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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Pasaron la mañana principalmente repartiendo tarjetas de visita en las casas de los conocidos de la señora Jennings para informarles de su vuelta a la ciudad; y todo el tiempo Marianne se mantenía ocupada observando la dirección del viento, vigilando las mudanzas del cielo e imaginando que cambiaba la temperatura del aire.

¿No encuentras que está más frío que en la mañana, Elinor? A mí me parece que hay una marcada diferencia. Apenas puedo mantener las manos calientes ni siquiera en el manguito. Creo que ayer no estuvo así. Parece que está aclarando también, luego saldrá el sol y tendremos una tarde despejada.

Elinor se sentía a ratos divertida, a ratos apenada; pero Marianne no se daba por vencida y cada noche en el resplandor del fuego, y cada mañana en el aspecto de la atmósfera, veía los indudables signos de una cada vez más próxima helada.

Las señoritas Dashwood no tenían más motivos para estar descontentas con la forma de vida y el grupo de relaciones de la señora Jennings que con su comportamiento hacia ellas, que siempre era bondadoso. Todos sus arreglos domésticos se hacían según las más generosas disposiciones, y a excepción de unos pocos amigos antiguos de la ciudad, a los cuales, para disgusto de lady Middleton, nunca había dejado de tratar, no se visitaba con nadie cuyo conocimiento pudiera en absoluto turbar a sus jóvenes acompañantes. Contenta de encontrarse en ese aspecto en mejores condiciones que las que había previsto, Elinor se mostraba muy dispuesta a transigir con lo poco entretenidas que resultaban sus reuniones nocturnas, las cuales tanto en casa como fuera de ella se organizaban sólo para jugar a los naipes, algo que le ofrecía escasa diversión.

El coronel Brandon, invitado permanente a la casa, las acompañaba casi todos los días; venía a contemplar a Marianne y a hablar con Elinor, que a menudo disfrutaba más de la conversación con él que con ningún otro suceso diario, pero al mismo tiempo veía con gran preocupación cómo persistía el interés que mostraba por su hermana. Temía incluso que fuera cada vez más intenso. Le apenaba ver la ansiedad con que solía observar a Marianne y cómo parecía realmente más desalentado que en Barton.

Alrededor de una semana después de su llegada, fue evidente que también Willoughby se encontraba en la ciudad. Cuando llegaron de la salida matinal, su tarjeta se encontraba sobre la mesa.

– ¡Ay, Dios! -exclamó Marianne-. Estuvo aquí mientras habíamos salido.

Elinor, regocijándose al saber que Willoughby estaba en Londres, se animó a decir:

– Puedes confiar en que mañana vendrá de nuevo.

Marianne apenas pareció escucharla, y al entrar la señora Jennings, huyó con su preciosa tarjeta.

Este suceso, junto con levantarle el ánimo a Elinor, le devolvió al de su hermana toda, y más que toda su anterior agitación. A partir de ese momento su mente no conoció un momento de tranquilidad; sus expectativas de verlo en cualquier momento del día la inhabilitaron para cualquier otra cosa. A la mañana siguiente insistió en quedarse en casa cuando las otras salieron.

Elinor no pudo dejar de pensar en lo que estaría pasando en Berkeley Street durante su ausencia; pero una rápida mirada a su hermana cuando volvieron fue suficiente para informarle que Willoughby no había aparecido por segunda vez. En ese preciso instante trajeron una nota, que dejaron en la mesa.

– ¡Para mí! -exclamó Marianne, yendo apresuradamente hacia ella.

– No, señorita; para mi señora.

Pero Marianne, no convencida, la tomó de inmediato.

– En verdad es para la señora Jennings. ¡Qué pesadez!

– Entonces, ¿esperas una carta? -dijo Elinor, incapaz de seguir guardando silencio.

– ¡Sí! Un poco… no mucho.

– No confías en mí -dijo Elinor, tras una corta pausa.

– ¡Vamos, Elinor! ¡Tú haciendo tal reproche… tú, que no confías en nadie!

– ¡Yo! -replicó Elinor, algo confundida-. Es que, Marianne, no tengo nada que decir.

– Tampoco yo -respondió enérgicamente Marianne-; estamos entonces en las mismas condiciones. Ninguna de las dos tiene nada que contar; tú porque no comunicas nada, y yo porque nada escondo.

Elinor, consternada por esta acusación de exagerada reserva que no se sentía capaz de ignorar, no supo, en tales circunstancias, cómo hacer que Marianne se le abriera.

No tardó en aparecer la señora Jennings, y al dársele la nota, la leyó en voz alta. Era de lady Middleton, y en ella anunciaba su llegada a Conduit Street la noche anterior y solicitaba el placer de la compañía de su madre y sus primas esa tarde. Ciertos negocios en el caso de sir John, y un fuerte resfrío de su lado, les impedían ir a Berkeley Street. Fue aceptada la invitación, pero cuando se acercaba la hora de la cita, aunque la cortesía más básica hacia la señora Jennings exigía que ambas la acompañaran en esa visita, a Elinor se le hizo difícil convencer a su hermana de ir, porque aún no sabía nada de Willoughby y, por lo tanto, estaba tan poco dispuesta a salir a distraerse como renuente a correr el riesgo de que él viniera en su ausencia.

Al terminar la tarde, Elinor había descubierto que la naturaleza de una persona no se modifica materialmente con un cambio de residencia; pues aunque recién se habían instalado en la ciudad, sir John había conseguido reunir a su alrededor a cerca de veinte jóvenes y entretenerlos con un baile. Lady Middleton, sin embargo, no aprobaba esto. En el campo, un baile improv isa do era muy aceptable; pero en Londres, donde la reputación de elegancia era más importante y más difícil de ganar, era arriesgar mucho, para complacer a unas pocas muchachas, que se supiera que lady Middleton había ofrecido un pequeño baile para ocho o nueve parejas, con dos violines y un simple refrigerio en el aparador.

El señor y la señora Palmer formaban parte de la concurrencia; el primero, al que no habían visto antes desde su llegada a la ciudad dado que él evitaba cuidadosamente cualquier apariencia de atención hacia su suegra y así jamás se le acercaba, no dio ninguna señal de haberlas reconocido al entrar. Las miró apenas, sin parecer saber quiénes eran, y a la señora Jennings le dirigió una mera inclinación de cabeza desde el otro lado de la habitación. Marianne echó una mirada a su alrededor no bien entró; fue suficiente: él no estaba ahí… y luego se sentó, tan poco dispuesta a dejarse entretener como a entretener a los demás. Tras haber estado reunidos cerca de una hora, el señor Palmer se acercó distraídamente hacia las señoritas Dashwood para comunicarles su sorpresa de verlas en la ciudad, aunque era en su casa que el coronel Brandon había tenido la primera noticia de su llegada, y él mismo había dicho algo muy gracioso al saber que iban a venir.

– Creía que las dos estaban en Devonshire -les dijo.

– ¿Sí? -respondió Elinor.

– ¿Cuándo van a regresar?

– No lo sé.

Y así terminó la conversación.

Nunca en toda su vida había estado Marianne tan poco deseosa de bailar como esa noche, y nunca el ejercicio la había fatigado tanto. Se quejó de ello cuando volvían a Berkeley Street.

– Ya, ya -dijo la señora Jennings-, sabemos muy bien a qué se debe eso; si una cierta persona a quien no nombraremos hubiera estado allí, no habría estado ni pizca de cansada; y para decir verdad, no fue muy bonito de su parte no haber venido a verla, después de haber sido invitado.

– ¡Invitado! -exclamó Marianne.

– Así me lo ha dicho mi hija, lady Middleton, porque al parecer sir John se encontró con él en alguna parte esta mañana.

Marianne no dijo nada más, pero pareció estar extremadamente herida. Viéndola así y deseosa de hacer algo que pudiera contribuir a aliviar a su hermana, Elinor decidió escribirle a su madre al día siguiente, con la esperanza de despertar en ella algún temor por la salud de Marianne y, de esta forma, conseguir que hiciera las averiguaciones tan largamente pospuestas; y su determinación se hizo más fuerte cuando en la mañana, después del desayuno, advirtió que Marianne le estaba escribiendo de nuevo a Willoughby, pues no podía imaginar que fuera a ninguna otra persona.

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