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Электронная книга - «Contra Todas Las Reglas». Краткое содержание книги:

Rule Jackson es el capataz del rancho que Cathryn Ashe heredó siendo una adolescente. Cathryn escapó del rancho hace años, después de un apasionado encuentro con Rule. Él ha estado obsesionado por los recuerdos de su breve romance y cuando Cathryn vuelve finalmente al rancho, después de la muerte de su marido, Rule está decidido a que sea suya y no va a aceptar un no como respuesta. Pero Cathryn sabe que esta vez las apuestas están más altas, y las dudas asaltan su corazón, corazón que, finalmente comprende, siempre ha sido de Rule.
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– Hasta un día de julio, hace ocho años -murmuró él-. Ese día hacía un calor abrasador y cuando te vi bañándote desnuda en el río me diste envidia, y pensé en nadar contigo. Pero luego se me ocurrió que algún otro hombre también podría haber visto tu desnudez y quise sacudirte hasta que te castañearan los dientes. Y ya sabes que pasó -continuó suavemente-. Y mientras te hacía el amor el sol me quemaba en la espalda y el sudor recorría mi piel, pero aquel día no pensé en Vietnam. En lo único que podía pensar era en la forma tan dulce y salvaje en que te movías entre mis brazos, allá debajo de mí y quemándome con un tipo diferente de calor. Después de ese día nunca me importó pasar calor y sudar porque lo único que tenía que hacer era alzar la vista hacia el sol de Texas y pensar en hacer el amor contigo.

Cathryn tragó, incapaz de hablar o de moverse. Él alargó la mano hacia ella.

– Ven aquí.

Se encontró con las rodillas apoyadas en la cama, a su lado, la mano masculina sobre su pelo, acercándola a él. Rule no cometió el error de intentar recorrer la mitad del camino para encontrarse con ella; la acercó del todo haciendo que la mitad superior de su cuerpo quedara sobre la cama. Sus bocas se encontraron salvajemente y su lengua le envió un mensaje tan viril que la dejó mareada.

– Te deseo ahora -murmuró besándola, cogió la mano femenina e hizo que la deslizara por su cuerpo, hacia abajo. Cathryn gimió cuando sus dedos confirmaron la necesidad masculina.

– No podemos -protestó, apartando los labios, aunque sin darse cuenta siguió acariciándolo suavemente, su mano subió hasta tocar y el duro y delgado vientre-. No puedes. No deberías moverte…

– No me moveré -prometió, engatusándola con un ronco murmullo-. Estaré completamente quieto.

– Mentiroso -su voz vibraba de ternura-. No, Rule. Ahora no.

– Se supone que debes hacer que esté satisfecho.

– Eso no fue lo que dijo el doctor -contestó ella divertida-. Dijo que debo hacer que permanezcas tranquilo.

– Estaré tranquilo si haces que esté satisfecho.

– Por favor, sé razonable.

– Los hombres, cuando están cachondos, nunca han sido razonables.

No le quedó más remedio que reírse, enterrando la cara en el pelo rizado de su pecho hasta que pudo controlar las risas.

– Pobrecito, mi bebé -canturreó dulcemente.

Él sonrió y abandono el intento de convencerla, y ella se quedó con la duda de si hubiera podido resistir sus sensuales súplicas si hubiera insistido un poco más.

Enredó los dedos en el pelo de ella, observando las hebras rojo oscuro.

– ¿Piensas marcharte ahora que no puedo hacer nada para impedirlo? -preguntó de una manera engañosamente casual.

Cathryn levantó la cabeza rápidamente, tirándose del pelo al hacerlo. Se estremeció y Rule dejó caer el cabello que aún sujetaba.

– ¡Desde luego que no! -negó indignada.

– ¿No lo has pensado en ningún momento?

– En ningún momento -le sonrió y acarició con un dedo un pequeño pezón que encontró entre los rizos masculinos-. Creo que me quedaré cerca de ti, después de todo. Supongo que no soy capaz de perder la oportunidad de darte órdenes continuamente. Nunca se me presentará otra.

– ¿Así que te quedas por venganza? -él también sonreía, una pequeña sonrisa que apenas curvó su boca, pero en el caso de Rule, eso ya era algo. No era muy dado a sonreír.

– Puedes estar seguro -afirmó, acariciando el pequeño brote de carne que ya estaba tenso-. Voy a hacerte pagar por cada beso, y disfrutaré mirando como te retuerces. Y todavía te debo la azotaina que me diste. No puedo hacerte pagar la deuda del mismo modo, pero puedes estar seguro que ya se me ocurrirá algo.

Una trémula respiración levantó el pecho masculino.

– Apenas puedo esperar.

– Lo sé -dijo ella regocijada-. Hacerte esperar… y esperar… y esperar.

– Me has hecho esperar durante ocho años. ¿Es que quieres repetirlo? ¿Me quieres convertir en un monje?

– ¡Has estado muy lejos de ser un monje, Rule Jackson, así que no intentes decir lo contrario! Wanda me explicó cual era tu reputación en el pueblo. "Salvajemente viril", así fue como te describió, y ambos sabemos lo que eso significa.

– Mujeres chismosas -se quejó él.

A pesar de estar de mejor humor se cansaba rápidamente, y cuando lo ayudó a recostarse, no protestó.

El aparato de aire acondicionado era lo primero de su lista de la compra, pero Lewis, habiendo empleado tiempo para traer a Rule del hospital a casa, estaba demasiado ocupado para que le pudiera pedir que fuera a San Antonio en la avioneta, que probablemente era la ciudad más cercana donde encontraría el pequeño acondicionador de aire, que no requeriría un trabajo adicional de electricidad en la casa. Eso significaba que tenía que conducir, un trayecto de casi dos horas. Y el parte meteorológico daba más de lo mismo: calor, calor y calor. Rule necesitaba aquel aparato de aire.

Pero ahora estaba agotada, y el pensar en el tiempo que tendría que estar conduciendo era algo que en estos momentos la superaba. Mañana madrugaría y estaría en la tienda de aparatos de aire acondicionado de San Antonio cuando abriesen. Si lo hacía así podía estar de vuelta antes del mediodía y se evitaría las peores horas de calor.

Después de una larga ducha fue a ver de nuevo a Rule y vio que todavía dormía. Era el rato más largo que había dormido todo seguido y eso la tranquilizó porque significaba que se estaba curando. Contemplando pensativamente la escayola blanca que cubría su pierna desde la rodilla a los dedos del pie, esperó que se la pudiera quitar pronto y que Rule estuviera de nuevo en el sitio que le correspondía, llevando el rancho. Aunque le gustaba mucho la idea de tenerlo a su merced durante unos cuantos días, todavía le dolía verle débil e indefenso.

Aprovechando la tranquilidad, se metió en la cama y se durmió al instante, sólo para ser despertada por una voz profunda e irritada que gritaba su nombre. Se sentó en la cama, se apartó el pelo de la cara y miró el reloj. Había dormido dos horas seguidas. ¡No era raro que Rule la llamara! Debía estar despierto ya desde hacía un rato y se debía preguntar si no lo había abandonado.

Apresurándose hacia su habitación comprendió que ese no era el caso en absoluto. El sonrojo de su cara y el pelo enredado dejaban ver claramente que acababa de despertarse y que la había llamado inmediatamente. Después de dos días de estar todo el tiempo a su lado, se había acostumbrado a tenerla a su servicio.

– ¿Dónde estabas? -recriminó impaciente.

– Durmiendo -contestó ella y bostezó-. ¿Qué quieres?

Durante un momento permaneció allá tendido, mirándola gruñón. Luego dijo:

– Tengo sed.

Había un jarrón de agua y un vaso en la mesita de noche, pero Cathryn no protestó y le sirvió el agua. El doctor le había dicho que durante varios días, Rule tendría dolores de cabeza terriblemente fuertes y que el menor movimiento sería doloroso. Pasó la mano por la almohada para levantarle cuidadosamente la cabeza mientras le sostenía el vaso. Se lo bebió todo.

– Hace tanto calor aquí -suspiró él cuando el vaso quedó vacío.

Estaba de acuerdo con él.

– Mañana a primera hora me voy a San Antonio para comprar un aparato de aire acondicionado -dijo Cathryn-. Aguanta un poco y mañana estarás más cómodo.

– Eso es un gasto innecesario -empezó a fruncir el ceño.

– No es innecesario. No recuperarás las fuerzas tan rápido si estás aquí sudando y medio muerto de calor.

– Aún así no me gusta…

– Da igual que te guste o no -le informó ella-, he dicho que compraré un aparato de aire acondicionado y no hay más que hablar.

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