña y activa potranca, que inmediatamente empezó a luchar para levantarse y alzó la pequeña y orgullosa cabeza para inspeccionar el nuevo y extraño mundo en el que vivía.

Floyd se quedó atendiendo a Sable mientras Lewis fue a examinar al otro potro.

– No creo que la potrilla sea lo suficiente fuerte para sobrevivir -dijo dudando al observar el aspecto enfermizo del animal. Pero nadie en Bar D dejaba morir un caballo. Trabajaron toda la noche con la potranca, resguardándola del frío, frotándola para estimular la circulación, haciendo pasar por su garganta un poco de leche materna. Pero estaba muy débil y poco después de la salida del sol murió sin haberse podido poner en pie.

A Cathryn las lágrimas le quemaban los ojos, aunque sabía desde el principio que probablemente el resultado iba a ser ese. No había nada de decir. Todos en el granero permanecían silenciosos, observando a la pequeña criatura. Pero cuando miraron en otra dirección, no vieron la muerte, sino la vida gloriosa y hermosa de otros dos recién nacidos husmeando con sus delicados hocicos por cada rincón de su nuevo espacio.

Lewis se encogió de hombros, moviéndolos para desentumecerlos.

– Ha sido una larga noche -suspiró-. Y tenemos un largo día por delante. Vamos a lavarnos y a comer.

Cathryn casi había llegado a la casa cuando se dio cuenta de que Ricky no estaba con ella. Miró alrededor y la vio con Lewis. Abrió la boca para llamarla, cuando de repente la mano de Lewis salió disparada para agarrar el brazo de Ricky. Era evidente que estaban discutiendo, aunque no lo hubieran hecho justo un momento antes. Luego Lewis deslizó un brazo por la cintura de Ricky y la arrastró con él hacia su pequeña casa. Y no es que Ricky necesitara que la obligaran, pensó Cathryn irónicamente, observando como la puerta se cerraba detrás de ellos.

Bien, bien. Así que Lewis era el vaquero que Mónica había mencionado. Ni siquiera lo había sospechado, aunque si hubiera estado menos preocupada por Rule, podría haber advertido como miraba Lewis a Ricky. La había estado mirando aquel día cuando Cathryn había visto como abrazaba a Rule. Tal vez Ricky no lo sabía aún, pero Lewis Stovall era un hombre que sabía lo que quería y como conseguirlo. Más valía que Ricky hubiera disfrutado de sus pasados lías de libertas, pensó Cathryn sonriente. Desde luego eso haría que Ricky dejará perseguir a Rule.

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