El septimo hijo [Seventh Son - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Alvin Maker (es) #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1269-9
- Переводчик: Paula Tizzano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
—Ni yo.
—Y traté de imaginarme qué podía estar sucediendo. Qué debía de pensar el padre. Conque un día me le acerqué y le dije: Neis, debe tener más cuidado con ese niño. Un día de éstos le sacará la cabeza si sigue manejando el hacha con tal imprudencia.
»¿Y sabe qué me contesta ese Neis? Me dice: Señor Miller, no fue ningún accidente. Bueno, me quedé que me podrían haber tumbado con el eructo de un niño de pecho. ¿Cómo que no había sido un accidente? Y entonces me dice: No se imagina lo terrible que es. Creo que debo estar embrujado, o que el diablo debe de haberse apoderado de mí. Sin embargo, estoy trabajando, pensando en cómo quiero a este niño, y de pronto siento el deseo de matarlo. La primera vez fue cuando aún lo amamantaba su madre. Estaba en lo alto de las escaleras, con él en los brasos, y dentro de mi cabeza sentí que una voz me decía arrójalo, y quise haserlo, aunque al mismo tiempo sabía que sería lo más atroz del mundo. Estaba desesperado por arrojarlo, como se pone un niño cuando quiere aplastar un insecto con una piedra. Quería ver su cabeza partida contra el suelo…
»Y bien, luché contra ese sentimiento, me lo tragué, y sostuve al niño con tal fuerza que casi lo estrujo. Finalmente, cuando lo posé sobre su cuna, supe que desde ese día nunca más volvería a llevarlo conmigo por las escaleras.
»Pero no podía abandonarlo, ¿se da cuenta? Era mi hijo, y crecía tan radiante, tan bueno y tan hermoso que no pude menos que amarlo. Si me mantenía apartado, el pequeño lloraba porque su padre no jugaba con él. Pero si me quedaba con él, volvían esos sentimientos, una y otra vez. No todos los días, sino varias veces al día, y a veces con tal velocidad que me encontraba hasiendo cosas antes de poder pensarlo siquiera. Como ese día en que lo arrojé al río. Pisé mal y lo empujé, pero incluso mientras daba ese paso sabía que sería un tropezón y que lo empujaría. Lo sabía, pero no tuve tiempo de detenerme. Y un día sé que no podré detenerme, que no querré hacerlo, y que cuando el niño esté en mis manos acabaré por matarlo.
Truecacuentos vio que el brazo de Miller se movía, como si quisiera enjugar las lágrimas de sus mejillas.
—¿No es de lo más extraño? —preguntó Miller—. Que un hombre tenga esa clase de sentimientos hacia su propio hijo.
—¿Tiene otros hijos ese hombre?
—Algunos más. ¿Por qué?
—Me preguntaba si también tendría deseos de matar a los demás…
—Nunca. Ni gota. En verdá yo también se lopregunté. Y me dijo que en absoluto.
—Y bien, señor Miller… ¿Qué le dijo usted?
Miller suspiró un par de veces.
—No sabía qué decirle. Hay cosas demasiado grandes para que pueda comprenderlas un hombre como yo. Me refiero a la forma en que el agua intenta matar a mi hijo Alvin. Y luego este sueco y su hijo. Tal vez haya niños que nunca deban llegar a mayores. ¿Lo cree usté, Truecacuentos?
—Creo que hay niños tan importantes que alguien… alguna fuerza del mundo… tal vez desee su muerte. Pero siempre habrá otras fuerzas, acaso más poderosas, que los deseen vivos.
—¿Y entonces por qué no se dan a conocer, Truecacuentos? ¿Por qué no aparece ese poder del cielo y dice… por qué no se le aparece a ese sueco y le dise no tema más, que su hijo está a salvo, incluso de usté?
—Tal vez esas fuerzas no hablen en voz alta. Acaso sólo muestren sus efectos…
—La única fuerza que se muestra en este mundo es la que mata.
—Nada sé sobre ese niño sueco —dijo Truecacuentos—, pero me atrevo a decir que sí hay una protección especial sobre su hijo. A juzgar por lo que usted dice, es un milagro que no haya muerto diez veces.
—Es sierto.
—Creo que alguien lo custodia.
—No lo suficiente.
—El agua nunca se lo llevó, ¿verdad?
—Pero estuvo tan cerca, Truecacuentos…
Y en lo que respecta a ese suequito, sé que alguien lo guarda.
—¿Quién? —preguntó Miller.
—Pues su propio padre.
—Su padre es el enemigo —lo corrigió Miller.
—No lo creo —dijo Truecacuentos—. ¿Sabe usted cuántos padres matan a sus hijos por accidente? Van de cacería y un tiro se escapa. O una carreta aplasta al niño, o éste se cae. Sucede muy a menudo. Quizás esos padres no vieron lo que sucedía. Pero este sueco está alerta y ve lo que sucede, y se observa a sí mismo y se contiene a tiempo.
Miller dejó entrever algo de esperanza.
—Tal como usté lo dise, parece como si el padre no fuera tan malo.
—Si lo fuera, señor Miller, el hijo estaría muerto desde hace mucho tiempo…
—Tal vez. Tal vez.
Miller lo pensó un tiempo. Tanto tiempo, en realidad, que Truecacuentos se durmió. Despertó al escuchar las palabras de Miller.
—… y cada vez es peor. Se le hase más y más difícil luchar contra esos sentimientos. No hace mucho estaba en el altillo de su… de su granero, apilando heno. Y allí abajo estaba su hijo, y todo era cuestión de arrojar la horquilla, lo más fácil del mundo, y podía decir que la horquilla se le escapó, y quién se enteraría. Sólo dejarla caer y atravesar al niño. Iba a haserlo, ¿me entiende? Le era tan difícil luchar contra esos sentimientos, más difícil que nunca, y fue así que bajó los brazos. Decidió dejar de luchar y ceder a sus impulsos. Y en ese mismo momento, en ese mismísimo instante, aparesió un desconosido en la puerta y gritó: ¡No!, y entonces bajé la horquilla, es lo que dijo, bajé la horquilla, pero temblaba tanto que no podía apenas caminar, sabiendo que el desconosido había visto el crimen en mis ojos, debe pensar que soy el hombre más terrible del mundo para querer matar a mi propio hijo, sin sospechar todo lo que he estado luchando durante tantos años…
—Tal vez el desconocido supiera algo acerca de los poderes que obran en el corazón de un hombre —dijo Truecacuentos.
—¿Lo cree usté así?
—Hum, no puedo asegurarlo, pero tal vez ese desconocido también viera cuánto amaba ese padre al niño. Acaso el desconocido haya estado confundido cierto tiempo, pero finalmente comenzara a darse cuenta de que el niño era extraordinario y que tenía enemigos poderosos. Y entonces quizá llegara a comprender que por muchos enemigos que el pequeño tuviera, su padre no se contaba entre ellos. Que no era un enemigo. Y acaso quisiera decirle algo a ese padre…
—¿Qué querría decirle? —Miller se enjugó las lágrimas nuevamente con su manga—. ¿Qué cree que podría querer decirle ese desconocido?
—Quizá quisiera decirle: ha hecho usted todo lo que ha podido: y ahora esto se ha convertido en algo demasiado poderoso para usted. Debiera enviar al niño a otro lugar. Al este, con sus parientes, o como aprendiz a algún pueblo. Sería muy duro para el padre, ya que ama tanto a su niño, pero lo haría porque sabe que el verdadero amor es el que pone a salvo al hijo de todo peligro.
—Sí—dijo Miller.
—Ya que hablamos de esto —dijo Truecacuentos—. Acaso usted deba hacer lo mismo con su propio hijo, Alvin.
—Quizá…
—¿No dijo usted que estaba en peligro cerca de las aguas en este lugar? Alguien o algo está protegiéndolo. Pero tal vez si Alvin no viviera aquí…
—Algunos de los peligros desapareserían—concluyó Miller.
—Piénselo —dijo Truecacuentos.
—Es algo terrible tener que enviar a un hijo a un sitio lejano a que viva con extraños…
—Pero es peor sepultarlo…
—Sí. No hay nada que pueda ser peor que sepultarlo.
No hablaron más y, al cabo de un rato, ambos se quedaron dormidos.
La mañana estaba fría y la escarcha era espesa, pero Miller no dejó que Al se acercara a la roca hasta que el sol derritió la helada por completo. En lugar de eso, pasaron la mañana preparando el terreno desde la ladera de roca hasta el trineo para que la piedra pudiera rodar por la pendiente.