A cualquier precio [Saving Faith - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Год: 1999
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué no lo has hecho? -preguntó Faith en voz baja.
A Lee le entraron ganas de reírse. Toda aquella experiencia era como un sueño. «Pero ¿dónde me despertaré?», pensó.
– En estos momentos la locura parece prevalecer sobre todo lo demás.
Faith intentó sonreír.
– Menos mal que hay locos en el mundo.
Lee no le devolvió la sonrisa.
– A partir de ahora, somos siameses. Será mejor que se acostumbre a ver mear a un hombre, señora, porque ahora somos inseparables.
– Lee…
– ¡No quiero oírlo! No digas una maldita palabra. -Le temblaba la voz-. Te juro que me falta bien poco para romperte la cabeza. -Le sujetó con fuerza las muñecas, como si sus manos fueran una especie de esposas vivientes. Luego se recostó, con la mirada perdida.
Aunque hubiera podido, Faith no habría intentado soltarse. Le aterraba la idea de que él la golpeara. Era probable que Lee Adams nunca se hubiera enfadado tanto en toda su vida. Al final, también ella se recostó e intentó relajarse. El corazón le latía con tanta fuerza que le sorprendió que los vasos sanguíneos soportaran la presión. Quizá lo mejor sería ahorrarle un montón de problemas a los demás y morirse de un infarto.
En Washington era fácil mentir sobre el sexo, el dinero, el poder o la lealtad. Las mentiras se convertían en verdades y los hechos en mentiras. Faith había visto de todo. Era uno de los lugares más frustrantes y crueles del mundo, donde había que confiar en las viejas alianzas y en los reflejos para sobrevivir y donde cada día y cada relación nueva podían acabar contigo. Faith se encontraba a gusto en ese mundo e incluso había llegado a amarlo. Hasta ese momento.
Faith no se atrevía a mirar a Lee Adams porque temía lo que vería en sus ojos. Lee era todo cuanto tenía. Aunque apenas lo conocía, por algún motivo que desconocía ansiaba obtener su respeto y su comprensión. Sabía que no lo conseguiría. No lo merecía.
Por la ventana vislumbró un avión que ganaba altitud rápidamente. Al cabo de unos segundos desaparecería entre las nubes. Los pasajeros sólo verían abajo la capa de cúmulos hinchados, como si el mundo se hubiera esfumado de repente. ¿Por qué no viajaba ella a bordo de ese avión, con rumbo a un lugar donde pudiese comenzar de nuevo? ¿Por qué no existían lugares así? ¿Por qué?
23
Brooke Reynolds, abatida, se sentó junto a la mesita con la barbilla apoyada en la palma de la mano y se preguntó si algo saldría bien en el caso que llevaba. Habían encontrado el coche de Ken Newman. Lo habían limpiado con tanta profesionalidad que su equipo de «expertos» no había encontrado una sola pista relevante. Acababa de hablar con los del laboratorio; todavía estaban intentando arreglar la cinta de vídeo. Lo peor de todo era que Faith Lockhart se les había escapado por los pelos. A ese ritmo, llegaría a directora del FBI en un abrir y cerrar de ojos. Estaba convencida de que, cuando regresara al despacho, se encontraría con un torrente de mensajes del SEF, e intuía que ninguno sería elogioso.
Reynolds y Connie estaban en un zona reservada del aeropuerto nacional Reagan. Habían interrogado en profundidad a la empleada que había vendido los billetes a Faith Lockhart. Habían revisado todas las cintas de vigilancia y la empleada había reconocido a Lockhart. Al menos Reynolds suponía que la mujer era Faith Lockhart. Le habían mostrado una fotografía suya a la empleada y ésta parecía bastante segura de que se trataba de la misma mujer.
Si era ella, había cambiado de aspecto notablemente: a juzgar por lo que Reynolds había visto en la cinta de vigilancia del aeropuerto, Lockhart se había cortado el pelo y se lo había teñido. Y ahora contaba con ayuda, porque en la cinta de vídeo se distinguía a un hombre alto y fornido que se marchaba con ella. Reynolds había pedido a sus colegas de Norfolk que averiguaran si la pareja había buscado otra manera de llegar allí. Hasta el momento no habían descubierto nada. Sin embargo, tenían una pista que prometía mucho.
Reynolds abrió el estuche metálico de la pistola y observó la Sauer de 9 milímetros mientras Connie se apoyaba en la pared con el ceño fruncido. Estaban comprobando las huellas dactilares de la pistola en las bases de datos del FBI, pero tenían algo mejor: la pistola estaba registrada. La policía de Virginia les había facilitado el nombre y la dirección del propietario.
– Bien, la pistola está registrada a nombre de un tal Lee Adams -dijo Reynolds-. DMV nos enviará una foto del tipo. Supongo que es el mismo que acompaña a Lockhart. ¿Qué sabemos de él?
Connie tomó un sorbo de Coca-Cola y se tragó dos cápsulas de Advil.
– Investigador privado. Lleva bastante tiempo en el mundillo. Parece legal. De hecho, algunos agentes del FBI lo conocen. Dicen que es un buen tipo. Le enseñaremos la foto a la empleada del mostrador de venta de billetes para ver si lo identifica. Eso es todo por ahora. Dentro de poco sabremos más. -Miró la pistola-. Encontramos casquillos en el bosque situado detrás de la casita. Son de pistola. Nueve milímetros. Dado el número de casquillos que había, la persona vació la mitad del cargador contra algo.
¿Crees que se trata de la misma pistola?
No hemos encontrado ninguna bala para comprobarlo, pero los de balística nos dirán si el agujerito de los casquillos hallados en el bosque coincide con los de esta pistola -dijo Connie, refiriéndose a la hendidura que el percutor de las pistolas realiza en la parte inferior de los casquillos, una marca tan exclusiva como las huellas dactilares-. Y puesto que tenemos su munición, podremos disparar a modo de prueba con la pistola verdadera, que es lo idóneo. Además, estamos analizando las marcas de los casquillos. Eso no servirá para confirmar de forma concluyente que Adams estuviera allí, porque es posible que cargara la pistola antes y que luego la usara otra persona, pero algo es algo.
Los dos sabían que era más fácil obtener huellas útiles de la superficie de los casquillos que de la empuñadura de una pistola.
– Lo ideal sería conseguir sus huellas dactilares en la casa.
– La UCV no ha encontrado nada. Es obvio que Adams sabía lo que hacía. Debía de llevar guantes.
– Si el análisis balístico da resultados iguales, entonces es probable que Adams fuera quien hirió al tirador.
– Lo que es seguro es que no disparó todas esas veces contra Ken, y una SIG no vale una mierda para las distancias largas. Si Adams alcanzó a Ken desde esa distancia y en la oscuridad, entonces deberíamos ofrecerle un trabajo en Quantico como tirador.
Reynolds no parecía convencida.
– Y el laboratorio ha confirmado que la sangre es humana -prosiguió Connie-. También encontramos una bala cerca del lugar donde estaban los casquillos. Impactó en un árbol y cavó allí. Además, había varios casquillos cerca del reguero de sangre. Eran de rifle; revestimientos metálicos de calibre pesado. Y personalizados, ya que en los casquillos no figuraba el código del fabricante ni el cuño del calibre. Pero los del laboratorio dicen que el fulminante de la munición era Berdan y no American Boxer.
Reynolds se volvió hacia él de golpe.
– ¿Berdan? ¿De fabricación europea?
– Hoy día hay miles de variantes de lo más extrañas, pero sí, parece europea.
Reynolds estaba familiarizada con el fulminante Berdan. Se diferenciaba de la versión americana en que no llevaba yunque incorporado. El yunque se colocaba dentro del casquillo, formando una proyección en miniatura en forma de T en la cavidad del fulminante con dos orificios que permitían que el fogonazo detonase la pólvora. A Reynolds le parecía un diseño ingenioso y eficaz.