A cualquier precio [Saving Faith - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Год: 1999
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:
Cuando se incorporó al FBI, Brooke había aprendido que al apretar el gatillo de un arma el percutor golpeaba la cápsula, comprimiendo el fulminante contra el yunque y haciéndolo estallar. Esta pequeña explosión, a su vez, pasaba por los orificios y hacia que la pólvora alcanzase temperaturas superiores a los dos mil quinientos grados. Un milisegundo después, la bala salía disparada por el cañón del arma y lo más probable era que, en menos de un abrir y cerrar de ojos, un ser humano muriera. En Estados Unidos el arma más popular para perpetrar asesinatos era la pistola, Brooke sabía que se cometían unos cincuenta cinco homicidios diarios. Por tanto, a ella y a sus colegas nunca les faltaría trabajo.
– Los casquillos de fabricación europea podrían encajar con la trama de intereses extranjeros de los que Lockhart nos habló -dijo Reynolds casi para sí-. De modo que Adams y el tirador se van a tiros y Adams es quien sale mejor parado. Miró pensativamente a Connie-. ¿Alguna relación entre Adams y Lockhart?
– Hasta ahora no, pero seguiremos investigando.
– Tengo otra teoría, Connie: Adams salió de la espesura, mató a Ken y luego regresó al bosque. Puede que se cayera y se hiriera. Eso explicaría la sangre. Sé que esta teoría no explica la bala de rifle, pero es una posibilidad que no debemos descartar. Adams también podría haber llevado un rifle consigo. 0 tal vez fuera el arma de un cazador. Estoy segura de que en ese bosque se practica la caza.
– Vamos, Brooke. Adams no puede entablar un tiroteo consigo mismo. Recuerda que había dos pilas de casquillos diferentes, y los cazadores no disparan una y otra vez contra algo. Podrían matar a sus colegas o incluso a sí mismos. Ese es el motivo por el que la mayor parte de los estados exigen topes en las recamaras de los rifles para limitar el número de disparos. Y los casquillos no llevaban mucho tiempo allí.
– Vale, vale, pero no estoy dispuesta a confiar en Adams.
– ¿Y crees que yo si? No confío ni en mi madre, que en paz descanse. Pero no puedo pasar por alto los hechos. ¿Lockhart se marcha en el coche de Ken? ¿Y Adams se deja las botas antes de irse de excursión por el bosque? Por favor, no te lo crees ni tu.
– Oye, Connie, me limito a estudiar las posibilidades, pero eso no quiere decir que me decante por ninguna de ellas. Lo que me irrita es no saber qué asustó a Ken. Si el tirador estaba en el bosque, no fue él.
Connie se frotó la barbilla.
– Eso es verdad.
De repente, Reynolds chasqueó los dedos.
– Maldita sea, la puerta. ¿Cómo he podido estar tan ciega? Cuando llegamos a la casita, la contrapuerta estaba abierta de par en par. Lo recuerdo con claridad. Se abre hacia afuera, así que Ken debió de verla abierta cuando miró hacia allí. ¿Cuál sería su reacción? Desenfundar la pistola.
– Y es posible que también viera las botas. Estaba oscuro, pero el porche trasero de la casa no es tan grande. -Connie bebió un poco más de Coca-Cola y se frotó la sien izquierda-. Vamos, Advil, surte efecto. Bueno, cuando los del laboratorio descifren la grabación sabremos con toda seguridad si Adams estuvo allí o no.
– Si es que la descifran. Pero ¿porqué querría Adams ir a la casita?
– Es posible que alguien lo contratara para seguir a Lockhart.
– ¿Buchanan? -preguntó Reynolds.
– Ése es el primero de mi lista.
Pero si Buchanan contrató al tirador para que acabara con Lockhart, ¿de qué serviría que Adams lo presenciara?
Connie se encogió de hombros y luego los dejó caer, como un oso rascándose contra un árbol.
La verdad es que no tiene mucho sentido.
Bueno, si me lo permites, complicaré las cosas todavía más. Lockhart compró dos billetes para Norfolk, pero sólo uno a su nombre verdadero con destino a San Francisco.
– Y en el vídeo de vigilancia del aeropuerto se ve a Adams correr tras los nuestros.
– ¿Crees que Lockhart intentaba huir de él?
– La empleada dijo que Adams llegó al mostrador después de que Lockhart hubiera comprado los billetes. Y en el video Adams la aleja de la puerta de embarque del vuelo para San Francisco.
– Así que tal vez se trate de una asociación más bien involuntaria -aventuró Reynolds. De repente, mientras contemplaba a Connie, se le ocurrió algo: «Como la nuestra, ¿no?», pensó-. Sabes lo que me gustaría? -preguntó en voz alta-. Me gustaría devolverle las botas al señor Adams. ¿Tenemos la dirección de su casa?
– North Arlington. A veinte minutos de aquí, como mucho.
Reynolds se puso en pie.
– Vámonos.
24
Mientras Connie aparcaba el coche junto al bordillo, Reynolds observó la vieja casa de piedra rojiza.
– Adams debe de ganar lo suyo. Esta zona no es barata. Connie echó un vistazo alrededor.
– Tal vez debería vender mi casa y comprarme un apartamento por aquí -dijo-. Pasear por la calle, sentarme en el parque, disfrutar de la vida…
– ¿Ya te ha entrado el gusanillo de la jubilación?
– Después de ver a Ken en una bolsa para transportar cadáveres se me han quitado las ganas de trabajar toda la vida en esto. Se encaminaron hacia la puerta de entrada. Los dos vieron la cámara de vídeo; Connie pulsó el botón del portero automático.
– ¿Quién es? -preguntó una voz que parecía enfadada.
– El FBI -respondió Reynolds-. Los agentes Reynolds y Constantinople.
La puerta, sin embargo, no se abrió.
– Muéstrenme las placas -exigió la voz cascada-. Sosténganlas en alto frente a la cámara.
Los dos agentes se miraron.
Reynolds sonrió.
– Seamos buenos y hagamos lo que nos piden, Connie.
La pareja enseñó sus credenciales a la cámara. Los dos las llevaban de la misma forma: la placa dorada prendida en el exterior de la funda de la documentación, por lo que se veía primero el distintivo y luego la foto. Su intención era intimidar y solían lograrlo. Al cabo de un minuto, oyeron que una puerta se abría en el interior del edificio y el rostro de una mujer apareció detrás del cristal de las anticuadas puertas de dos hojas.
– Enséñenmelas de nuevo -les indicó-. Mi vista ya no es lo que era.
– Señora… -comenzó a decir Connie acaloradamente, pero Reynolds le propinó un codazo. Sostuvieron en alto las placas.
La mujer las examinó y luego abrió la puerta.
– Lo siento -dijo mientras entraban-, pero después de todos los tejemanejes de esta mañana, me falta poco para hacer las maletas y marcharme para siempre. Y hace veinte años que vivo aquí.
– ¿Qué tejemanejes? -inquirió Reynolds con brusquedad. La mujer la miró con hastío.
– ¿A quién han venido a ver?
– A Lee Adams -contestó Reynolds.
– Me lo imaginaba. Pues no está.
– ¿Sabe dónde lo podríamos encontrar, señora…?
– Carter. Angie Carter. Y no, no tengo la menor idea de adónde ha ido. Se ha ido esta mañana y no lo he vuelto a ver.
– ¿Qué es lo que ha ocurrido esta mañana? -inquirió Connie-. Ha sido esta mañana, ¿no?
Carter asintió.
– Era muy temprano. Me estaba tomando el café cuando Lee me llamó y ene pidió que cuidara de Max porque pensaba marcharse. -Los agentes la miraron con curiosidad-. Max es el pastor alemán de Lee. -Le temblaron los labios-. Pobre animal.
– Qué le ha pasado al perro? -preguntó Reynolds.
– Le han pegado. Se pondrá bien, pero le han hecho daño. Connie se acercó a la mujer.