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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Oh, Lucio Cornelio! -exclamó radiante-. ¿De verdad? ¿Me lo enseñas?

– Cuando esté tranquilo y en su momento -respondió él. Giró la silla y miró por la amplia ventana que tenía detrás-. ¿Qué hora es?

– No sé; será la hora octava. Pero aún no es hora de cenar.

Sila se puso en pie, fue hasta el arca y sacó las alforjas de detrás, colgándoselas del hombro.

– Volveré antes de la hora de la cena -dijo.

Nicopolis, boquiabierta, le vio dirigirse a la puerta.

– ¡Sila! ¡Eres el ser más irritante del mundo, te lo juro! Acabas de llegar y ya te vas a no sé dónde. ¡No me extrañaría que fueses a ver a Metrobio, ya que te fuiste con él de viaje…!

Sila se detuvo y sonrió, mirándola.

– Ah, ya. Scilax hizo una visita para quejarse, ¿no es eso?

– Y que lo digas. Llegó como una trágica en el papel de Antígona y se marchó como un eunuco de comedia. ¡Si hubieras visto cómo imitaba Clitumna su voz chillona! -y rió al recordarlo.

– Le está bien empleado a ese viejo puto. ¿Sabes que había impedido que el muchacho aprendiese a leer y a escribir?

– ¿No nos tienes confianza para dejarlas aquí? -inquirió ella, intrigada de nuevo por las bolsas.

– No soy tonto -respondió él, saliendo del cuarto.

La curiosidad femenina. Era tonto por no haberlo previsto. Y allá se fue con las bolsas hacia el Gran Mercado, donde durante la hora que siguió se dedicó a gastarse los últimos denarios que le quedaban, el resto que había pensado ahorrar para el futuro. ¡Las mujeres! ¡Unas puercas que se entrometen en todo! ¿Cómo no lo había pensado?

Las alforjas pesaban con la carga de pañuelos y ajorcas, frívolas chalinas orientales y chismes para el pelo; le abrió la puerta de casa de Clitumna un criado, que le informó de que las señoras y el amo Stichus estaban en el comedor y habían decidido esperar un momento antes de empezar.

– Diles que voy en seguida -dijo, dirigiéndose hacia la vivienda de Nicopolis.

No parecía haber nadie a la vista, mas para mayor seguridad cerró las contraventanas y echó el cerrojo a la puerta. Los regalos comprados apresuradamente los amontonó en el escritorio, con algunos rollos de libros nuevos. La bolsa de la izquierda no lá tocó y las primeras capas de ropa de la derecha las echó en la cama. Luego extrajo del fondo dos pares de calcetines enrollados y rebuscó hasta sacar dos frasquitos con tapón sellado con cera. A continuación cogió una cajita corriente de madera que cabía perfectamente en la mano y, como si fuera incapaz de resistir la tentación, abrió la ajustada tapa: contenía un simple polvillo inerte amarillento. Volvió a cerrarla apretando bien con los dedos y a continuación miró en derredor por el cuarto, con el entrecejo fruncido. ¿Dónde?

Una fila de decrépitos relicarios en forma de templos ocupaban la superficie de una mesa lateral alargada: restos de la casa de Cornelio Sila; todo lo que había heredado de su padre y que éste no había podido vender para procurarse vino. Cinco relicarios en forma de cubo de dos pies de arista; todos con puertas pintadas flanqueadas por un porche de columnas, con un frontón adornado con figuras de templo, y en el sencillo entablamento debajo del frontón, un nombre masculino. Uno era el antepasado del que descendían las siete ramas de la casa patricia de Cornelio; otro un tal Publio Cornelio Rufino, cónsul y dictador más de doscientos años atrás; otro, el hijo de éste, dos veces cónsul y una vez dictador durante las guerras con los sannitas, y luego expulsado del Senado por atesorar plata; otro era el primer Rufino con el nombre de Sila, sacerdote de Júpiter durante toda su vida, y el último era su hijo, el pretor Publio Cornelio Sila Rufo, famoso por ser el fundadór de los ludi Apollinares o juegos de Apolo.

Fue el relicario del primer Sila el que Lucio Cornelio abrió, con sumo cuidado, porque la madera llevaba muchos años sin cuidar y estaba muy deteriorada; otrora la pintura había sido vistosa y las pequeñas figuras en relieve dejaban ver su trazo perfecto, pero ahora todo estaba desgastado y astillado. Algún día encontraría dinero para restaurar aquellos recuerdos ancestrales y tendría una casa con un atrium espléndido en el que los exhibiría con orgullo. En cualquier caso, de momento le pareció adecuado esconder aquellos dos frasquitos y la cajita con el polvo en el relicario de Sila, el Flamen Dialis, el hombre más sagrado en la Roma de su tiempo, sacerdote del templo de Júpiter Optimus Maximus.

Dentro del relicario había una máscara de tamaño natural con peluca y exquisito naturalismo, por lo bien policromada que estaba. Miraban a Sila unos ojos azules y no gris claro como los suyos; Rufino era de tez clara, pero no tanto como la de su descendiente; el cabello, espeso y rizado, era rojo zanahoria más que rojo dorado. Quedaba espacio a los lados de la máscara para extraerla, pues estaba montada sobre un bloque en forma de cráneo, del que se desprendía. La última ocasión en que la habían sacado había sido en el funeral de su padre, que Sila había pagado en una serie de molestos encuentros con un hombre que detestaba.

Cerró las puertas con sumo cuidado y luego tiró de la escalinata del podio, que parecía lisa y sin fisuras pero que, igual que en un templo auténtico, estaba hueca. Sila dio con el punto preciso y de los escalones centrales surgió un cajoncito. No estaba destinado a ser escondrijo, sino como receptáculo seguro para guardar la lista de las hazañas del finado, así como una descrípción minuciosa de su estatura, modo de andar, prestancia, hábitos físicos y marcas anatómicas relevantes. Cuando moría un Cornelio Sila, se contrataba a un actor que portase la máscara e imitase lo más perfectamente posible al antepasado, de modo que pareciese que había vuelto a ver al último retoño de la noble casa salir de aquel mundo que él mismo antaño había habitado.

El cajoncito guardaba, efectivamente, los documentos relativos a Publio Cornelio Sila Rufino, el sacerdote; pero quedaba espacio suficiente para los frasquitos y la caja. Sila los introdujo y tornó el cajoncito a su primitiva posición, asegurándose de que el cierre quedaba camuflado. Su secreto estaría a buen recaudo con Rufino.

Ya más tranquilo, abrió las contraventanas y descorrió el cerrojo de la puerta. Luego recogió el montón de chucherías que había en el escritorio, dirigiendo una sonrisa maliciosa a un rollo que eligió de entre los demás.

Naturalmente, Lucio Gavio Stichus ocupaba el puesto de invitado en el extremo izquierdo de la camilla central; era uno de los pocos comedores en los que las mujeres comían reclinadas en vez de sentadas en sillas rectas, ya que ni Clitumna ni Nicopolis se regían por dogmas anticuados.

– Aquí tenéis, muchachas -dijo Sila, entregando el manojo de regalos a sus dos adoradas, que seguían sus pasos en el comedor como dos girasoles. Había elegido acertadamente: cosas que podían pasar por proceder de lugares fuera de Roma, y prendas que ninguna mujer sentiría vergüenza de ponerse.

Pero antes de situarse hábilmente entre Clitumna y Nicopolis en la primera camilla, dio una palmadita al rollo que llevaba y se lo entregó a Stichus.

– Un regalito para ti, Stichus -dijo.

Mientras tomaba asiento entre las dos mujeres, que respondieron con risitas y ronroneos, Stichus, sorprendido al verse obsequiado, desató las cubiertas del libro y lo desplegó. Dos manchas rojas encendieron sus mejillas llenas de acné y sus ojos protuberantes se clavaron en aquellos preciosos dibujos coloreados de hombres con el pene erecto, que realizaban unos con otros toda suerte de juegos atléticos. Con dedos temblorosos enrolló el papiro y lo cerró, y a continuación tuvo que hacer acopio de valor para mirar a su benefactor. Los temibles ojos de Sila despedían fuego por encima de la cabeza de Clitumna, expresando su profundo desprecio.

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