Contra Todas Las Reglas
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Contra Todas Las Reglas». Краткое содержание книги:
– De eso estoy segura -dijo Cathryn mordazmente-. La fidelidad nunca ha sido una de tus cualidades.
– ¿Y tuya sí? ¿Crees que es un secreto que has sido el juguetito de Rule desde que eras sólo una niña?
Horrorizada, Cathryn comprendió que probablemente Ricky había estado propagando sus malévolos chismes durante años. Sólo Dios sabía lo que la mujer había dicho sobre ella. Luego enderezó los hombros y hasta sonrió, pensando que su amor a Rule no la avergonzaba. Puede que no fuera el hombre más fácil de amar, pero era suyo y no le importaba que todo el mundo lo supiera.
– Pues sí -admitió-. Siempre lo he amado, y seguiré amándolo.
– ¿Lo amabas tanto que huiste y te casaste con otro hombre?
– Sí, así es. No tengo que darte explicaciones, Ricky. Sólo mantente apartada de Rule, porque es la última vez que te lo digo.
– Bien, Ricky, no podrás decir que no se te ha advertido -dijo Mónica con voz divertida, arrastrando las palabras-. Y a no ser que estés dispuesta a encontrar un trabajo y empezar a mantenerte, sugiero que la escuches.
Ricky alzó la cabeza.
– He ayudado a los trabajadores del rancho durante años, pero nunca te he visto a ti hacer algo que no sea tu propia cama. ¿Y que hay de ti? También vives de este rancho.
– No por mucho tiempo -aclaró jovialmente Mónica-, nunca encontraré otro marido si me quedo aquí.
Asombrosamente, Ricky se puso pálida.
– ¿Te vas de Bar D? -susurró.
– Pues sí, no creo que pensaras que me quedaría aquí para siempre -contestó Mónica perpleja-. El rancho pertenece a Cathryn y parece que ha venido a casa para quedarse. Ya va siendo hora de que tenga una casa para mí, y nunca he querido vivir en un rancho. Toleré vivir aquí, pero sólo por Ward Donahue -se encogió elegantemente de hombros-. Los hombres como él no se encuentran demasiado a menudo. Yo habría vivido en un iglú si me lo hubiera pedido.
– Pero… madre… ¿y yo? -Ricky parecía tan apenada que de repente Cathryn la compadeció, incluso aunque fuera una bruja rencorosa.
Mónica sonrió.
– Bueno, querida, puedes encontrar tu propio marido. De todas formas ya eres un poco mayorcita para vivir con mamá, ¿no? Cathryn me ha ofrecido su apartamento de Chicago y puede que acepte. ¿Quién sabe? Puedo encontrar un yanqui a quién le guste mi acento.
Magníficamente indiferente, Mónica continuó bajando la escalera, luego se detuvo y volvió a mirar a su hija.
– Te sugiero, Ricky, que dejes de jugar con ese vaquero con quién has estado coqueteando. Podrías salir malparada -continuó bajando, dejando un denso silencio tras ella.
Cathryn miró a Ricky, que prácticamente cayó sobre el pasamano como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Quizás lo había recibido, porque a Mónica nunca se le podría acusar de sutileza.
– ¿De quién habla? -preguntó Cathryn-. ¿Qué vaquero?
– Nadie importante -refunfuñó Ricky y lentamente atravesó el pasillo hacia su cuarto.
Sintiéndose tan herida como confusa, Cathryn buscó refugio en la cocina, junto a Lorna. Se derrumbó sobre una silla y apoyó los codos sobre la mesa.
– Ricky le ha dicho a Rule que voy a vender el rancho -dijo sin rodeos-. Rule llegó a la conclusión de que el cuento era cierto. Hemos tenido una discusión y le he dicho que se alimentase él solito. Probablemente ha estampado la bandeja contra la pared. Luego he tenido una discusión con Ricky sobre Rule, y en medio de ella, Mónica le ha dicho que piensa irse de Bar D y Ricky se ha quedado como si alguien la hubiera abofeteado. ¡Ya no sé que más puede pasar! -gimió.
Lorna se rió.
– Lo que pasa es que estás tan cansada que sólo estás de pie a fuerza de voluntad y eso hace que todo lo veas más complicado. Mónica y Ricky han discutido toda la vida; no es nada raro. Y Mónica siempre ha dicho que si volvías a casa, ella se iría. Ricky… bueno, lo que Ricky necesita es un hombre bueno y fuerte que la ame y la haga sentir valiosa.
– Me da pena -dijo Cathryn lentamente-. Incluso cuando quiero estrangularla, me da pena.
– ¿Pena suficiente como para dejar que se quede con Rule? -preguntó Lorna astutamente.
– ¡No! -la respuesta de Cathryn fue inmediata y explosiva, y Lorna se rió.
– Eso me parecía -se limpió las manos con el delantal-. Supongo que será mejor que suba y me ocupe de Rule, aunque si todavía no ha lanzado la bandeja contra la pared, seguro que la lanzará contra mí cuando vea que no soy tú. ¿No vas a ir a verlo para nada?
– Supongo que tendré que ir -suspiró Cathryn-. Pero no ahora mismo. Mejor esperar a que se calme, y tal vez entonces podamos hablar sin gritarnos el uno al otro.
Después de que Lorna subiese, Cathryn permaneció sentada en la mesa durante bastante rato, mirando la hogareña y cómoda cocina. No sólo era Rule que tuviera que calmarse; su temperamento era al menos tan caliente como el de él, y si fuera sincera consigo misma, tendría que admitir que por lo general él se controlaba mucho mejor que ella.
La puerta trasera se abrió y Lewis Stovall apoyó toda su altura en la entrada.
– Vamos, Cathryn -la engatusó. Había dejado de llamarla señora Ashe durante los últimos días y la llamaba por su nombre de pila, lo que era lógico considerando lo mucho que habían trabajado juntos-. Hay trabajo que hacer.
– ¿Rule te dijo que me mantuvieras tan ocupada que no me quedaran energías para hacer otra cosa que no fuera trabajar, dormir y cuidar de él? -preguntó suspicazmente.
Las esquinas de sus ojos duros se llenaron de arrugas cuando una pequeñísima sonrisa asomó a su cara.
– ¿Cansada?
– Reventada -confirmó ella.
– Ya no falta mucho. Rule se levantará y empezará a caminar la semana que viene, y probablemente estará sobre su silla de montar la semana siguiente. Lo he visto hacerlo antes.
– ¿Con la pierna enyesada? -preguntó dudosa.
– O con el brazo, o con las costillas golpeadas o con la clavícula rota. Nada puede hacer que se quede quieto durante mucho tiempo. Esa conmoción cerebral lo ha mantenido quieto más que cualquier otra cosa.
Ella se levantó y fue hacia la puerta, suspiró cuando se puso calcetines limpios y las botas. Lewis la miraba con una extraña expresión y Cathryn alzó la vista a tiempo de verla.
– ¿Lewis? -preguntó con incertidumbre.
– Estaba pensando que bajo ese glamour de gran ciudad, realmente eres una muchacha de campo.
– ¿Glamour? -se rió ella, divertida por la idea-. ¿Yo?
– Entenderías de lo que hablo si fueras un hombre -opinó él arrastrando las palabras.
– ¡Si fuera un hombre no lo pensarías!
Su risa admitió esa verdad. Cuanto atravesaban el patio, Cathryn se armó de valor para hacerle una pregunta que le había estado rondando la mente desde la primera vez que vio a Lewis.
– ¿Estuviste con Rule en Vietnam? -preguntó como por casualidad.
Él la miró.
– Estuve en Vietnam, pero no con Rule. No lo conocí hasta siete años después.
Ella no dijo nada más, así que cuando casi llegaban a los establos preguntó:
– ¿Por qué?
– Os parecéis mucho -contestó lentamente, sin saber exactamente por qué parecían sacados del mismo molde. Los dos eran hombres peligrosos, hombres duros que habían visto demasiada muerte y demasiado dolor.
– Nunca me ha mencionado Vietnam -una nota ruda asomó a la voz de Lewis-, y yo no hablo de ello, nunca, con nadie. Los únicos que comprenderían de lo que hablara también estuvieron allí y ya tienen sus propios problemas. Mi matrimonio se rompió porque mi esposa no pudo manejarlo, no pudo manejarme a mí cuando volví.
La mirada que ella le dirigió estaba llena de dolorosa compasión y el hombre sonrió ampliamente.
– No empieces a hacer sonar los violines por mí -bromeó él-. Estoy bien. Probablemente algún día me casaré otra vez. La mayoría de los hombres se quejan y refunfuñan sobre el matrimonio, pero hay algo en las mujeres que hace que ellos vuelvan a por más.