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A cualquier precio [Saving Faith - es]

Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:

David Buchanan aplica sucias presiones para financiar causas honrosas. Robert Thornhill, un alto cargo de la CIA, descubre el juego y empieza a chantajearle, pues quiere devolver a la CIA el prestigio perdido. Faith Lockhart, una tercera persona implicada en este asunto, opina que se ha ido demasiado lejos y decide confesarlo todo al FBI. Su vida a partir de entonces tiene un precio
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– Cierto.

Reynolds entrelazó las manos delante de sí mientras meditaba sobre el asunto que trataría a continuación.

– Ken no llegó a usar el arma, Connie.

Era obvio que Connie ya había reflexionado al respecto porque dijo:

– Lo cual significa que, si la sangre es humana, anoche había una cuarta persona en la casita. Y esa persona disparó contra el tirador. -Negó con la cabeza cansinamente-. Mierda, todo esto parece una locura.

– Una locura, pero a la luz de los hechos tal como los conocemos, parece cierta. ¿Crees que fue la cuarta persona quien mató a Ken y no el tipo herido?

– No lo creo. Los de la UCV están buscando casquillos en la zona del bosque desde donde creemos que se efectuó el otro disparo. Si las dos personas desconocidas se enzarzaron en un tiroteo, entonces es posible que encontremos otro conjunto de casquillos expulsados.

– Bueno, la presencia de la cuarta persona explicaría la puerta abierta y que las cámaras se activasen.

Connie se irguió en la silla.

– ¿Han descubierto algo en la cinta? Necesitamos caras o lo que sea.

– Te lo diré en pocas palabras: la han desmagnetizado.

– ¿Qué?

– No me preguntes, pero en estos momentos no podemos contar con la cinta.

– Vaya, mierda. No nos quedan muchas opciones.

– En realidad sólo nos queda Faith Lockhart.

– Hemos cubierto todos los aeropuertos, estaciones de tren y autobuses y las agencias de alquiler de coches. Su empresa también, aunque dudo que vaya allí.

– De acuerdo. En realidad, es posible que la bala procediera de ahí -dijo Reynolds lentamente.

– ¿De Buchanan?

– ¡Ojalá pudiésemos demostrarlo!

– Si encontramos a Lockhart, tal vez podamos. Nos daría cierta ventaja.

– No estés muy seguro. Cuando ha faltado poco para que te vuelen la cabeza te pones a reconsiderar las lealtades -apuntó Reynolds.

– Si Buchanan y los suyos van a por Lockhart, entonces también deben de ir a por nosotros.

– Eso ya lo has dicho. ¿Una filtración? ¿Aquí?

– Una filtración en algún lugar. Aquí o por parte de Lockhart. Quizá Faith hizo algo que despertó las sospechas de Buchanan. Por lo que sabemos, es un tipo de lo más cauteloso. Ordenó que la siguieran, por algún motivo. La vieron reunirse contigo en la casa. Investigó un poco más, descubrió la verdad y contrató a alguien para hacerla desaparecer.

– Prefiero creer eso a que alguien de aquí nos haya traicionado -dijo Reynolds.

– Yo también. Pero lo cierto es que en todos los cuerpos que se dedican a velar por el cumplimiento de la ley hay algunas manzanas podridas.

Reynolds se preguntó si Connie sospechaba de ella. Todo el personal del FBI, desde los agentes especiales hasta el personal de apoyo, tenían autorización para tratar asuntos de máxima confidencialidad. Cuando alguien solicitaba un puesto en el FBI, un grupo de agentes indagaba todos los detalles de su pasado, por insignificantes que fueran, y hablaba con todas las personas que lo conocían. Cada cinco años se efectuaba una investigación de campo a gran escala de todos los empleados del FBI. En el ínterin, se informaba al jefe de seguridad del departamento de recursos humanos sobre cualquier actividad sospechosa en que estuviese implicado un agente y se le transmitía cualquier queja sobre personas que formularan preguntas sospechosas acerca de algún empleado. Gracias a Dios, a Reynolds eso nunca le había sucedido. Su expediente estaba impoluto.

Si se sospechaba que se había producido una filtración o alguna infracción de las normas de seguridad, era probable que la Oficina de Responsabilidad Profesional llevase a cabo una investigación y que el empleado sospechoso tuviera que someterse al detector de mentiras. Asimismo, el FBI siempre estaba ojo avizor por si un miembro del personal tenía demasiados problemas profesionales o personales que pudiesen impulsarlo a aceptar sobornos o caer en el tráfico de influencias.

Reynolds sabía que a Connie las cosas le iban bien desde un punto de vista económico. Su esposa había muerto hacía varios años tras una enfermedad prolongada que había mermado sus recursos, pero vivía en una buena casa que valía mucho más de lo que había pagado por ella. Sus hijos ya habían terminado sus estudios universitarios y su pensión ya estaba asegurada. En otras palabras, disfrutaría de una jubilación más que decente.

Por otro lado, Reynolds no ignoraba que tanto su vida personal como su economía atravesaban un mal momento. ¿Fondos para que sus hijos fueran a la universidad? Tendría suerte si lograba costear las clases particulares para el primer curso. Dentro de bien poco ni siquiera tendría casa propia. El acuerdo de divorcio exigía que la vendiera. Estaba pensando en mudarse a un piso del mismo tamaño que el que había alquilado después de licenciarse. Para una persona resultaba acogedor, pero un adulto y dos niños llenos de energía estarían muy estrechos allí.

¿Podría seguir pagando a la niñera? ¿Acaso le quedaba otra opción, teniendo en cuenta todo lo que trabajaba? No podía dejar a los niños solos por la noche.

En cualquier trabajo, estaría en la lista de las diez personas con más posibilidades de ser despedidas. Pero en el FBI, el número de divorcios era tan elevado que el suyo pasaría inadvertido para el radar del organismo. Trabajar en el FBI no solía ser compatible con disfrutar de una vida personal feliz.

Parpadeó al percatarse de que Connie todavía la miraba. ¿Sospechaba que ella era la autora de la filtración, o la causante de la muerte de Ken?

Era consciente de que las circunstancias no la favorecían. Habían matado a Newman la misma noche que le había pedido que la sustituyera para acompañar a Lockhart. Sabía que Paul Fisher había estado dando vueltas al asunto y con toda seguridad Connie lo estaba pensando en esos momentos.

Reynolds se serenó.

– Exista o no la filtración, ahora mismo no podemos hacer nada al respecto -aseveró-. Concentrémonos en lo que sí podemos hacer.

– Bien. ¿Cuál es el siguiente paso?

– Agotar las líneas de investigación. Encontrar a Lockhart. Esperemos que use una tarjeta de crédito para comprar los billetes de avión o tren. Si lo hace, es nuestra. También debemos encontrar al tirador. Seguir de cerca a Buchanan. Descifrar la cinta de vídeo y averiguar quién estaba en la casa. Quiero que actúes de enlace con la UCV. Tenemos un montón de cabos sueltos, ¡si tan sólo pudiésemos atar uno o dos!

– ¿Acaso no es lo que nos ocurre siempre?

– Nos encontramos en un verdadero aprieto, Connie. Connie asintió pensativo.

– He oído que Fisher pasó por aquí. Supongo que vendría a verte. -Reynolds no replicó, por lo que Connie prosiguió-: Hace trece años dirigí una operación antidroga secreta junto con la DEA en Brownsville, Tejas. -Guardó silencio por unos instantes, como dudando si debía continuar o no-. Nuestro objetivo oficial era detener el tráfico de cocaína de la frontera mexicana. Nuestro objetivo extraoficial era llevar a cabo la misión sin hacer quedar mal al Gobierno mexicano. Por ese motivo, teníamos líneas de comunicación abiertas con nuestros homólogos de Ciudad de México. Quizá demasiado abiertas, porque al sur de la frontera reinaba una corrupción ilimitada a todos los niveles. Pero se hizo así para que las autoridades mexicanas compartieran la gloria después de que nosotros hiciéramos todo el trabajo y atrapáramos a los narcotraficantes que dirigían el cártel. Tras dos años de investigación, se planeó una gran redada. Sin embargo, se filtró información y mis hombres sufrieron una emboscada; dos de ellos murieron.

– Oh, Dios mío. Había oído hablar del caso, pero no sabía que hubieras participado.

– Probablemente todavía te estaban saliendo los dientes en Quantico.

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