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Электронная книга - «Contra Todas Las Reglas». Краткое содержание книги:

Rule Jackson es el capataz del rancho que Cathryn Ashe heredó siendo una adolescente. Cathryn escapó del rancho hace años, después de un apasionado encuentro con Rule. Él ha estado obsesionado por los recuerdos de su breve romance y cuando Cathryn vuelve finalmente al rancho, después de la muerte de su marido, Rule está decidido a que sea suya y no va a aceptar un no como respuesta. Pero Cathryn sabe que esta vez las apuestas están más altas, y las dudas asaltan su corazón, corazón que, finalmente comprende, siempre ha sido de Rule.
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Cuando ya se habían puesto los cinturones de seguridad en sus asientos del avión, pareció que iba a conseguir su deseo. Bruscamente Glenn apagó el motor.

– No hay presión en el combustible -refunfuñó saliendo de su asiento.

El carburador se había estropeado. Llevó su tiempo encontrar otro e instalarlo, por lo que ya era medianoche cuando finalmente estuvieron en el aire. Glenn llevó el avión a su hangar y la condujo a casa. Después de besarla amistosamente en la mejilla y dejarla en la puerta, ella se quitó los zapatos como una adolescente entrando a hurtadillas en su casa tras regresar tarde de una cita, y fue de puntillas por la casa sumida en la oscuridad, evitando los puntos en que el viejo piso crujía.

Cuando pasó de puntillas por delante de la puerta de Rule, vio la delgada línea de luz bajo ella y vaciló. El hombre no llegaba a la lámpara para apagarla. Si todos se habían ido a la cama sin girar la lámpara, la luz le molestaría durante toda la noche. Y no es que quedara mucha noche, pensó irónicamente divertida. ¿Por qué no admitía que lo que quería era mirarlo? Habían pasado unas treinta y seis horas sin verlo y de repente le pareció demasiado tiempo. Como una drogadicta, necesitaba su dosis.

Moviéndose despacio, cautelosamente, abrió la puerta y echó una ojeada. Al menos estaba acostado, o sea que alguien se había acordado de ayudarlo a colocarse. Tenía los ojos cerrados y los amplios y pesados músculos de su pecho se movían acompasadamente.

Un pequeño y cálido temblor la traspasó y agitó su alma. ¡Dios, era tan atractivo! Su oscuro y sedoso pelo estaba despeinado, su mandíbula oscurecida por un inicio de barba; un poderoso brazo se alzó para apoyarse al lado de la cabeza, su mano estaba relajada. Recorrió con la mirada el brillo de sus hombros bronceados, el brote viril del vello oscuro que cubría su pecho y llegaba al abdomen, luego su mirada se detuvo en el la parte desnuda de su musculoso muslo que estaba a la vista. La sábana le llegaba justo hasta debajo del ombligo, pero su pierna izquierda estaba completamente destapada, con el yeso apoyado sobre el montón de almohadas.

Temblando ante la vista de su belleza masculina, anduvo silenciosamente hacia la cama y se inclinó para alcanzar el interruptor de la lámpara. No hizo ningún ruido, estaba segura, pero bruscamente su brazo derecho salió disparado y sus dedos se enroscaron en la muñeca de ella. Sus ojos oscuros se abrieron y la miró durante varios segundos antes de que el destello salvaje de las profundidades oscuras se desvaneciera.

– Cat -refunfuñó.

Estaba dormido como un tronco. Lo habría jurado. Pero sus instintos eran todavía muy agudos, preparados para la batalla, consciente de cualquier cambio en su entorno, de cualquier presencia, y su cuerpo había actuado incluso antes de despertarse. Vio como la selva se desvanecía de su mente y recordaba donde estaba. Su mirada de puro salvajismo cambio a una de cólera. La presión de sus dedos disminuyó, pero no lo bastante como para permitir que se apartara. En vez de eso, la atrajo hacia él, inclinándola sobre la cama en una posición embarazosa, sosteniéndola por la fuerza del brazo.

– Te dije que te mantuvieras alejada de Glenn Lacey -gruñó suavemente, manteniéndola tan cerca que su respiración le acarició la mejilla.

¿Quién se lo había dicho? Se preguntó tristemente. Podría haber sido cualquiera. El rancho entero debía haber visto a Glenn cuando fue a buscarla.

– Me había olvidado que había quedado con él -confesó manteniendo el tono de voz bajo-. Cuando llamó ya había comprado entradas para el partido de béisbol que jugaban en Houston y no podía rechazarlo después de haberse tomado tantas molestias. Es un buen hombre.

– Como si lo quieren canonizar -contestó Rule, todavía con el mismo tono amenazador, suave y sedoso-. Te dije que no te permitiría que salieras con otros hombres y lo dije en serio.

– ¡Ha sido sólo una vez, y además, tú no eres mi dueño!

– ¿Ah, no? Eres mía y haré lo que haga falta para retenerte.

Lo miró cautelosa y dolorosamente.

– ¿Qué harías? -murmuró, asustada de saber demasiado bien cual sería su reacción si vendía el rancho. La odiaría. La abandonaría tan rápido que nunca se recobraría de la devastación que iba a sentir.

– Provócame y lo averiguarás -la invitó-. De todas formas es lo que has estado haciendo. Provocándome, intentando encontrar los límites de la cadena invisible que tienes alrededor de tu bonito cuello. ¡Bien, cariño, los has encontrado!

La presión del brazo continuó y la acercó aún más. Cathryn apoyó el brazo izquierdo sobre la cama e intentó liberarse, pero incluso acostado era mucho más fuerte que ella. Dio un suave grito cuando su brazo cedió y quedó tumbada, atravesada, sobre él, intentando desesperadamente no golpearlo a él o a su pierna rota.

Rule le liberó el brazo y metió la mano entre su pelo, enredando los dedos en su largo y sedoso cabellos y obligándola a bajar la cabeza.

– ¡Rule! ¡Basta! -gimió un momento antes de que la boca masculina se pegara a la suya.

Intentó rechazar el beso manteniendo los dientes apretados y los labios firmemente cerrados. Falló en ambas cosas. Sin hacerla daño, le cogió por la mandíbula y aplicó la presión suficiente para abrirle la boca, y su lengua se movió entre la barrera de sus dientes, encendiendo pequeños fuegos por donde pasaba. Aturdida, sintió como las fuerzas la abandonaban y se hundió lánguidamente contra él.

La besó tanto tiempo y con tanta fuerza que supo que al día siguiente sus labios estarían hinchados y amoratados, pero ahora en lo único que podía pensar era el en sabor embriagador de él, el empuje sensual de su lengua, los pequeños y calientes mordiscos que usaba tanto como castigo como recompensa, dándoselos en la boca y bajando hacia la garganta y pasando sobre la sensible clavícula hacia la suave curva de su hombro. Sólo en ese momento comprendió que había desabotonado el frente de su vestido y lo había apartado. Gimió.

– Rule… ¡basta! No puedes…

Con cuidado él dejó caer la cabeza sobre las almohadas, pero no la soltó. Con la mano empujó hacia abajo la copa de su sujetador y sostuvo el pecho en su palma caliente.

– No, yo no puedo, pero tú sí -murmuró.

– No… tu cabeza… tu pierna -protestó incoherentemente, cerrando los ojos ante el ardoroso placer que corría por sus venas mientras él continuaba acariciándola.

– En estos momentos mi cabeza y mi pierna no me molestan -la acercó aún más y la besó de nuevo, insistiendo para conseguir la respuesta que sabía que ella podía darle. Volvió a besarla profundamente y ella se hundió contra él una vez más.

Movió hacia abajo los tirantes de su sujetador hasta que cayeron; luego llevó la mano a su espalda y hábilmente le desabrochó los corchetes, dejando completamente libres sus pechos.

– Por favor -murmuró Cathryn ahogadamente, sin saber si era un ruego para que se detuviera o para que continuara. Se estremeció violentamente cuando sintió la mano masculina bajo su falda acariciándola osadamente y aunque siguiera murmurando súplicas mezcladas con protestas, se pegaba a él con toda la fuerza de sus brazos.

Rule gimió profundamente y cogiendo la pierna femenina la pasó sobre sus caderas, colocándola sobre él. Las lágrimas humedecieron las mejillas de Cathryn, aunque no era consciente de que lloraba.

– No quiero hacerte daño -sollozó.

– No me lo vas a hacer -canturreó él dulcemente-. Por favor, cariño, haz el amor conmigo. ¡Te necesito tanto! ¿No puedes sentir lo mucho que te deseo?

En algún momento durante esas atrevidas caricias íntimas, él le había quitado las braguitas, con impaciencia, rasgando la barrera de seda que mantenía ocultos los secretos de su cuerpo. Sus manos la guiaron lentamente, bajándola sobre él hasta que estuvieron totalmente unidos.

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