Contra Todas Las Reglas
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Contra Todas Las Reglas». Краткое содержание книги:
Sus ojos oscuros se posaron en ella severamente.
– Disfrútalo, porque cuando me levante y pueda volver a caminar, vas a estar en problemas.
– No me das miedo -se rió ella, aunque no era del todo cierto. Él era tan fuerte y duro y tenía tanto poder sensual sobre ella que aunque no le tuviera miedo exactamente, si sentía cierta cautela.
Después de un momento la expresión de los ojos masculinos se suavizó.
– Vas a caerte dormida en el suelo. En lugar de venir corriendo cada vez que te llame, ¿por qué no duermes aquí conmigo? Probablemente los dos dormiríamos mejor.
La sugerencia era tan provocativa que casi se metió en la cama del hombre en ese mismo momento, pero recordó el intentó medio en serio de seducirla que había hecho sólo unas pocas horas antes y de mala gana renunció a hacerlo.
– Ni hablar. Nunca descansarías con una mujer en tu cama.
– ¿Cómo la semana que viene? -murmuró él, acariciándola el brazo desnudo con un dedo.
Cathryn se sintió dividida entre la risa y las lágrimas. ¿Acaso notaba él lo drásticamente que habían cambiado sus sentimientos? Era como si supiera que la única cosa que la mantenía alejada de su cama eran sus heridas. Actuaba como si todo estuviera ya decidido entre ellos, como si no hubiera más dudas que nublaran su mente. Quizás no las había. La verdad es que no había tenido tiempo de decidir que haría con su propuesta de matrimonio, pero sabía que pasase lo que pasase no iba a poder huir de él otra vez. Tal vez su decisión ya estaba tomada y sólo tenía que asumirla. Había tantos quizás…
Pero sería una tonta si se comprometiera ahora mismo. Estaba cansada, agotada del trauma de los dos días anteriores. Y tenía que manejar un rancho, una venta de caballos, la malicia de Ricky y las demandas de Rule que tanto tiempo la ocupaban. Ahora tenía demasiadas cosas en la cabeza para tomar una decisión tan seria. Una de sus reglas fundamentales era no tomar ninguna decisión irrevocable mientras estuviera bajo tensión. Más adelante, cuándo Rule pudiera levantarse, tendría mucho tiempo para eso.
Le sonrió y le acarició el pelo apartándolo de la frente.
– Hablaremos la semana que viene.
Capítulo 9
– ¡Cat!
– Señora Ashe, ¿qué piensa usted…?
– Cathryn, necesitamos…
– Cat, necesito un afeitado…
– Por Dios, Cathryn, no puedes hacer algo sobre…
– Cathryn, lo siento, pero Rule no me dejará hacer nada por él…
Cathryn nunca había tenido antes tantas personas pronunciando su nombre y exigiéndole su tiempo y atención. Parecía que por cualquier lado que se girase había algún problema que requería su atención inmediata. Había mil y una cosas para hacer cada día en el rancho y aunque Lewis Stovall era indispensable, había decisiones que él no podía tomar y que Rule no estaba en condiciones de manejar. Mónica siempre parecía querer algo y Ricky no paraba de quejarse. Lorna intentó quitar de los hombros de Cathryn un poco de la carga que suponía cuidar a Rule. Pero nadie más que Cathryn podía afeitarlo, alimentarlo, bañarlo y ocuparse de sus necesidades personales. Nadie más que Cathryn podía mantenerlo entretenido.
De todas las voces que la llamaban cada día, la de Rule era la que más veces se oía. Subía y bajaba corriendo las escaleras incontables veces cada día para contestar a sus demandas. No es que fuera un enfermo difícil, simplemente quería que ella y solo ella cuidara de él.
Cathryn había comprado un aparato de aire acondicionado al día siguiente de salir del hospital y Rule pudo descansar mejor cuando la habitación tuvo una temperatura más confortable. El tranquilo zumbido del motor también tapó los ruidos que podrían haberlo molestado. Durmió mucho, pero cuando estaba despierto no era precisamente muy paciente si Cathryn no acudía inmediatamente.
No podía enfadarse con él, no cuando ella misma podía ver lo pálido que se ponía por poco que intentara moverse. Su pierna todavía le dolía y ahora también empezaba a picarle bajo el yeso y Rule no podía hacer nada para aliviar ni una cosa ni otra. No le sorprendía que tuviera malas pulgas; cualquiera estaría de mal humos en las mismas condiciones. Para un hombre de su temperamento, se comportaba mucho mejor de lo que había esperado.
Sin embargo, la comprensión no hacía que las piernas le dejaran de doler después de subir cien veces las escaleras. No dormía lo suficiente, no tenía tiempo de comer, y los únicos ratos en que estaba sentada era cuando montaba a caballo o cuando alimentaba a Rule. Después de sólo dos días estaba a punto de caer redonda.
Esa noche se quedó dormida en la cama de Rule. Recordaba haber estado dándole de comer, y cuando el hombre hubo acabado, puso el plato en la bandeja y se inclinó un momento para apoyar la cabeza en el hombro masculino. Lo siguiente que supo es que ya había amanecido, y Rule gemía por el calambre que tenía en el brazo. La había tenido abrazada durante toda la noche, tenía la cabeza apoyada en las almohadas y el brazo derecho alrededor de ella. La besó y sonrió, pero la incomodidad oscureció su cara y supo que había dormido mal, si es que había dormido.
Toda la mañana fue frenética, con un problema detrás de otro. Acababa de entrar en los establos con el caballo para ir a darle el almuerzo a Rule, cuando una camioneta entró en el patio y salió de ella una figura familiar.
– Señor Vernon -llamó Cathryn calurosamente, acercándose a saludar a su viejo amigo. Otro hombre salió del vehículo y ella le echó un curioso vistazo antes de reconocerlo. Era el hombre que iba con Paul Vernon el día que lo encontró delante de la droguería, pero no podía recordar su nombre.
Paul Vernon solucionó el problema cuando señaló al hombre con su enorme mano diciendo:
– Recuerdas a Ira Morris, ¿verdad? Te lo presente hace más o menos una semana.
– Sí, claro -dijo Cathryn, extendiéndole la mano al hombre.
Él se la apretó, pero no la miraba. Sus ojos recorrían los establos y los graneros, deteniéndolos finalmente en los caballos que pastaban plácidamente en los pastos.
– He oído bastante acerca de este lugar -dijo él-, y nada malo. Buenos caballos, fuertes y muy bien educados. Tienen ustedes los mejores caballos de todo el estado. Pero he oído que ahora se están expandiendo. Se diversifican con los Thoroughbreds, ¿no? ¿Están saliendo bien?
Unos cuantos días antes, Cathryn no lo hubiera sabido, pero había tenido que aprender parte del negocio.
– Vendimos un potro el año pasado por esta misma época y está ganando muchos premios en California.
– He oído hablar de él -dijo Ira Morris-. Irish Venture, de Irish Gale y de Wanderer. El caso es que esta yegua tiene otro potro con Irish Gale; me gustaría adelantarme a la venta.
– Ninguno de los caballos que constan en la lista se venderá antes del día acordado -dijo firmemente Cathryn.
– Bien, lo entiendo -estuvo rápidamente de acuerdo-. ¿Le importaría si viera al potro?
Ella se encogió de hombros y sonrió.
– No, no me importa, pero el potro es una potranca, no es macho. Su nombre es Little Irish, pero Rule la llama Hooligan [2].
– ¿Es testaruda? -preguntó Paul Vernon.
La sonrisa de Cathryn se hizo más amplia y levantó una mano para señalar una delicada potranca encabritándose por el pasto.
– Hooligan es simplemente diferente -contestó. Observaron en silencio los graciosos movimientos de la joven yegua que bailaba ágilmente sobre los verdes pastos. Únicamente se podía uno hacer una idea de su tamaño cuando la potranca se acercaba a otro caballo. Como estaba tan llena de gracia no parecía que fuera una yegua alta y fuerte. Su piel lisa camuflaba la fuerza de sus músculos; un observador principiante notaría su belleza bruñida, el arco brioso de su cuello y la delicadeza con que colocaba los cascos mientras corría. Después, como un lento amanecer comprendería que la yegua tenía una gran velocidad, que aquellas esbeltas patas eran tan fuertes como el acero.
[2] Hooligan = Gamberra