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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Gracias, Lucio Cornelio -dijo Stichus con un plañido.

– No hay de qué, Lucio Gavio -respondió Sila con voz ronca.

En aquel preciso momento llegó el primer plato o gustatio, apresuradamente aumentado en honor a su regreso, sospechó Sila; ya que, aparte de la normal ración de aceitunas, lechuga y huevos duros, incluía unas pequeñas salchichas de faisán y trozos de atún en aceite. Sila comió con excelente apetito, dirigiendo aviesas miradas a Stichus, que, solo en su camilla, veía a su tía achucharse cuanto podía contra su adversario y a Nicopolis acariciarle descaradamente la entrepierna.

– Bien, ¿y qué noticias hay en esta casa? -preguntó cuando retiraron el primer plato.

– No gran cosa -respondió Nicopolis, más interesada por lo que estaba manoseando.

– No la creo -dijo Sila, volviendo la cabeza hacia Clitumna, al tiempo que le cogía la mano y comenzaba a besuquearle los dedos. Al ver el gesto de disgusto de Stichus, comenzó a lamérselos voluptuosamente-. Dimelo tú, amor -chupada-, porque me niego a creer -chupada- que no haya sucedido nada.

Felizmente en aquel momento llegó la fercula o plato principal; la glotona Clitumna se soltó la mano bruscamente y se apoderó del cordero asado con salsa de tomillo.

– Nuestros vecinos han estado muy atareados -dijo entre bocado y bocado-, para compensar lo tranquilas que hemos estado nosotras desde que tú te fuiste -suspiró-. La mujer de Tito Pomponio tuvo un niño en febrero.

– ¡Por los dioses, otro futuro banquero aburrido y codicioso! -comentó Sila-. Espero que Cecilia Pilia esté bien.

– ¡Perfectamente! Ningún problema.

– ¿Y por parte de los César? -inquirió, pensando en la deliciosa Julilla y en la corona de hierba que le había dado.

– ¡Ah, grandes noticias! -respondió Clitumna chupándose los dedos-. Una boda por todo lo alto.

A Sila le dio un vuelco el corazón; fue como si le cayera una piedra a plomo en el estómago, revolviéndole lo que había ingerido. Una sensación sumamente extraña.

– ¿Ah, sí? -dijo con displicencia.

– ¡Ya lo creo! ¡La hija mayor de César se ha casado nada menos que con Cayo Mario! Que asco, ¿no?

– Cayo Mario…

– ¿Es que no le conoces? -inquirió Clitumna.

– Creo que no. Mario… Será un hombre nuevo.

– Exacto. Fue pretor hace cinco años, pero, naturalmente, nunca llegó al Senado. Pero ha sido gobernador de la Hispania Ulterior, donde hizo una inmensa fortuna. Minas y cosas parecidas -dijo Clitumna.

Por algún motivo, Sila recordó al hombre con semblante de águila en la ceremonia inaugural de los nuevos cónsules, el que llevaba una toga bordada en rojo.

– ¿Qué aspecto tiene? -inquirió.

– Grotesco, querido. ¡Unas cejas enormes! Como orugas peludas -contestó Clitumna, alargando la mano para coger los brécoles al vapor-. Y debe de tener por lo menos treinta años más que Julia. Pobrecilla.

– ¿Y qué tiene eso de extraño? -inquirió Stichus, pensando que le tocaba decir algo-. En Roma, por lo menos la mitad de las casaderas matrimonian con hombres que pueden ser sus padres.

– Yo no diría tanto como la mitad, Stichus -terció Nicopolis, frunciendo el entrecejo-. Digamos que una cuarta parte.

– ¡Repugnante! -replicó Stichus.

– ¡Nada de repugnante! -replicó enérgicamente Nicopolis, irguiéndose para mirarle furibunda-. Te diré una cosa, cara de pedo: en lo que atañe a una chica joven, es preferible, y con mucho, un hombre mayor. ¡Al menos los hombres más viejos saben ser más considerados y razonables! Los peores amantes que he tenido eran todos menores de veinticinco años. Los jóvenes se creen que lo saben todo, y no saben nada. ¡Paf. Como si te embistiera un toro, y se acabó cuando apenas ha empezado.

Como Stichus tenía veintitrés años se sintió ofendido.

– ¡No me digas que tú te lo sabes todo! -exclamó sarcástico.

– Sé más que tú, cara de pedo -replicó ella, dirigiéndole una mirada tajante.

– ¡Vamos a pasarlo bien esta noche que ha vuelto nuestro querido Lucio Cornelio! -exclamó Clitumna.

El querido Lucio Cornelio agarró inmediatamente a su madrastra y la revolcó en la camilla, haciéndole cosquillas hasta obligarla a lanzar pavorosos chillidos, y pataleó, con pataleo en el aire incluido. Nicopolis contraatacó haciéndole cosquillas a él, y en la camilla se organizó un revoltijo.

Aquello era demasiado para Stichus. Aferrando su nuevo libro, se bajó de su camilla y salió furioso del comedor, sin estar muy seguro de que hubiesen advertido su partida. ¿Cómo iba a expulsar a aquel hombre? ¡Su tia estaba entontecida! Ni siquiera mientras él había estado ausente había logrado convencerla de que le echara. Lo único que había hecho era ponerse a llorar porque sus dos queridos muchachos no se llevaban bien.

Aunque apenas había comido, Stichus no lo lamentaba porque en su despacho tenía una buena provisión de comestibles: un tarro con sus estupendos higos en almíbar, pastelitos de miel en una bandeja que el cocinero tenía orden de mantener llena, mermeladas perfumadas que hacían la boca agua y que venían de Partia, una caja de uvas gordas y jugosas, pasteles de miel y vino de miel. Podía pasar sin cordero asado y brécoles. A él lo que le gustaba era el dulce.

Con la barbilla apoyada en la mano y una lámpara quintuple para disipar las primeras sombras, Lucio Gavio Stichus masticaba higos en almíbar, mientras ojeaba minuciosamente las ilustraciones del libro que Sila le había regalado, leyendo los sucintos comentarios en griego. Naturalmente que el regalo era, por parte de Sila, el modo de decirle que él no necesitaba aquellos libros, porque lo había hecho todo, pero eso no anulaba su interés. Stichus no era tan orgulloso. ¡Aaah! ¡Algo sucedía bajo su túnica bordada! Y cambió la mano de la barbilla a la entrepierna, con furtiva inocencia, innecesaria ante su único testigo: la jarra de higos en almíbar.

Respondiendo a un impulso que le mortificaba, Lucio Cornelio Sila caminó a la mañana siguiente por el Palatino hacia el lugar del Palatium en que había hablado con Julilla. Ya era primavera y las áreas de jardín aparecían llenas de flores, narcisos y anémonas, jacintos, violetas y algunas rosas; los manzanos y melocotoneros silvestres estaban en flor y lucían sus colores blanco y rosa, y la piedra en que se había sentado en enero se hallaba ahora casi oculta por abundantes hierbas altas.

Allí estaba Julilla con su sirvienta; parecía más delgada y más pálida. Al verle, un salvaje destello de alegría brotó de sus ojos. ¡Preciosa! ¡Ah, nunca había habido una mortal tan hermosa! Provocado por aquella visión, Sila se detuvo, embargado por un temor próximo al pánico. Venus. Era Venus. Dueña de la vida y la muerte. Porque, ¿qué era la vida sino el principio procreador, y la muerte sino su extinción? Todo lo demás eran cosas superfluas que los fatuos hombres inventaban para convencerse de que la vida y la muerte debían significar algo más. Era Venus. ¿Le convertía eso a él en Marte, su igual en divinidad, o era un simple Anquises, un hombre mortal a quien ella se entregaba para divertirse en el espacio de un abrir y cerrar de ojos olímpico?

No, no era Marte. El destino le había dado una existencia de puro adorno, e incluso de cachivache sin el menor valor. No podía ser más que Anquises, el hombre cuya única fama residía en el hecho de que Venus le había amado para divertirse. Temblando de rabia, dirigió a la muchacha su amarga decepción y el veneno llenó sus venas, provocándole la imperiosa necesidad de golpearla y transformarla de Venus en Julilla.

– Me dijeron que volvisteis ayer -dijo ella acercándosele.

– Has puesto espías, ¿no? -replicó él sin moverse del sitio.

– En nuestra calle no hace falta, Lucio Cornelio. Los criados se enteran de todo -respondió ella.

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