A cualquier precio [Saving Faith - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Год: 1999
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:
– ¡Lee!
– Fin de la discusión.
Echó a andar rápidamente y Faith pensó que más valía no decir nada más. Lo cierto es que no quería continuar sola. Lo alcanzó en cuanto enfilaron la ruta 1. Aguardaron a que el semáforo se pusiera verde para cruzar la calle.
– Quiero que esperes aquí -dijo Lee depositando las bolsas en el suelo-. Cabe la posibilidad de que me reconozcan allí donde voy y no quiero que estés conmigo.
Faith miró alrededor. Tras ella se alzaba una verja de casi dos metros y medio de alto coronada con alambre de espino. Albergaba un taller de reparaciones para embarcaciones. Un dóberman vigilaba la zona al otro lado de la verja. Se preguntó si era necesaria tanta seguridad para los barcos. Quizá en ese barrio todas las precauciones fueran pocas. Había un negocio situado en la esquina siguiente, en el interior de un edificio de feo hormigón ligero con grandes pancartas rojas sobre las ventanas que anunciaban las mejores ofertas de la ciudad para motocicletas nuevas y usadas. El aparcamiento estaba lleno de vehículos de dos ruedas.
– ¿Tengo que quedarme aquí sola? -preguntó.
Lee extrajo una gorra de béisbol de la bolsa y se puso unas gafas de sol.
– Sí -respondió cortante-. ¿Acaso ha sido un fantasma el que me ha dicho que sabía cuidar de sí mismo?
Como no se le ocurrió ninguna respuesta adecuada, Faith tuvo que conformarse con observar enfadada a Lee al tiempo que éste cruzaba la calle y entraba en la tienda de motocicletas.
De repente, mientras esperaba, sintió una presencia detrás de sí. Cuando se volvió, se encontró cara a cara con el enorme dóberman. Había salido del recinto cerrado. ¡Al parecer el avanzado sistema de seguridad no incluía cerrar la dichosa puerta! Cuando el animal le mostró los colmillos y profirió un gruñido aterrador, Faith se agachó lentamente y recogió las bolsas. Sujetándolas contra el pecho, cruzó la calle y entró en la zona de aparcamiento de la tienda de motocicletas. El perro perdió interés en ella y regresó al recinto del taller de embarcaciones.
Faith exhaló un suspiro de alivio y dejó caer las bolsas. Reparó en un par de adolescentes rollizos con perillas poco pobladas que probaban una Yamaha y a la vez se la comían con los ojos. Se encasquetó un poco más la gorra de béisbol, apartó la mirada y fingió que examinaba una reluciente Kawasaki roja que, oh sorpresa, estaba en venta. Al otro lado de la autopista Jeff Davis había un negocio dedicado al alquiler de equipos pesados para la construcción. Observó una grúa que se alzaba en el aire a más de nueve metros de altura. Una pequeña carretilla elevadora que llevaba la palabra ALQUÍLAME pintada colgaba del cable. Adondequiera que mirara veía un mundo que le resultaba prácticamente desconocido. Ella se había movido por un ambiente muy distinto: capitales del mundo, intereses políticos importantes, clientes exigentes, cantidades ingentes de poder y de dinero, todos ellos en un estado de cambio continuo, como las placas continentales. Muchas cosas quedaban atrapadas entre estas masas y nadie parecía darse cuenta. De repente se percató de que el mundo real era una carretilla elevadora de dos toneladas de peso que pendía como una sardina de una caña de pescar. «Alquílame.» «Contrata a gente.» «Construye algo.»
No obstante, Danny le había dado la oportunidad de redimirse. Ella era una más pero había hecho algo bueno por el mundo. Durante los últimos diez años había ayudado a gente que necesitaba ayuda desesperadamente. Quizá estos diez años le hubieran servido para expiar la culpa indirecta que había notado que crecía en su interior, observando las artimañas de su padre, por bienintencionadas que fueran, y todo el dolor que habían causado. En realidad nunca había tenido el valor suficiente para analizar esa parte de su vida en demasiada profundidad.
Faith oyó pasos detrás de sí y se volvió. El hombre llevaba pantalones vaqueros, botas negras y una sudadera con el logotipo de la tienda de motocicletas. Era joven, de poco más de veinte años y ojos grandes y somnolientos, alto, delgado y bien parecido. Y él lo sabía, saltaba a la vista, por su actitud de gallito. Su expresión ponía de manifiesto que su interés por Faith era más marcado que el de ella por los vehículos de dos ruedas.
– ¿La puedo ayudaren algo, señora? ¿En lo que sea?
– Estaba mirando. Estoy esperando a mi amigo.
– Eh, esta moto no está nada mal. -Señaló una BMW que apestaba a dinero, incluso para una persona tan inexperta como Faith. Dinero desperdiciado, en su opinión. De todos modos, ¿no era ella la orgullosa propietaria de un gran BMW, aparcado en el garaje de su cara residencia en McLean?
Él acarició despacio el depósito de la motocicleta.
– Ronronea como un gatito. Si cuidas las cosas hermosas, ellas cuidarán bien de ti. Muy bien. -Desplegó una amplia sonrisa mientras lo decía. La repasó con la mirada y le guiñó el ojo.
Faith se preguntó si aquélla era su mejor baza para ligar.
– No conduzco, sólo las monto -dijo con indiferencia. Acto seguido, se arrepintió de las palabras que había elegido.
El sonrió de nuevo.
– Vaya, es la mejor noticia del día. De hecho, yo diría que de todo el año. Sólo las montas, ¿eh? -El joven se rió y dió una palmada-. Bueno, ¿qué te parece si vamos a dar una vuelta, guapa? Puedes probar lo bien equipado que estoy. Móntate.
Faith se sonrojó.
– Me parece que no…
– Bueno, no te enfades. Si necesitas algo, me llamo Rick.
– Le tendió su tarjeta y volvió a guiñarle el ojo. Entonces añadió en voz baja-: El teléfono de mi casa está detrás, guapa. Ella miró la tarjeta con desagrado.
– Muy bien, Rick, pero a mí me gusta ir con la verdad por delante. ¿Eres lo bastante hombre para oírla?
Rick no pareció entonces tan seguro de sí mismo.
– Soy lo bastante hombre para lo que quieras, guapa.
– Me alegro. Mi novio está dentro. Mide lo mismo que tú pero tiene el cuerpo de un hombre de verdad.
Rick frunció el ceño y dejó caer a un costado la mano con la que sostenía la tarjeta. Faith notó enseguida que ya se le habían agotado los recursos y que su mente era demasiado lenta para discurrir una frase nueva.
Faith le clavó la vista.
– Sí, tiene los hombros del tamaño de Nebraska y, por cierto, no te he dicho que fue boxeador en la Marina.
– ¿Ah, sí? -Rick se guardó la tarjeta en el bolsillo.
– Si no te lo crees puedes ir tú mismo a preguntárselo. -Ella señaló detrás de él.
Rick se dio vuelta y observó a Lee, que salía del edificio cargado con un par de cascos y de trajes de motorista de una sola pieza. Llevaba un mapa en el bolsillo delantero de la chaqueta. Aunque vestía prendas muy voluminosas, la imponente complexión de Lee resultaba evidente. Miró a Rick con desconfianza.
– ¿Te conozco de algo? -preguntó Lee con brusquedad.
Rick sonrió con incomodidad y tragó saliva al mirar a Lee.
– N-no, caballero -tartamudeó.
– ¿Entonces qué diablos quieres, chico?
– Oh, sólo me estaba preguntando qué equipo me gusta llevar para montar, verdad, Ricky? sonrió Faith al joven vendedor.
– Sí, eso. Bueno, hasta luego. -Rick prácticamente corrió hacia la tienda.
– Adiós, guapo -se despidió Faith.
Lee frunció el entrecejo.
– Te he dicho que esperaras al otro lado de la calle. ¿Es que no puedo dejarte sola ni un momento?
– He tenido un encuentro con un dóberman. Me ha parecido que lo más sensato era batirme en retirada.
– Ya. Y qué, ¿estabas negociando con ese tipo para dejarme tirado y largarte con él?